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La tapa de siempre

La tapa de siempre
Violeta y el Camino de los 22 Arcanos

martes, 27 de junio de 2017

Maravilloso cuento de León Tolstoi (1)


Los dos ancianos peregrinos 



                        Traducción y adaptación: Savitri Ingrid Mayer


1.

   Dos ancianos estaban por ir a Jerusalem para rezarle a Dios. Uno de ellos era un paisano rico llamado Efim. El otro no era rico y su nombre era Elisey. 
   Efim no bebía ni fumaba ni maldecía, y era severo e inflexible. Tenía dos hijos y un nieto ya casado, y todos vivían juntos. En cuanto a su aspecto: era erguido, saludable, y tenía una barba a la que sólo en su séptima década le había aparecido un mechón gris.
   Elisey no era ni rico ni pobre. Había trabajado como carpintero en su juventud y ahora criaba abejas. Uno de sus hijos trabajaba lejos y el otro vivía en el hogar. Elisey era un hombre alegre, de buen carácter. Le gustaba beber y cantar, pero era tranquilo y amistoso con sus vecinos. Su aspecto: pequeño, moreno, con una barba rizada y al igual que su santo, el profeta Elías, su cabeza estaba pelada. 
   Los dos ancianos, desde mucho tiempo atrás, habían hecho la promesa de viajar juntos a Jerusalem. Pero Efim nunca tenía tiempo, siempre tenía cosas que atender. Cuando algo se terminaba, otra cosa comenzaba: o tenía que casar a su nieto, o estaba esperando a su hijo menor que volvía de la guerra, o tenía que construir una nueva cabaña. 
   Un día los dos ancianos se sentaron sobre unos troncos a conversar. 
—Bueno —dijo Elisey—, ¿cuándo vamos a cumplir con nuestra promesa?
   Efim frunció el ceño:
—Tenemos que aguardar, porque éste es un año difícil para mí. Empecé a construir una cabaña y aún no la he terminado, tendremos que esperar hasta el verano. Y entonces, Dios mediante, partiremos. 
—Tal como yo lo veo —dijo Elisey—, no tiene sentido postergarlo. Debemos irnos de una vez y la primavera es la mejor época. 
—Sí, la época es buena, pero mi trabajo está por la mitad, así que no puedo dejarlo.
—¿No tienes a nadie que se ocupe de eso?... Tu hijo puede hacerlo.
—¿Mi hijo mayor? No es confiable, le gusta la bebida. 
—Cuando estemos muertos, mi amigo, ellos tendrán que continuar sin nosotros. ¡Deja que tu hijo aprenda! 
—Será como tú dices, pero me gusta ver las cosas terminadas. 
—¡No es posible ocuparse de todo! 
—Gasté mucho dinero en esta construcción y no puedo irme a peregrinar con las manos vacías. 
   Elisey se rió.
—No cometas pecado, mi amigo. Tienes diez veces más que yo y sin embargo hablas de dinero. Solamente dime cuando partimos. Yo no tengo dinero, pero todo irá bien. 
   Efim sonrió.
—¿Y de dónde sacarás el dinero?
—Buscaré en mi casa y juntaré algo de esa manera, y si eso no es suficiente, le daré diez colmenas a mi vecino: me las ha estado pidiendo. 
—Entonces te procuparás debido a eso.
—¿Preocuparme? No, nunca me he preocupado acerca de algo en la vida, excepto acerca de mis pecados. No hay nada más precioso que el alma. 
—Sí, pero no es bueno si las cosas no marchan bien en el hogar. 
—Es peor si las cosas no marchan bien en nuestra alma… Hemos hecho una promesa, así que partamos. ¡De verdad, partamos!
   Elisey trató de convencer a su amigo… 
   Efim lo pensó mucho y la mañana siguiente vino a ver a Elisey. 
—Bueno, marchemos —dijo—. Haz dicho lo correcto. Dios controla la vida y la muerte, y debemos viajar mientras estamos vivos y aún tenemos fuerza. 

   Una semana después los dos ancianos se prepararon para partir. 
   Efim tenía dinero en su casa. Separó cien rublos y le dejó doscientos a su mujer. Elisey vendió a su vecino las diez colmenas y la ganancia de otras diez, por lo cual recibió setenta rublos. Los treinta restantes los consiguió de la gente de su casa. Su mujer le dio lo último que tenía, lo que había ahorrado para su funeral, y su nuera también le dio lo que tenía. 
   Efim dejó todos sus asuntos en manos de su hijo mayor, considerando cada detalle y dejando órdenes. Elisey en cambio no dijo a los suyos casi nada: “Las mismas necesidades les mostrarán lo que tienen que hacer y cómo hacerlo, y harán lo que les parezca mejor”.
   Finalmente los dos ancianos estuvieron listos. Y se fueron a peregrinar. 
   Elisey se despidió contento y apenas se alejó del pueblo se olvidó de todos sus asuntos. Todo lo que le importaba era estar bien con su compañero, evitar decir algo inconveniente a quien fuese, alcanzar la meta pacíficamente y con amor, y regresar a casa nuevamente. Y mientras marchaba recitaba alguna plegaria o recordaba las vidas de los santos que conocía. Cuando se encontraba con alguien en el camino o cuando llegaba a una posada, trataba de pronunciar palabras piadosas y de ser tan amable como podía.  Elisey caminaba y era feliz. 
   Efim caminaba con empeño, no hacía nada equivocado y no hablaba en vano, pero no había ligereza en su corazón. Las preocupaciones respecto a su casa no abandonaban su mente y estaba todo el tiempo pensando acerca de lo que sucedería allí. 
   Los dos ancianos caminaron durante cinco semanas. Todo ese tiempo pagaron por su alojamiento y sus comidas, hasta que llegaron a una región donde la gente empezó a invitarlos a sus casas. Los alimentaban y no recibían dinero de ellos, e incluso llenaban sus bolsos con pan, y a veces con pasteles. Así viajaron sin gastos durante un buen trecho. 
   Entonces llegaron a otra región, donde había ocurrido una gran pérdida en las cosechas. Allí fueron recibidos en las casas y nadie les pidió dinero por alojarlos, pero no los alimentaron ni les dieron pan, incluso si ofrecían pagar por ello. El año previo, decía la gente, no había crecido nada. Los ricos estaban arruinados, y los pobres habían emigrado, o se habían convertido en mendigos, o se las habían arreglado para subsistir en sus casas. 
   Un día llegaron a un pueblo grande. Elisey estaba cansado, quería detenerse y conseguir algo para beber, pero Efim no quería detenerse. Entonces Elisey le dijo:
—No me esperes. Me acercaré a alguna casa y pediré agua. Y enseguida te alcanzaré.
   Efim aceptó y siguió solo, mientras Elisey iba en busca de alguna casa. 

                                                             
(Continúa)

Maravilloso cuento de León Tolstoi (2)



Los dos ancianos peregrinos


Traducción y adaptación: Savitri Ingrid Mayer


2.

  Elisey distinguió una casa. Era pequeña y humilde. Entró al patio y vio que un hombre muy delgado y sin barba yacía cerca de un montículo de tierra. Estaba despierto y los rayos del sol caían a pleno sobre él. Elisey lo llamó, pidiéndole que le de algo para beber, pero el hombre no respondió. “O está enfermo o es poco amable” pensó Elisey, yendo hasta la puerta. 
   Escuchó el llanto de un niño dentro de la casa. Golpeó la puerta, pero no hubo respuesta. Golpeó de nuevo, sin suerte. Y estaba por irse, cuando escuchó gemidos. “Me pregunto si alguna desgracia le ha sucedido a esta gente. Tengo que saberlo”. 
   La puerta no estaba cerrada. Elisey entró y recorrió el vestíbulo. Llegó a la sala. Había un horno en un lado, y en otro lado un altar y una mesa. Junto a la mesa había un banco y sobre el mismo una anciana. Su cabeza se apoyaba sobre la mesa y cerca de ella estaba un niño pequeño y delgado, con el rostro amarillo como la cera y el vientre hinchado. El niño tiraba de la manga de la anciana, llorando a viva voz y pidiendo algo. 
   Elisey entró en la habitación. El aire era sofocante. Vio a una mujer tirada sobre el piso, detrás del horno. Yacía sobre su rostro y emitía ronquidos. De ella venía el olor asfixiante: era evidente que estaba enferma. 
   La anciana, al ver al hombre, levantó la cabeza. 
—¿Qué quiere? —dijo—. No tenemos nada. 
   Elisey se acercó a ella. 
—Sierva de Dios... He venido por un poco de agua. 
—No hay nada, le digo, no hay nada. No hay nada aquí para que usted tome. Váyase.
   Elisey le preguntó:
—¿No hay ningún hombre aquí para ayudar a esta mujer?
—Aquí no hay nadie. El hombre está muriéndose en el patio, y nosotros aquí. 
   El niño se había quedado quieto al ver al extraño, pero cuando la anciana empezó a hablar, había nuevamente tironeado de su manga.
—¡Pan, abuela, pan!  
   Y se largó a llorar. 
   Elisey iba a preguntarle algo más a la anciana, cuando el hombre apareció. Caminó junto a la pared y quiso sentarse sobre el banco, pero antes de alcanzarlo se cayó. No trató de levantarse y empezó a hablar. Decía una palabra, tomaba aliento, y decía nuevamente algo. 
—Estamos enfermos… y hambrientos… El niño se muere de hambre… 
   El hombre indicó al niño con la cabeza y empezó a llorar. 
   Elisey puso su bolso sobre el banco y lo desató. Sacó pan y un cuchillo, y cortando una rebanada se la ofreció al hombre. Pero éste no la tomó, sino que señaló al niño, indicando que se lo diera a él. 
   Elisey le dio el trozo de pan al niño. 
   Enseguida, detrás del horno apareció una niña. Se arrastraba y miraba el pan. Elisey le dio también a ella un pedazo. Luego cortó otra rebanada y se la dio a la anciana. 
—Si usted nos trajera un poco de agua —dijo ella—. Quise traer un poco ayer u hoy, no recuerdo cuándo, pero me caí y dejé el balde tirado por algún lado. 
   Elisey preguntó dónde estaba el pozo de agua. La anciana se lo indicó. Elisey salió, encontró el balde, trajo agua, y les dio de beber a todos. Los niños comieron más pan con el agua y la anciana también comió algo más, pero el hombre no quiso. 
—Mi estómago no lo soportaría —dijo.
   La mujer no se levantó ni se acercó. 

   Elisey fue hasta el pueblo y en una tienda compró comida. Al volver encontró un hacha, cortó leña, e hizo fuego en el horno. La niña lo ayudó. Cocinó una sopa y un guiso, y alimentó a la gente.  
   El hombre comió un poco y la anciana también. La niña y el niño dejaron sus platos limpios y se durmieron abrazados. 
   Entonces, el hombre y la anciana le contaron a Elisey lo que había sucedido. 
—Cuando la cosecha se malogró, nos comimos durante el otoño todo lo que teníamos. Cuando no quedó más nada, empezamos a pedir a los vecinos y a alguna gente buena. Primero nos dieron algo, pero después se negaron. Muchos hubieran querido ayudarnos, pero ellos tampoco tenían. Además nos avergonzó mendigar: le debíamos dinero a todos, y también harina y manteca. 
 —Yo busqué trabajo —dijo el hombre—, pero no encontré. También otros estaban buscando trabajo para poder comer, y por todos lados… La abuela y la niña se alejaban una buena distancia para mendigar, pero las limosnas eran pobres. Sin embargo, algo para comer conseguíamos. Pero en la primavera ya casi nadie nos ayudó. Y se puso cada vez peor: un día conseguíamos algo para comer y durante dos días no conseguíamos nada… Empezamos a comer pasto. Y debido a eso, o por alguna otra causa, mi mujer se enfermó. Ella quedó postrada y yo ya no tuve fuerzas…
—Yo era la única —dijo la anciana— que trabajaba, pero me fui debilitando. La niña también se fue debilitando y perdió coraje… Una vecina vino hace unos días, pero al vernos se fue. Está sola y no tiene con qué alimentar a sus propios niños… Así que estábamos aquí, esperando la muerte. 

   Cuando Elisey oyó lo que le contaron, cambió de idea respecto a alcanzar a su compañero y se quedó allí durante la noche. Y la  mañana siguiente empezó a trabajar en la casa como si fuera suya. Preparó el pan con ayuda de la anciana e hizo fuego en el horno…  
   Se quedó con ellos un día, y el siguiente, y el siguiente. El niño pequeño recobró su fuerza y empezó a caminar y a hacerse amigo de Elisey. La niña también estaba feliz y lo ayudaba en todo. Corría detrás de él, gritando: ¡Abuelo, abuelo!
   El hombre comenzó a caminar sosteniéndose en la pared. Sólo la mujer seguía postrada. 
   “Bueno, no pensaba quedarme tanto tiempo. Ahora debo irme” reflexionaba Elisey. 
   Durante el cuarto día, fue una vez más al pueblo y compró leche, harina y otras cosas. Y también fue a misa. 
   Al volver, cocinó y horneó con ayuda de la anciana. Ese fue el día en que la mujer se levantó. 
   El hombre se afeitó, se puso una camisa limpia y fue a ver a un paisano rico para pedirle un favor. Su tierra y sus herramientas estaban hipotecadas por ese vecino rico y fue a pedirle que le permitiera usar las herramientas y la tierra hasta la nueva cosecha. Pero volvió muy abatido: el paisano rico había exigido que le llevara el dinero antes.  
   Elisey se puso a reflexionar… ”¿Cómo van a vivir a partir de ahora? La gente va a empezar a sembrar, pero ellos no pueden, tienen todo hipotecado. El centeno va a madurar y comenzará la cosecha, pero ellos no pueden esperar nada, porque su tierra está embargada. Si me voy, van a caer de nuevo en la pobreza.”

   Por la noche, Elisey recitó sus plegarias y se acostó, pero no logró quedarse dormido. 
   “Tengo que irme, ya gasté mucho tiempo y dinero, pero siento pena por ellos… Claro que no se puede ayudar a todo el mundo… Quise traerles agua y darles pan, pero mira lo lejos que he llegado. Y ahora tendré que levantar la hipoteca de sus herramientas y su campo… Y podría también comprar una vaca para los niños y un caballo para el hombre, porque lo va a necesitar…”
   Elisey le estuvo dando vueltas al asunto, sin llegar a una conclusión… Tenía que irse, pero sentía pena por esa gente… Y no sabía qué hacer… Recién consiguió dormirse cuando cantaron los gallos…
   Y de pronto sintió como si alguien lo hubiese despertado. Se vió vestido, con su bolso y su cayado. Y tenía que pasar a través de una puerta, que estaba apenas abierta, apenas lo suficiente para permitir a un hombre deslizarse por ella. Fue hasta la puerta, y su bolso quedó enganchado de un lado. Él estaba por liberarlo, cuando sintió que tironeaban de una de sus piernas. Era la niña, que gritaba:  ¡Abuelo, abuelo, pan!... Miró a sus pies y allí estaba el niño agarrado, mientras la anciana y el hombre miraban por la ventana… 
   Elisey se despertó y comenzó a decirse en voz alta: “Voy a recobrar el campo y las herramientas, y voy a comprar un caballo, y harina para que dure hasta la próxima cosecha, y una vaca para los niños. Porque…, ¿cómo sería ir más allá del mar para buscar a Cristo, si lo pierdo dentro de mí?

  Elisey se había despertado temprano. Y enseguida salió, para hacer todo lo que había pensado… 
   En algún momento de ese día, se cruzó con dos mujeres que conversaban. 
—¿Viste que cantidad de cosas les ha comprado? Yo misma lo vi comprando un caballo y un carro para ellos. Es evidente que hay gente así en la tierra. Tengo que ir a verlo.
  Cuando Elisey escuchó eso, comprendió que lo estaban alabando. Entonces se apresuró a terminar su cometido… 
  
  Esa noche, cuando todos se fueron a dormir, Elisey se preparó para partir.  
   Y al día siguiente, después de levantarse, se vistió, ató su bolso y salió al camino, con la idea de alcanzar a Efim. 

(Continúa)

Maravilloso cuento de León Tolstoi (3)


Los dos ancianos peregrinos

Traducción y adaptación: Savitri Ingrid Mayer


   3.

   Estaba amaneciendo. Elisey se acomodó bajo un árbol, abrió su bolso y empezó a contar el dinero que le quedaba: tenía sólo diecisiete rublos. “Con esta suma no puedo viajar más allá del mar y si mendigo en nombre de Cristo sólo aumentaré mis pecados. El amigo Efim llegará al lugar y encenderá una vela en mi nombre. Y yo evidentemente nunca cumpliré mi promesa. Pero el Maestro es piadoso y me perdonará” reflexionó Elisey. 
   Entonces se levantó y dio la vuelta, haciendo un rodeo para evitar el pueblo donde había estado. 
   El viaje de ida le había resultado difícil, pero en su camino de regreso Dios le facilitó las cosas, porque no supo lo que era el cansancio: caminar fue como un juego para él. 
  Y llegó a su hogar… 
  Era la época de la cosecha. La gente de su casa se alegró al verlo. Elisey le dio a su esposa el dinero que le quedaba y preguntó acerca de los asuntos de la casa. Se habían ocupado muy bien de ella, y todos estaban viviendo en paz y armonía.  Su familia y los vecinos le preguntaron de todo, por qué había dejado a su compañero y por qué no había ido a Jerusalem, pero Elisey no les dijo nada. “Dios no permitió que lo haga” decía. “Gasté mi dinero durante el camino y quedé alejado de mi compañero. Por eso no fui.” 
  Y la gente se preguntaba cómo un hombre tan listo había actuado de un modo tan torpe. Se lo preguntaron durante un tiempo, pero luego se olvidaron del asunto. También Elisey lo olvidó. Y empezó a trabajar en su casa. Con su hijo tuvieron la leña lista para el invierno, con las mujeres trillaron el grano, y Elisey también arregló los techos de los cobertizos y se ocupó de las abejas… 

  Todos esos días que Elisey había pasado con la gente enferma, Efim lo esperó. Esperó y esperó, sin que su compañero apareciera. Cuando llegaba a un pueblo preguntaba por él: si no habían visto a un anciano calvo. Pero nadie lo había visto. Efim estaba sorprendido, pero siguió caminando. “Nos encontraremos en algún lugar de Odesa” pensaba, “o en el barco”. Y dejó de preocuparse. 
   Efim llegó a Odesa sin incidentes. Allí esperó durante tres días a que llegara el barco. Había muchos peregrinos, quienes habían venido de todos lados. Efim gestionó un pasaporte y compró pan para el viaje. Y de nuevo preguntó por Elisey, pero nadie lo había visto. 
   Ya embarcado, tuvo durante el día una buena travesía, pero en la tarde se levantó el viento, cayó lluvia, y el barco empezó a balancearse y a ser bañado por las olas. La gente se inquietó, las mujeres empezaron a chillar, y algunos corrían por el barco tratando de hallar un lugar seguro. Efim también estaba asustado, pero no lo demostró. Se mantuvo durante toda la noche y el día siguiente, en el mismo lugar sobre el suelo donde se había sentado al abordar el barco. 
   Al tercer día el tiempo se calmó. Y al quinto día llegaron a Constantinopla. Algunos de los peregrinos se bajaron, para visitar la Catedral de Santa Sofía, pero Efim se quedó en el barco. Y solamente compró más pan.     
   Se quedaron allí un día y después salieron de nuevo al mar. Hubo una parada en la ciudad de Esmirna y en otra ciudad llamada Alejandría, y sin percances llegaron a la ciudad de Jafa. En Jafa todos los peregrinos descendieron: desde allí llegarían a pie a Jerusalem. 
   Y llegaron al tercer día de caminar. Se detuvieron en las afueras, donde se les selló los pasaportes y comieron, y luego siguieron rumbo a los sitios sagrados. Era demasiado temprano para que se les permitiera el acceso al Sepulcro del Señor, así que se dirigieron al Monasterio del Patriarca. Allí estaban reunidos todos los devotos; las mujeres separadas de los hombres. Se les ordenó sacarse los zapatos y sentarse en un círculo. Y enseguida apareció un monje llevando una toalla, y empezó a lavar los pies de todos. Los lavaba, los secaba, los besaba, y así recorrió el círculo completo. Hubo también misas y los peregrinos fueron alimentados. 
  Al día siguiente visitaron la celda de María de Egipto, donde ella se había refugiado. En ese lugar encendieron velas y se celebró una misa. Desde allí fueron al Monasterio de Abraham, donde vieron un jardín: el lugar donde Abraham quiso sacrificar su hijo a Dios. Más tarde fueron al lugar donde Cristo se le apareció a María Magdalena y a la Iglesia de Jacobo, el hermano del Señor. Para la cena regresaron al albergue. 
   El siguiente día se levantaron temprano y fueron a una misa en la Iglesia de la Resurrección, en el Sepulcro del Señor. En la iglesia había una multitud de devotos: griegos, armenios, turcos y sirios.  Efim llegó con la gente hasta la Puerta Sagrada. Un monje que los conducía los llevó al lugar donde el Sabio fue sacado de la cruz y ungido. Les mostró y explicó todo, y allí Efim encendió una vela. Luego los monjes los condujeron al Gólgota, donde estuvo la cruz. Allí  Efim rezó. Más tarde se les mostró el lugar donde las manos y los pies de Cristo habían sido clavados a la cruz, y también la roca donde Cristo se sentó cuando le pusieron la corona de espinas… Finalmente todos corrieron a la gruta del Sepulcro. Una misa extranjera estaba terminando e iba a comenzar la misa rusa. 
   Efim siguió a la gente hasta la gruta del Sepulcro del Señor. Quería estar cerca, pero eran tantos que no era posible moverse. Se quedó de pie, rezando y mirando el lugar donde estaba el Sepulcro, encima del cual treinta y seis lámparas brillaban. Efim miraba, y bajo las lámparas vio a un hombre anciano, cuya cabeza calva brillaba y que se parecía mucho a Elisey. 
   “Se parece a Elisey”, pensó Efim. “Pero, ¿cómo puede ser? No puede haber llegado aquí antes que yo. El barco anterior zarpó una semana antes que el mío. No pudo haber estado en ese barco. Y en el mío no estaba, porque vi a todos los peregrinos”.
   Mientras Efim pensaba así, el anciano que se parecía a Elisey empezó a rezar, e hizo tres reverencias: una frente a él para Dios y dos a ambos lados de él, para todos los cristianos ortodoxos.
   Cuando el anciano dobló su cabeza a la derecha, Efim lo reconoció. Sin duda alguna era Elisey: su barba negra y rizada, sus cejas, sus ojos, su nariz, su rostro. Era Elisey. 
   Efim se alegró por haber encontrado a su compañero y se asombró de que hubiera llegado allí antes que él. “¿Y cómo había Elisey conseguido ese lugar tan adelante?” se preguntaba Efim. “Sin duda conoció a alguien que supo cómo ubicarlo allí. Cuando todos salgan, me acercaré.” Y Efim no le quitaba el ojo a Elisey, para no perderlo. 
   Cuando las misas terminaron, la gente empezó a moverse. Y mientras iban a besar el Sepulcro se amontonaban, por lo cual Efim fue empujado hacia un costado. Cuando logró salir, caminó y caminó, tratando de encontrar a Elisey. Y vio a mucha gente, comiendo, bebiendo e incluso durmiendo, o recitando sus plegarias. Pero a Elisey no lo encontró. Entonces regresó al refugio, pero tampoco lo encontró allí. 
   Al día siguiente, Efim fue de nuevo al Sepulcro del Señor, y quiso encontrar un lugar adelante, pero fue imposible, así que se paró junto a una columna y se puso a rezar. Al mirar al frente vio a Elisey, bajo las lámparas, en el mismo Sepulcro del Señor. Había extendido las manos, como un sacerdote ante el altar, y su calva brillaba. “Ahora no lo voy a perder” pensó Efim. Y se abrió paso hasta la parte delantera, pero Elisey ya no estaba. 
   La mañana siguiente fue de nuevo al Sepulcro del Señor y vio a Elisey parado en el sitio más sagrado, frente a todos, con las manos extendidas. Miraba hacia arriba, como si viera algo por encima de él, y su calva brillaba. 
  “Ahora no lo voy a perder. Saldré y me pararé a la entrada, así que no podrá escapárseme” pensó Efim. Y salió, y estuvo allí parado bastante tiempo. Estuvo hasta después del mediodía, hasta que toda la gente hubo salido, pero Elisey no estaba entre ellos. 

  Efim pasó seis semanas en Jerusalem y visitó todos los lugares. Y tuvo un sello puesto sobre una camisa, para ser enterrado con ella. Y llenó una botella con agua del Jordán, y consiguió algo de tierra y velas bendecidas. Y en ocho lugares dejó nombres para la misa de los difuntos. Gastó todo su dinero y solamente le quedó lo que necesitaba para volver a casa. 
   Así que partió, llegó a Jafa, se subió a un barco, descendió en Odesa y empezó a caminar hacia su hogar. Recorrió el mismo camino por el que había venido. Y a medida que se acercaba a su pueblo, empezó de nuevo a preocuparse respecto a cómo irían las cosas sin él. “En un año corre mucha agua” pensaba. “Lleva toda una vida construir un hogar, pero no lleva mucho tiempo arruinarlo”…
   Cuando llegó al lugar donde se había separado de Elisey, lo encontró  irreconocible. El año anterior se había padecido penuria y ahora había abundancia. En el campo todo crecía. La gente nuevamente cosechaba y se olvidaba de su pasada miseria. 
                                                                                                                   (continúa)

Maravilloso cuento de León Tolstoi (4)



Los dos ancianos peregrinos


Traducción y adaptación: Savitri Ingrid Mayer


   4.

   Al atardecer, Efim llegó al pueblo donde Elisey se había rezagado. Y apenas entró en el pueblo, una niña de camisa blanca salió corriendo de una casa y gritó: 
—¡Abuelo, abuelo, ven a nuestra casa!
  Efim quería continuar el viaje, pero la niña no se lo permitió. Riendo y agarrándose de su abrigo, lo empujaba en dirección a la casa.
   Una mujer con un niño salieron al patio, y ella también le hizo señas. 
—Entra, abuelo, cena con nosotros y pasa la noche aquí.
  Efim se acercó, pensando: “Podré preguntar acerca de Elisey, porque ésta es la misma casa en la cual él ingresó para conseguir agua”. Y entró. 
   La mujer tomó su bolso, le dio agua para que se lavara, lo hizo sentarse a la mesa… Y fue a buscar leche, queso y pan.   
   Efim le agradeció y la elogió por ser tan hospitalaria con los peregrinos. 
   Entonces la mujer movió su cabeza: 
—No podemos dejar de recibir peregrinos. De un peregrino recibimos la vida. Vivíamos olvidando a Dios, y Dios nos castigó de tal manera que estábamos todos esperando la muerte. El último verano llegamos a un punto en que estábamos todos enfermos y muriendo de inanición. Habríamos muerto sin duda, pero Dios nos envió a un anciano como usted. Él apareció un día, pidiendo algo para beber. Pero cuando nos vio, tuvo compasión de nosotros y se quedó en nuestra casa. Nos dio de comer y beber, y nos puso de nuevo sobre nuestros pies. Pagó nuestras deudas, y también nos compró un carro y un caballo. 
   En ese momento apareció la anciana y dijo: 
—No sabemos si era un hombre o un ángel del Señor. Fue bueno con todos, tuvo piedad, y se marchó sin dar su nombre, así que no sabemos por quién rezar a Dios. Lo recuerdo como si hubiera sucedido ahora… Yo estaba yaciente, esperando la muerte, y vi a un hombre que entraba, un hombre calvo, que pedía algo para beber. Y yo, pecadora, pensé que era un vagabundo, pero mire lo que hizo: cuando nos vio abrió su bolso, justo aquí, y…
  La niña la interrumpió:
—No, abuela, primero puso el bolso en el medio de la habitación y sólo después lo puso en el banco.
  Y ambas empezaron a discutir y a recordar sus palabras y acciones: dónde se había sentado, dónde había dormido, qué había hecho y qué le había dicho a cada uno. 
   Al atardecer, el hombre de la casa apareció en un caballo, y él también empezó a hablar acerca de Elisey. 
—Si él no hubiera venido, habríamos muerto en pecado, porque estábamos muriendo con desesperación y murmurando en contra de Dios y de los hombres. Pero él nos puso sobre nuestros pies, y gracias a él encontramos a Dios y empezamos a creer que hay gente buena. ¡Que Cristo lo salve! Antes vivíamos como animales y él nos ha hecho seres humanos. 
  Le dieron a Efim comida y bebida, y un lugar donde pasar la noche, y ellos también se fueron a dormir. Pero después de acostarse, Efim no logró dormirse: no podía dejar de pensar en su amigo y en cómo lo había visto tres veces en Jerusalem, en el lugar más destacado. “Así que ésta es la manera en que se me adelantó” pensaba.”No sé si mis ofrendas serán reconocidas, pero las suyas el Señor las ha reconocido sin duda.”
  Por la mañana, Efim se despidió de la gente. Ellos llenaron su bolso de pasteles y se fueron a trabajar. Y Efim empezó a caminar… 

   Había estado ausente exactamente un año y en la primavera llegó a su hogar. Su hijo no estaba cuando él llegó, y cuando volvió, Efim comprobó que estaba ebrio. Empezó a preguntarle acerca de la casa y se dio cuenta que las cosas no habían funcionado bien sin él. Su hijo había gastado todo el dinero y había descuidado los negocios. Efim lo reprendió y el hijo respondió con palabras rudas. Entonces  el viejo se enojó y golpeó a su hijo. 
   Al día siguiente, Efim fue a visitar al sacerdote más anciano para hablarle de su hijo. Cuando pasó cerca de la casa de Elisey, la mujer de su amigo, que estaba en el patio, lo saludó:
—Bienvenido, amigo… ¿Tuviste, querido, un viaje exitoso?
   Efim se detuvo. 
—Sí, gracias a Dios. Estuve en Jerusalem, pero perdí a tu marido en el camino. Supe que ha regresado.
 —Sí, hace bastante que ha regresado… ¡Nos pusimos tan contentos al verlo, era desolado sin él! No me refiero a su trabajo, porque está envejeciendo. Pero él es la cabeza. ¡Qué feliz estaba nuestro hijo! Dijo que sin él era como estar sin luz para los ojos. ¡Lo amamos tanto!”
—Bien… ¿Y está ahora en casa? —preguntó Efim.
—En casa está, vecino, trabajando con las abejas. Elisey dice que ha sido una buena estación, no recuerda cuando ha habido tan enorme cantidad de abejas. Dice que Dios nos da sin tener en cuenta nuestros pecados. ¡Ven querido! Elisey estará muy contento de verte.
  Efim caminó hasta el lugar de las abejas. Y vio a Elisey cerca de ellas, debajo de un árbol, sin protección en la cabeza, sin guantes, extendiendo sus brazos y mirando hacia arriba. Su cabeza calva brillaba, lo mismo que en Jerusalem en el Sepulcro del Señor. Encima de él, a través del árbol, el sol brillaba, y por encima de su cabeza las abejas revoloteaban en círculo formando una corona y no lo picaban. 
   Efim se detuvo. La mujer de Elisey le gritó a su esposo: 
—¡Aquí está tu amigo!
   Elisey se dio vuelta para mirar. Estaba feliz, y se acercó a su amigo, quitando suavemente  las abejas que estaban sobre su barba.
 —¡Bienvenido, amigo, bienvenido, querido! ¿Tuviste un viaje exitoso?
—Mis pies me llevaron hasta allí y te traje un poco de agua del río Jordán. Pero no sé si el Señor ha recibido mis ofrendas…”
—¡Gracias a Dios. Cristo te salve!  
  Efim quedó en silencio.
—Estuve allí con mis pies, pero tú estuviste allí en espíritu…
 —Es el trabajo de Dios, mi amigo, el trabajo de Dios.
—Al regresar me detuve en la vivienda donde te perdí.
  Elisey se alarmó, y se apresuró a decir:
 —Es el trabajo de Dios, mi amigo, el trabajo de Dios. Bueno, ven,  te daré algo de miel. 
  Y Elisey cambió de tema, y empezó a conversar sobre asuntos hogareños. 
   Efim suspiró. No habló sobre la gente que Elisey había auxiliado, ni dijo que lo había visto en Jerusalem. 
  Y comprendió que Dios ha señalado que cada ser humano, antes de morir, cumpla sus ofrendas con amor y buenas acciones. 

sábado, 18 de febrero de 2017

Dostoievsky. El sufrimiento convertido en arte

    Fedor Dostoievsky es uno de los más grandes novelistas de la historia literaria, y al saber más acerca de su vida, decidí volver a leerlo para apreciar nuevamente su obra.

   Sus novelas son desgarradoras: dolor, enfermedad, muerte, pasiones y tormentos, el inconsciente, pero también la fe a pesar de los tormentos y la redención que sigue al crimen y la culpa.  Y toda su obra es un fiel reflejo de lo que fue su vida. Cinco años como preso político en Siberia, después de una experiencia límite en la que estuvo al borde de ser fusilado. La continua zozobra económica y el endeudamiento, agravados por su adicción al juego, que lo llevaron a exiliarse por largos períodos para huir de sus acreedores. El fallecimiento de dos de sus pequeños hijos, hecho que si bien era bastante común en esos tiempos, no por eso impedía el dolor de los padres. Y además, su mala salud, sus crisis epilépticas. Sin embargo Dostoievsky, quien era profundamente religioso, se inspiró en sus aflicciones y pudo convertirlas en arte literario. En muchos de sus personajes hay una perpetua exaltación, conflictos internos que se expresan mediante actos impulsivos y desatinados, y no es difícil adivinar detrás de esa casi locura, parecidos desgarramientos e impulsos en el autor. 

    Y sus novelas son sin duda espirituales, porque enlazados profundamente en la trama, están los temas de la existencia o no existencia de Dios, de la moral y el libre albedrío, de la culpa y la redención.

   En El Idiota el protagonista es la personificación de la bondad, la compasión y la sinceridad, lo cual lleva a otros personajes “más normales” a definirlo como idiota. En esta novela encontramos testimonios clarísimos de la vida de Dostoievsky, como un fragmento en el cual transmite su propia experiencia al ser condenado a muerte, lo que sintió durante los minutos que creyó eran los últimos de su vida. O el siguiente fragmento, donde hay una descripción minuciosa de esos estados alterados de conciencia que se experimentan antes de un ataque de epilepsia.
  “Él recordó que durante sus ataques epilépticos, o más bien inmediatamente antes, siempre había experimentado un momento o dos en que su corazón y su mente y su cuerpo parecían despertar a un vigor y una luz, y él se colmaba de alegría y esperanza, y todas sus ansiedades parecían desaparecidas para siempre… Que había belleza y armonía en esos anormales momentos, que ellos realmente contenían la más elevada síntesis de la vida, él no podía dudarlo… El sentimiento de intensa beatitud en ese momento…”

   En Los hermanos Karamazov, la fe y la falta de fe es representada mediante dos de los hermanos. El menor, novicio religioso en un monasterio y practicante del amor que se expresa en acción,  e Iván, quien cuestiona la existencia de Dios, al menos de un Dios bondadoso, debido al dolor y la crueldad que hay en el mundo. Dice Iván: “Pienso que si el diablo no existe, sino que el ser humano lo ha creado, lo ha creado a partir de su propia imagen y semejanza”.
   Hay un pasaje de la novela que los analistas citan con frecuencia “El gran inquisidor”, un poema de Iván, el cual especula acerca de lo que hubiera sucedido si durante el reinado de la Inquisición en España, Jesús Cristo hubiera nuevamente aparecido: “Él venía dulcemente, sin ser notado, y sin embargo todos lo reconocieron… La gente era irresistiblemente atraída hacia Él, lo rodeaban, lo seguían… Él se movía silenciosamente en medio de ellos con una suave sonrisa de infinita compasión…” 
   Y el poema narra el encuentro entre Jesús y el gran inquisidor. Éste, quien también lo reconoce de inmediato, lo manda detener y le dice: “Sé muy bien lo que dirías. Pero no tienes derecho a  añadir nada a lo que ya has dicho. ¿Por qué, entonces, has venido a  obstruírnos?… Mañana te condenaré y te quemaré en la estaca como al peor de los herejes”.

   En Crimen y Castigo, Dostoievsky se sumerge en la mente de un estudiante pobre que se convierte en criminal (al asesinar a una anciana usurera y su hermana),  y no hay duda que la experiencia de su autor, al estar en contacto con toda clase de criminales durante sus años de prisión en Siberia, está detrás de la profundidad psicológica con la cual construye al personaje y a sus conflictos morales internos luego de cometido el crimen. 
    
   Hay otros asuntos, explícitos o no, en las novelas de Dostoievsky, además de los usuales en toda novela (romances, conflictos familiares, amistades, etc.). La muerte es una presencia importante y también la realidad del inconsciente. Hoy en día el inconsciente es una parte nuestra honrada y reconocida, pero no cuando Dostoievsky escribía. Sin embargo, esta parte nuestra, sus ansiedades e impulsos, sus acechantes oscuridades, su manifestación mediante sueños simbólicos,  está presente en los atormentados personajes de sus novelas.

 Su vida también fue atormentada y sólo en sus últimos años logró algún sosiego, debido al éxito de sus novelas, que le dieron cierta seguridad económica, y a su matrimonio con una joven mujer, quien lo ayudó a estabilizarse, manejando con pericia sus asuntos materiales y envolviéndolo en el soporte del  amor familiar.


Nota: los fragmentos de El Idiota y Los Hermanos Karamazov, son traducción de la autora de este blog. 

martes, 13 de diciembre de 2016

Dostoievsky: cuento en nueva traducción




El árbol de Navidad celestial 

   Soy un novelista y supongo que inventé esta historia. Escribo “supongo”, aunque de hecho sé que la inventé, pero sigo imaginando que debe haber sucedido en algún lugar y en algún momento, que debe haber sucedido en vísperas de Navidad en una ciudad grande  con mucho frío. 
   Tengo la visión de un niño, un niño pequeño, de seis años o incluso menos. Este niño se despertó esa mañana en un sótano húmedo y helado. Estaba vestido con una especie de bata y temblaba de frío. Sentado en un rincón, sobre una caja, del aliento del niño salía una nube de vapor blanco y él soplaba el vapor fuera de su boca  y se entretenía en su aburrimiento observando como flotaba. 
   Pero el niño estaba terriblemente hambriento. Esa mañana se había acercado varias veces a la cama de tablones donde yacía su madre enferma, sobre un colchón tan delgado como un panqueque, con una especie de bulto bajo su cabeza a modo de almohada. ¿Cómo habría ella llegado hasta aquí?  Debe haber venido con su hijo desde alguna otra ciudad y repentinamente cayó enferma. La propietaria que alquilaba los espacios del sótano había sido llevada dos días atrás a la comisaría. Los demás inquilinos estaban afuera, ya que las fiestas estaban próximas, y el único que se había quedado no esperó la Navidad y estaba tirado desde hacía veinticuatro horas, completamente borracho. En otro rincón del sótano, una miserable anciana de ochenta años, que alguna vez había sido niñera y ahora había sido abandonada para morir sola,  estaba quejándose y gimiendo debido al reuma, y también refunfuñando y regañando al niño, por lo cual él tenía miedo de acercarse al rincón de ella. 
   El niño había conseguido agua para beber pero ningún mendrugo, y había estado a punto de despertar a su madre una docena de veces. Finalmente se sintió asustado: hacía rato que estaba oscuro, pero ninguna luz había sido encendida. Al tocar el rostro de su madre, lo sorprendió que ella no se moviera en absoluto y que estuviera tan fría como la pared. “Hace mucho frío aquí” pensó el niño. Y se quedó quieto, permitiendo inconscientemente que sus manos descansaran sobre los hombros de la mujer muerta.  Después sopló sus pequeños dedos para calentarlos, buscó a tientas su abrigo sobre la cama y salió del sótano. Habría salido antes, pero tenía miedo del gran perro que estaba gruñendo todo el día en la puerta del vecino, escaleras arriba. Ahora el perro ya no estaba y el niño salió a la calle. 
  ¡Dios mío, qué ciudad! Él nunca había visto algo así antes. En la ciudad de la cual él venía, siempre había una negra oscuridad por las noches. Con una sola lámpara para toda la calle y las vencidas viviendas de madera cerradas con persianas, después del anochecer no se podía ver a nadie en la calle. Toda la gente se encerraba en sus casas y sólo quedaban los gritos de los perros: cientos y miles de ellos ladrando y gruñendo toda la noche. Pero allí había abrigo y tenía comida, mientras que aquí…  ¡Oh…, si al menos tuviera algo para comer! ¡Y qué ruido y traqueteo, cuánta luz y cuánta gente, caballos  y carruajes, y mucho hielo!  El vapor helado colgaba en nubes sobre los caballos, sobre sus bocas que respiraban cálidamente, con sus cascos que resonaban contra las piedras a través de la nieve resquebrajada y… ¡Oh, cómo ansiaba algo para comer y cuán desdichado se sintió de pronto!...  Un policía pasó y se alejó,  para evitar ver al niño. 
   He aquí otra calle, ¡oh, y muy ancha! Aquí él sería con seguridad atropellado: todos gritaban, corrían y se abrían paso. Y la luz, ¡la luz! ¿Y qué era esto? Una enorme ventana de vidrios y a través de la ventana un árbol que llegaba hasta el techo. Era un abeto,  y sobre el abeto había muchas luces, papeles dorados y manzanas y pequeñas muñecas y caballitos. Y había niños limpios y bien vestidos corriendo por la habitación, riendo y jugando, comiendo y bebiendo. Una niña pequeña comenzó a bailar con uno de los niños, ¡qué linda niñita! Y él podía escuchar la música a través de la ventana. Miraba, se maravillaba y reía, aunque sus pies estaban doloridos debido al frío y sus dedos estaban rojos y rígidos, por lo cual le hacía daño moverlos. Pero de pronto el niño se dio cuenta de que sus pies y dedos le dolían, y empezó a llorar y a correr. 
    A través de otra ventana nuevamente vio un árbol de Navidad y sobre una mesa pasteles de todas clases -pasteles de almendra, pasteles rojos y amarillos- y tres opulentas señoras jóvenes estaban sentadas allí y ofrecían los pasteles a cualquiera que se les acercara. Y la puerta de calle se abría una y otra vez, permitiendo que entraran  muchísimos caballeros y damas. El niño se movió con sigilo, la puerta se abrió y él entró. ¡Oh, pero ellos le gritaron y le hicieron señas de que se marchara! Una señora fue hacia él apresuradamente y deslizó una moneda en su mano, y ella misma abrió la puerta de calle para que se fuera. ¡Qué asustado estaba!  La moneda se deslizó y tintineó sobre los escalones: él no había podido doblar sus dedos enrojecidos para sostenerla apretada. 
    Se alejó corriendo y siguió andando, aunque no sabía hacia dónde. Estaba por llorar nuevamente pero tenía miedo, y corrió…, corrió…,  y soplaba sus dedos. ¡Y era desdichado porque de pronto se sintió muy solo y aterrorizado, y eso de golpe, Dios mío!... 
   ¿Y qué era esto? Gente parada en medio de la multitud,  contemplando algo. Detrás de una vidriera había tres pequeños muñecos, con vestidos colorados y verdes, y exactamente, exactamente como si estuvieran vivos. Uno era un pequeño anciano sentado, tocando un gran violín; los otros dos estaban parados cerca y tocaban pequeños violines. De tanto en tanto movían la cabeza, se miraban uno al otro y sus labios se movían. Ellos estaban hablando, realmente hablando, sólo que no se podía escuchar a través del vidrio. 
   Al principio el niño pensó que estaban vivos y cuando se dio cuenta de que eran muñecos se rió. Él nunca había visto esa clase de muñecos y no tenía idea de que hubiera muñecos así. Y aunque deseaba llorar, estaba entretenido, entretenido con los muñecos. De pronto le pareció que lo tocaban desde atrás: un chico grande y malvado estaba junto a él. Súbitamente lo golpeó en la cabeza, le arrancó el gorro y le hizo una zancadilla. El niño cayó sobre el suelo… y hubo un grito. Estaba entorpecido por el terror, pero se levantó y se alejó corriendo. Corrió, sin saber hacia dónde iba, hasta que llegó al portón del patio de alguien y se acomodó detrás de una pila de leña: “No me encontrarán aquí, además está oscuro”. 
   Se sentó encogido y sin aliento debido al miedo, pero de golpe, repentinamente, se sintió feliz: sus manos y pies dejaron de dolerle y comenzó a sentir calor, tanto calor como si estuviera sobre una estufa. Después tembló y empezó a quedarse dormido. “¡Qué lindo dormir aquí! Me quedaré un poco y luego iré a mirar los muñecos de nuevo”,  pensó el niño, sonriendo al recordar los muñecos. “Parecían vivos”… 
   De pronto escuchó a su madre cantando por encima de él. “Mami, estoy dormido, qué lindo es dormir aquí”.
  “Ven a mi árbol de Navidad, pequeño”, susurró  una suave voz sobre su cabeza.
  El niño pensó que era su madre, aunque no, no era ella. No podía ver quién lo estaba llamando, pero alguien se inclinó sobre él y lo abrazó en la oscuridad.  El niño estiró sus manos hacia el que lo llamaba y… de repente… ¡Oh, qué luz tan brillante!... ¡Oh, qué árbol de Navidad!... Pero no era un abeto, nunca había visto un árbol como ese. 
   ¿Dónde estaba ahora?... Todo era radiante y brillaba, y alrededor de él había muñecos. Aunque no, no eran muñecos, eran pequeños niños y niñas, sólo que radiantes y brillando. Todos volaban alrededor de él y lo besaban.  Y lo levantaron y lo llevaron con ellos, y él también estaba volando. Y vió que su madre lo estaba mirando, mientras reía con alegría. ¡Mami, mami, oh, qué lindo es aquí, mami! Y de nuevo besó a los niños y quería contarles acerca de los muñecos en la vidriera. ¿Quiénes son ustedes, niños..., quiénes son ustedes, niñas? preguntó, riendo y admirándolos. “Éste es el árbol de Navidad de Cristo” le respondieron. “Cristo siempre tiene un árbol de Navidad en este día, para los niños pequeños que no tienen un árbol de Navidad propio…” 
   Y supo que todos esos niños y niñas eran como él… Algunos se habían helado en las canastas donde habían sido abandonados de bebés, sobre las escalinatas de la gente rica de San Petersburgo. Otros habían muerto en los pechos de sus madres hambrientas. Y otros habían muerto en los vagones de tren de tercera clase, debido al aire viciado… Y sin embargo, ahora estaban todos aquí, eran como ángeles alrededor de Cristo y Él estaba en medio de ellos y extendía Sus manos hacia ellos… Los bendecía a todos y también bendecía a sus madres… Y las madres de estos niños estaban a un costado llorando. Cada una conocía a su niño o niña. Y los niños volaban hacia ellas y las besaban y secaban sus lágrimas con sus pequeñas manos… y les rogaban que no lloraran porque ellos eran muy felices. 
   Por la mañana,  el portero encontró el pequeño cuerpo muerto del niño, helado junto a la pila de leña. Y también buscaron a su madre: ella había muerto antes que él.
    Y se encontraron delante del Señor Dios en el cielo. 

   ¿Por qué he creado este relato, tan fuera de lo corriente en un Diario común y sobre todo en el Diario de un Escritor? Y eso que prometí relatos que tuvieran que ver con sucesos reales. Pero así es. Y continúo imaginando que todo esto pudo haber sucedido realmente, o sea, lo que sucedió en el sótano y junto a la pila de leña. En cuanto al árbol de Navidad de Cristo, no puedo decirles si eso pudo haber sucedido o no. 

miércoles, 17 de agosto de 2016

Cuando el arte invita a la reflexión. Temas existenciales y espirituales en novelas y películas. 5.

La película Mar Adentro y el tema del suicidio asistido

   Esta excelente película, dirigida por el talentoso director español Alejandro Amenábar,  se basa en un caso real: el de Ramón Sampedro, un hombre de Galicia, quien después de quedar incapacitado debido a un accidente, estuvo postrado en la cama durante treinta años y luchó durante largo tiempo para que se le permitiera recurrir legalmente al suicidio asistido, sin conseguirlo. La película, que lleva muchos años de estrenada, renovó las polémicas que este delicado tema despierta. 
   El suicidio asistido, que no es lo mismo que la eutanasia, está prohibido en la mayoría de los países del mundo, con excepción de Holanda (un país de avanzada respecto a los derechos individuales) y unos pocos lugares más. Eutanasia, según el Diccionario de la Real Academia, es la acción u omisión que, para evitar sufrimientos a los pacientes desahuciados, acelera la muerte de ellos, con su consentimiento o sin él. Suicidio asistido significa suicidarse con ayuda de otros, pero sin que el peso de la ley caiga sobre los ayudantes. 
   La legislación mundial sobre la salud está avanzando en este tema, permitiendo una creciente libertad por parte de los enfermos. Hay nuevas leyes que garantizan el derecho de los enfermos terminales a rechazar cirugías, o tratamientos médicos y de reanimación que prolongarían sus vidas… y también sus sufrimientos.      
    Pero éste es uno de esos temas sobre los cuales es imposible ponerse de acuerdo, porque depende de la visión del mundo y los valores del que opina. La película de Amenábar apoya claramente la causa de Sampedro (magistralmente interpretado por Javier Bardem),  y el personaje, lo mismo que su inspirador, rechaza todas los esfuerzos de los demás en contra de su deseo de  morir, tanto por parte de miembros de su familia  como de representantes de la iglesia, e incluso de dos mujeres que lo aman, a pesar de su invalidez. Sampedro dejó textos publicados, manifestando que una muerte deseada para liberarse de un dolor irremediable está bien y que cada persona tiene el derecho a disponer de su propia vida. Él quería morir, no soportaba vivir en esas condiciones, pero hay muchas personas discapacitadas que continúan peleando por vivir y que eligen quedarse. 
   Y aunque coincido  en que cada uno puede disponer de su propia vida, comentaré un caso que llamó mucho mi atención y que me llevó a poner en duda este criterio. En Holanda, una mujer muy joven que había estado sometida a abuso sexual desde la infancia y padecía graves problemas psicológicos, pidió la eutanasia… ¡Y le fue concedida! Es el primer caso en el mundo en que se aplica la eutanasia debido a problemas psicológicos y no físicos. Cuando esto se supo, muchas voces se levantaron en contra, diciendo que dada la edad de la enferma se imponía continuar con los intentos que llevaran a su recuperación, asistirla de todos los modos posibles, y no acabar con su vida. Y en este caso no puedo menos que estar de acuerdo. La eutanasia y el suicidio asistido son válidos en los casos irremediables, cuando la persona está condenada a la absoluta incapacidad y a un sufrimiento crecientes. Pero en el caso de una persona joven, cuya psique puede evolucionar, como el caso de esta chica holandesa, me cuesta entender cómo los médicos y la supervisión legal que se aplica en Holanda para estos casos permitieron algo así. 
    Entonces la pregunta inevitable es: ¿cuándo realmente sabemos que la muerte, el deterioro y el sufrimiento son irreversibles?...  No hace demasiados años atrás, los médicos se permitían predecir el tiempo de vida que le quedaba a un paciente con cáncer. Creo que por fortuna ya no lo hacen. Los casos de remisiones espontáneas son numerosos cuando se trata de esta enfermedad, -un verdadero misterio biológico-, y por lo general ya no se considera al cáncer una enfermedad irreversible, sino una enfermedad que puede convertirse en crónica. 
    Por eso, pienso que con el tema de la eutanasia y el suicidio asistido no se puede generalizar. Así como cada persona es única, cada situación que requiere eutanasia o suicidio asistido es única. La vida es algo muy valioso y este asunto es muy complejo y delicado. Pero invita a la reflexión, ¿verdad?  
    
  

jueves, 2 de junio de 2016

Cuando el arte invita a la reflexión: una novela inolvidable


“El filo de la Navaja”  de William Somerset Maugham

   Habría que introducir a este autor, porque los más jóvenes no deben tener idea de quien fue. Se trata de un escritor inglés, muy leído durante la primera mitad del siglo XX, cuyas ficciones (obras de teatro, novelas y cuentos) tuvieron gran éxito en su época y se han llevado al cine muchas veces. Como otros grandes novelistas, partió de su experiencia vital para crear sus personajes y las tramas de sus historias, y en su franco realismo asoman más de una vez los temas metafísicos. Viajó mucho, sobre todo por Oriente, y tuvo una vida poco convencional. Los críticos no lo amaban, quizás porque no era lo suficientemente “literario”, pero sus historias son sinceras y transmiten autenticidad (lo que más me gusta en una historia),  y por eso el público sí lo amó. 
   Su novela “El filo de la navaja”,  que me impresionó profundamente en la adolescencia, aborda el tema de la búsqueda espiritual, aunque de un modo que imagino era el más adecuado para los lectores de esa época. Hoy en día, viajar a la India y pasar tiempo en uno o varios ashrams es algo bastante común, pero cuando Maugham escribió su novela era bastante raro y la India era un país remoto y desconocido.
   La historia está contada desde la perspectiva de un narrador testigo (el mismo Maugham) y por lo tanto con distancia, lo cual no le impide alcanzar profundidad. El protagonista, Larry, marcado por la primera guerra mundial en la cual participó, va abandonando su previsible vida burguesa y se instala inicialmente en París, donde vive un poco a la deriva, para viajar luego por otros sitios. Su búsqueda del sentido de la vida, que como suele suceder ha comenzado mediante la lectura de libros, es alentada providencialmente mediante encuentros significativos. Al conocer a un monje cristiano en Alemania, decide pasar un tiempo en un monasterio benedictino. Y después viaja a la India, donde tiene trascendentes experiencias. Finalmente vuelve a Occidente, pero convertido en una persona distinta, porque su búsqueda ha dado frutos.
   Hay historias paralelas en la novela, que se enlazan con la del protagonista, como las de dos mujeres con las cuales Larry se relaciona y otros personajes. Pero lo esencial, y lo que la convierte en una novela imborrable, es la historia del personaje central. 
   Hace relativamente poco, al leer la novela por segunda vez e investigar acerca de su autor, supe que Maugham había estado en la India y había pasado algún tiempo en el ashram de Sri Ramana Maharshi, en 1938.

  Y voy a confesar algo... Creo que las personas somos como semillas: nacemos con todas las potencialidades de lo que seremos y durante el transcurso de nuestra existencia nos limitamos a desplegarlas. Y esta novela es, en mi vida, una confirmación de eso. La primera vez que la leí estaba muy lejos aún de lo espiritual, y sin embargo la historia resonó en mí de un modo profundo y misterioso. Muchísimos años después, yo también comencé una búsqueda espiritual, viajé a otros países y pasé algún tiempo en la India. Y también, como W. S. Maugham, estuve en el ashram de Sri Ramana Maharshi. 

   Y ahora veamos algunas citas extraídas de la novela (de su versión original en inglés), que nos dan una pauta de cómo es en esencia. 
   ”Nada en el mundo es permanente, y somos tontos cuando queremos que algo dure, aunque somos más tontos aún en no disfrutar de esto mientras lo tenemos.”
   “Parecería que casi todas las personas que han tenido influencia en mí las conocí debido al azar. Sin embargo, mirando hacia atrás, siento que no podría no haberlas conocido.” 
   “Y entonces piensas en alguien que una hora atrás estaba lleno de vida y ahora yace muerto;  es todo tan cruel y sin sentido. Y es difícil no preguntarte qué es la vida y si hay algún sentido en ella, o si es todo un trágico error de un destino ciego.” 
   “Suelo pensar que hemos puesto nuestro ideal en cosas equivocadas; suelo pensar que el más grande ideal que un ser humano puede poner frente a sí es la autoperfección.”
  “Desearía que vieras cuán estimulante es la vida del espíritu y cuán rica en experiencia. Es ilimitada. ¡Es una vida tan feliz!”

viernes, 11 de marzo de 2016

Cuando el arte invita a la reflexión. Temas espirituales y existenciales en novelas y películas (4)



El cine de un gran director sueco

  Ingmar Bergman fue uno de los más geniales creadores cinematográficos de toda la historia del cine y también el que más usó este arte para expresar temas espirituales y existenciales de gran profundidad.

  Muchas de sus películas son desgarradoras. Los personajes se debaten en la duda, el dolor, la angustia, la culpa, la soledad... Y la búsqueda de Dios es tan dolorosa como frustrante. En "Luz de Invierno" el tema central son las dudas de un sacerdote acerca de la existencia de Dios. Y aunque su mensaje aparente es Dios no existe o dudo de su existencia (por el mal en el mundo, etc.), esa película no es la obra de un ateo sino la de un creyente en crisis.  
   En "El Silencio" hay furia, dolor y odio en los personajes de las dos hermanas, que nos muestran una existencia sin sentido. La mayor, enferma, se autodestruye con tabaco y alcohol; la otra se sumerge en el olvido de los sentidos. Vemos incomunicación, sufrimiento, crueldad...  El personaje del niño es el único sano, hay dulzura e inocencia en él (como en todo niño) y parece deslizarse por el mundo de los adultos como un ángel que mira y trata de comprender. 
   En una película temprana, que no tiene traducción al castellano (Nara Livet, en sueco), y donde aparecen tres mujeres que están en un hospital a punto de parir o por problemas relacionados con el embarazo, el director muestra la ineludible garra del destino, esas fuerzas poderosas e incontrolables que tuercen nuestras vidas en direcciones inesperadas, a pesar de nuestros deseos, y que a veces son positivas y a veces todo lo contrario, siendo una dimensión de la vida que difícilmente podemos controlar.  
   En "Detrás de un vidrio oscuro",  la búsqueda desesperada de Dios está unida a la locura. Y Él finalmente se muestra, pero en la forma de una horrible araña. En "El Séptimo Sello", la pregunta repetida es por qué Dios parece ausente del mundo. 

  Sin embargo, en algunos de esos films y en otros más tardíos, Bergman encuentra salidas que tienen que ver con el amor. En "Fresas salvajes", una de sus películas más admirables, vemos a un anciano médico, quien al comprender que se acerca al final de su vida, la revisa y la juzga mediante recuerdos, sueños y fantasías. Hay culpa y dolor, pero también perdón y reconciliación. Y una dulce amargura ante lo inevitable. Es un film melancólico, pero profundamente humano. El anciano doctor no parece haber sido un buen padre o esposo. Pero sus pacientes lo aman y lo consideran un gran médico, que siempre los ayudó desinteresadamente. Y Bergman es explícito al plantear esa totalidad: somos luminosos y oscuros, buenos y malos.  
 En "La Fuente de la Doncella",  después de la violencia, el dolor y la venganza, hay un milagro que es como un mensaje de Dios, una afirmación de Dios, que renueva la fe. 
 El sufrimiento y la muerte, temas centrales en "Gritos y Susurros", van unidos a la compasión, el amor y la fe de uno de los personajes.  En "Face to Face" (un drama hecho para la televisión), junto a la crisis de la protagonista y a elementos de incomunicación y falta de amor, aparecen en algunos personajes el amor y la compasión como fuerzas sanadoras.

   Además de los temas metafísicos, a Bergman también le preocupaban mucho las relaciones entre los seres humanos, sobre todo aquellas más íntimas, como entre hermanos, padres e hijos, esposa y esposo. "Escenas de la vida conyugal", desgarradoramente sincera, es un retrato auténtico y profundo de lo que suele ocurrir en una pareja cuando ya no funciona bien. Y cuando toca esos temas, Bergman muestra los extremos de crueldad a que un ser humano puede llegar cuando se relaciona con los seres que le son más cercanos. Así ocurre en "El Silencio" y en "Gritos y Susurros". 

  En sus obras el espacio de la conciencia está presente, y Bergman recurre para expresarlo a sueños y recuerdos, a presagios y premoniciones. En "El Séptimo Sello" hay visiones y apariciones, y las escenas donde el caballero juega al ajedrez con la muerte han pasado a la historia del cine como escenas ejemplares. En "Fresas Salvajes", los sueños y recuerdos son una parte sustancial de la película. 
 En esa maravillosa película que es "Fanny y Alexander", una obra de su madurez, aparece la magia como poder de la mente sobre la realidad material. A diferencia de muchas de sus obras tempranas, esta película -quizás la más perfecta en sus medios expresivos y en su modalidad narrativa- es por momentos jubilosa, y hay en ella una continua referencia a los planos invisibles: fantasmas que se comunican con los vivos, fenómenos ocultos como la telepatía y otros elementos sobrenaturales de importancia. 

   También hay, en muchas de sus creaciones, reflexiones acerca del arte. En "Fanny y Alexander", un personaje discurre acerca del teatro, "ese pequeño mundo que puede ayudarnos a comprender o tolerar el mundo de afuera, el de todos los días." Y otro personaje afirma que "en la vida representamos un papel, a semejanza de lo que se hace en el teatro".

  La obra cinematográfica de Ingmar Bergman es, en su conjunto, el ejemplo más perfecto del arte usado para plantear los grandes temas inherentes a nuestra condición humana. Y eso, unido a la perfección expresiva de sus films, los convierten en obras de arte imperecederas. 

 Hay más sobre Bergman en el post "Por qué amábamos las películas de Ingmar Bergman, en el blog Vivencias de una Peregrina.

Nota: la mayoría de las películas mencionadas en este post pueden verse en        YouTube. 

domingo, 24 de enero de 2016

Escribir novelas espirituales

Escribir novelas espirituales es frustrante

   Lamentablemente he llegado a esta conclusión, aunque la misma no implica que dejaré de escribir novelas espirituales. Me apasiona escribir novelas, y sólo puedo escribir para transmitir lo que considero importante. Y como lo que considero importante es la espiritualidad y todo lo que ella implica, seguiré con estos temas. 
  Pero es frustrante… Y no me refiero al acto de escribirlas, sino a la posibilidad de que sean leídas. 
  Lo real es que en el mundo de hoy (al menos el hispano hablante), cada vez se lee menos ficción espiritual. Esto ya me lo habían dicho algunos editores, cuando rechazaron mi primera novela, diciendo que el mercado estaba saturado. 
 En general se lee poco y la ficción que atrae pertenece a otros géneros. Romántica, erótica, suspenso y policial, aventuras… Incluso el género histórico parece estar decayendo. 
 Y desviándome un poco del tema central de este post, compartiré otra reflexión: hoy en día, la mayoría de los escritores que han logrado ingresar en el mercado tradicional, sólo escriben con el objeto de vender. Y para eso recurren a procedimientos completamente irrespetuosos. Daré como ejemplo un reciente best seller, “El sari rojo”, de un novelista español, que es una biografía novelada de Sonia Gandhi, la mujer de origen italiano que -a partir de su casamiento con un hijo de Indira Gandhi, a quien conoció cuando ambos eran estudiantes de inglés en Inglaterra- se convirtió con el correr de los años en una de las mujeres más poderosas del escenario político indio. Sin duda es una vida interesante y por algo la novela se vendió muchísimo (aunque en la India está teniendo problemas legales), pero me parece una total falta de respeto novelar la vida de una persona que todavía vive. Es entrar en su intimidad y crear ficción a partir de hechos que pertenecen a su vida privada. Y esto carece de ética. 
  Di el ejemplo anterior, porque es una muestra de las tendencias editoriales que dominan el mercado y de lo que escriben los novelistas que venden.
  En cuanto a lo que se vende de ficción espiritual o ficción de autoayuda, inevitablemente corresponde a los autores que ya están instalados en el gusto del público y son famosos. Entonces Paulo Coelho, que sólo escribió un relato realmente inspirado (El alquimista) y que fue apenas un autor mediocre en sus demás libros, sigue siendo el más leído en esta clase de ficción. O se traducen a los autores norteamericanos, porque las pocas grandes editoriales que editan esta clase de ficciones, prefieren publicar traducciones de libros que ya se han vendido bien en sus países de origen, en vez de arriesgarse con autores nuevos. 
  Incluso en Estados Unidos, donde hay un mercado importante para esta clase de narrativa, los autores nuevos tienen muy limitado el número de sus lectores, como he comprobado al unirme a grupos que escriben esta clase de ficción en inglés, ficción que ellos llaman visionaria. 
   Así están las cosas… Escribo novelas porque amo hacerlo y no puedo no tocar los temas espirituales, porque son lo central en mi vida y en la vida de mis personajes. Y como escribo desde el corazón (o como dice una escritora chilena muy famosa, desde las tripas) seguiré escribiendo novelas espirituales. 
  Pero me temo que seguiré frustrándome… Algunas personas (seguidoras del pensamiento new age) dirán que lo estoy decretando. Pero no creo en eso… Simplemente veo los hechos como son..., y los testimonio. 

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Fragmentos de una novela espiritual inédita



Un guru irreverente: Baba B… S…

   Al fondo del salón, sobre una pequeña alfombra que imitaba una piel de tigre, estaba sentado un sadhu de cabellos grises anudados en lo alto de la cabeza... Pude verlo mejor… Tenía sobre la frente unas franjas de ceniza horizontales y como única vestimenta un dhoti. Los caminos del Asia habían teñido su piel de un cobre oscuro y era tan delgado que se le notaban las costillas. A diferencia de la mayoría de los sadhus, no usaba barba, y en su rostro de pergamino brillaban un par de ojos claros…

   Cuando hablaba de Dios -o como él lo llamaba, del Eterno- y de los modos y vías para conocerlo, solía deslizar confesiones acerca de sus experiencias. 
—¿Qué somos, qué somos en realidad? —nos preguntó una tarde en que yo estaba sentada muy cerca de él.  
   Se oyeron algunos murmullos a modo de respuesta y él continuó:
—Lo que somos, y esto lo comprendí cuando empezaron mis experiencias de iluminación, se parece a la corriente eléctrica… Me supe esa corriente eléctrica, no nacida, inmortal, pura Conciencia, que circula por nuestro cuerpo dándole vida y que se retira cuando morimos.” 
 Un chico, con aspecto muy intelectual, hizo algún comentario objetando el concepto  de “corriente eléctrica”, comentario que no comprendí del todo, porque sus ideas y frases eran poco claras. 
 Baba lo miró en silencio unos segundos y dijo: 
—Bien…, esto de la corriente eléctrica es solamente una metáfora, porque lo que se percibe durante los estados alterados de conciencia, durante las experiencias iluminativas, es intransmisible…, excepto con metáforas…

   Le pregunté cómo seguir mi camino…
—Lo único que importa es que estés atenta, despierta, pues el aprendizaje más importante surge de la vida… —dijo mirándome con gravedad.



Fragmento de la novela, aun inédita, Peregrina en la India



Aclaración: este fragmento, como el resto de la novela, está registrado en la Dirección Nacional del Derecho de Autor de la República Argentina. Ninguna parte del mismo puede ser copiada o repetida (excepto citando la fuente y su autora).  




Violeta y el Camino de los 22 Arcanos, casi tres años en este blog

      Cuando publiqué tres de mis novelas en forma de blog, varias personas me aconsejaron que no lo hiciera. Sin embargo, no estoy arrepent...