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La tapa de siempre

La tapa de siempre
Violeta y el Camino de los 22 Arcanos

Capítulo 5 - El Emperador

 EL EMPERADOR

 

 

1.

 

   Se acercaba el verano. Mis amigos comenzaron a programar sus vacaciones: al sur, al norte, al extranjero. Pau se iba a Suiza y Alemania, con su grupo de músicos, a tocar en las calles y ahorrar dinero para el resto del año. Lupe se marchaba con las niñas a una finca de su familia, en un pueblo serrano al norte de Madrid, y quería que yo la acompañase. Pero lo que yo necesitaba era trabajo, no vacaciones: mis reservas se estaban agotando y debía empezar a producir dinero.

   Vender en la calle, como muchos de los argentinos que había conocido en Madrid, era una posibilidad interesante, sólo que: ¿Cómo empezar?... ¿Qué cosas vender?... ¿Dónde...?

   Estuve varios días curioseando entre los puestos diseminados por diferentes lugares del centro valenciano. Había una mesa que llamaba mucho mi atención, aunque mejor sería decir cuatro, porque eran cuatro mesas idénticas: el mismo paño de terciopelo color arena, la misma mercadería  (gargantillas, prendedores y pulseras hechos en una especie de piedra verde) dispuesta de igual manera sobre el paño.

    Una tarde me acerqué a uno de estos puestos, el que estaba en la Plaza de Zaragoza. El vendedor resultó ser un argentino, un chico muy joven de la provincia de Córdoba, quien me explicó que la piedra verde era jade y que las mesas eran idénticas porque tenían el mismo dueño.

—¿El mismo dueño?  —me asombré.

—Sí... Tiene varios puestos con jade en Valencia y en Alicante, que es donde vive.

—Por lo visto tu patrón es todo un empresario... ¿No te convendría más vender tus propias cosas?

    Se rió un poco de mi pregunta,  y aclaró que su patrón era más bien un socio capitalista, y que para vender sus propias cosas necesitaría invertir dinero. Así era mucho más sencillo: el Pocho le daba todo, hasta la mesa, y él sólo tenía que vender y cobrar el porcentaje.

    Le pregunté si ese porcentaje le alcanzaba para mantenerse. Respondió que no sólo le alcanzaba, sino que estaba ahorrando, y que con ese dinero se pensaba ir a Francia después del verano.

    Seguimos conversando largo rato. Me contó un poco acerca de su “socio capitalista”: el Pocho Méndez. Era de la provincia de Buenos Aires; y allí había sido camionero, chófer de taxi y muchas cosas más. Desde que estaba en España se dedicaba a vender jade, y le estaba yendo muy bien.

—Y decime, ¿no sería posible que Pocho Méndez me ponga una mesa a mí?

—A lo mejor... Venite pasado mañana por la tarde; el Pocho viene a reponer mercadería y vas a poder hablar directamente con él.

 

2.

 

    Lo primero que vi de Pocho Méndez fue una enorme furgoneta, bastante sucia, de la que descendió un hombre corpulento y alto, de unos cuarenta años o más, con espesas cejas negras y una mata de pelo gris en la cabeza, que se movía en forma algo torpe, como un oso.

    El cordobés le dijo algo en voz baja antes de presentarme, y Pocho frunció el ceño mientras me examinaba en silencio. Pero después de estrechar mi mano y mascullar su nombre, no me hizo más caso: estuvo trajinando entre la furgoneta y el puesto, y haciendo cuentas con su vendedor. Al cabo de una hora, escuché su potente voz llamándome:

—¡Vení piba, acompañame a ver otra mesa!                                           

    Me subí al vehículo, que estaba aún más sucio por dentro que por fuera: un lío de cajas y ropa y bolsas de plástico por todas partes. Y durante el corto trayecto Pocho me hizo muchas preguntas. Luego estacionó en la calle Xátiva, frente a un bar, y me ordenó que lo esperara allí.

    Al regresar, después de otra larga hora, pidió dos bocadillos de tortilla y una gaseosa.

—¿Así que querés trabajar vendiendo jade?  —fue lo primero que dijo, reanudando el interrogatorio...

    Cuando lo concluyó, y mientras se limpiaba los dientes con un palillo, me hizo una extraña propuesta.

—Te voy a decir, piba: andaba necesitando un ayudante, alguien que me acompañe durante el verano y me dé una mano, porque voy a poner mesas en muchos sitios de la costa. Pensaba en algún pibe, pero ya que apareciste vos...

    Quedé algo desconcertada, y le respondí que lo iba pensar. Me dio su teléfono, y diez días de plazo para contestarle, sino se buscaba otra persona.

    Cuando le conté a Lupe se alarmó: “¿De viaje con ese tío por la costa española?, ¡pero si ni le conoces!”  Le aclaré que el compatriota me inspiraba confianza: había algo bueno y protector en él, y la intuición me estaba diciendo que aceptara. Sin embargo, por las dudas, hice un pequeño trabajo detectivesco. Visité los otros puestos de jade y conversé con los vendedores. Todos me hablaron muy bien de Pocho: era un tipo estupendo, aunque un poco mandón; generoso con las comisiones; paternal si alguno estaba enfermo o tenía problemas, pero exigente en cuanto a horarios y demás.

    La charla con ellos confirmó mi intuición, y llamé a Pocho para decirle que sí. Puntualizamos algunos detalles telefónicamente, y nos citamos para una semana después, cuando comenzaría mi trabajo.

    Con Pau nos despedimos sin mucho pesar. Ambos teníamos un agitado, y quizás divertido, verano por delante, y eso nos importaba más que nuestro naciente idilio.

    Una mañana calurosa, a fines de junio, acudí a la cita con Pocho en la Plaza del Ayuntamiento, junto a su furgoneta. Me saludó con una palmada en la espalda, me mandó a comprar gaseosas para el viaje, y un rato después partimos.

 

3.

 

    Pocho Méndez era un hombre de energía inagotable, que manejaba con destreza, autoridad y orden su ascendente empresa de puestos de jade.

    Me convertí en su copiloto, secretaria, contadora, cebadora de mate y buena oyente, mientras recorríamos la Costa del Sol. Le gustaba contar anécdotas de su vida, y así pude conocer su pasado de sindicalista: los conflictos laborales que había liderado, las posiciones que había conquistado y las palizas justicieras que había administrado. Sobre algunos temas, sin embargo, callaba. Como cuando le pregunté por la madre de su hijito, al que criaban los abuelos en Buenos Aires. Sus ojos se humedecieron y su respuesta lacónica cerró el camino a nuevas preguntas: “A ella me la mataron”.

    Muy seguro de sí y dominante, me daba órdenes todo el tiempo: “vení…, andá…, llevá…, traé…”  Pero no me sentía molesta: estaba trabajando y esas eran las reglas del juego con él.

    Cuando tratamos el tema de mi salario, dijo que me daría más o menos lo mismo que hubiera ganado como vendedora. Una mañana, en Málaga, me llevó a una sucursal de un banco importante y abrió una cuenta a mi nombre: él me iría depositando el dinero y al final del verano iba a tener para vivir muchos meses.

    Los primeros días, tal vez influenciada por Lupe, sentí cierta aprensión: ¿y si intentaba seducirme?... Pocho pedía siempre dos habitaciones en los hoteles donde nos alojábamos, pero una noche, en un hotelito de Fuengirola, encontramos un solo cuarto disponible. Algo turbada, le sugerí irnos a otro lado, si bien era tarde y estábamos muy cansados. “No te preocupés, piba” me dijo, dándome golpecitos en la espalda. Y fue hasta la furgoneta, de la que regresó con varias mantas. Cuando entramos en la habitación,  Pocho se armó una cama de emergencia en el suelo  y se acostó, dándome la espalda. Al apagar la luz oí su voz que me daba las buenas noches y agregaba: “Conmigo tenés que estar tranquila..., yo nunca te voy a faltar el respeto”.

   Entonces me tranquilicé totalmente: Pocho era casi como un padre. Y no tardó en demostrarlo, con sus incesantes consejos y reprimendas.

    A menudo manifestaba que yo era demasiado soñadora.

—Vos tenés mucha cabeza, piba, y eso está bien, pero vivís un poco en las nubes... Hay que aprender a defenderse en la vida, sino uno se convierte en un débil, en un tipo sin fuerza ninguna... Y tenés que aprender a ganar plata… Es lo primero, ¿sabés?, con la panza vacía no se puede pensar.

    Y siempre terminaba sus recomendaciones diciendo: “¡Conmigo vas a aprender mucho!”

 

4.

 

    Desde el principio me había llamado la atención su falta de humor: Pocho nunca se reía. Se lo comenté una noche, mientras cenábamos en un restaurante de Marbella. Dejó de masticar el trozo de carne y me miró, con las cejas muy fruncidas.

—¿Vos te creés que hay mucho de qué reírse, con las cosas como están en el mundo?

—Bueno, pero...

—¡Pero, nada! ¿Sabés que hay millones de niños que se mueren de hambre? Si hay algo que no soporto es eso. Los pibes son lo más grande que hay, ¡y hay pibes que se mueren de hambre!

    Y movió la cabeza de un lado para el otro, en un gesto de amargura.

—¡Ah!, si yo tuviera poder, no sabés todo lo que haría...

—¿Qué harías?

—Me ocuparía de que todos tuviesen lo que necesitan: una buena casa, comida, ropa, educación... Si el poder estuviera en manos de gente honrada y justa, este mundo sería mucho mejor, piba…  

   Y dando un par de eructos concluyó: 

—¡Es todo una porquería!

    Sus críticas eran verdaderamente demoledoras: quería corregir y reformar todo. Sin embargo, descubrí en él un enorme respeto por la autoridad y las leyes.

—Está bien que haya gobiernos, un orden, reglas, sino sería todo un despelote...  Pero tendrían que mandar los mejores, los líderes verdaderos, los que usaran su poder y su experiencia al servicio de los demás.

    Él, por supuesto, tenía todo en orden: residencia, permisos, impuestos, seguridad social. Y me repetía que legalizara mi residencia en España, que pagara un seguro de salud,  y que tuviera siempre algún dinero en el banco, por las dudas.

    A veces, bromeando, me burlaba de él:  tanto criticar y tanta justicia social, pero bien que le gustaba el dinero, los hoteles cómodos y la buena comida.

—¿Por qué no, piba, por qué no? —contestaba, mirándome muy serio—.  El dinero no tiene nada de malo... Pero tiene que ser para todos.

    Y continuaba con sus invectivas, que concluía, como de costumbre, diciendo: “¡Conmigo vas a aprender mucho!”

    Y era verdad. Estaba aprendiendo mucho y disfrutando un montón.

 

5.

 

    Así fueron pasando las semanas. Íbamos de un pueblo del Mediterráneo al otro, reponiendo la mercadería, recaudando la ganancia, atentos para resolver cualquier problema que se presentase.

    Cada quince días, Pocho viajaba en avión a las Islas Canarias para comprar más jade, y yo me quedaba en algún hotel, haciendo inventario, revisando la bisutería, reparando algún cierre roto. También aprovechaba sus ausencias para darme unos chapuzones en el mar: cuando él estaba no había tiempo para eso. 

   A mediados de agosto, nos encontramos en Torremolinos con la deserción de uno de los vendedores, un argentino recién llegado que —según contó un compañero— no había soportado las muchísimas horas detrás del puesto. Pocho se quejó y rezongó: estaba pagando altas sumas a cambio de los permisos de venta, y Torremolinos era un sitio importante, lleno de turistas extranjeros. Cada día sin vender significaba pérdidas, y conseguir alguien de confianza, en medio del verano, le iba a llevar un tiempo. ¡Y justo ahora, que tenía que viajar de nuevo a Canarias!

    Entonces se me ocurrió: ¿y si me quedaba yo vendiendo en Torremolinos, hasta que él volviera con un vendedor?

—¿Estás segura?  —me preguntó con cara de satisfacción—. ¿Tenés ganas?

    Sí, tenía ganas: deseaba ensayar “la venta” y ver cómo me sentía detrás de una mesa. 

    ¡Y qué mesa! Grandísima, y con un enorme toldo de colores para proteger a la bisutería, y a mí, de los corrosivos rayos del sol. Debía comenzar por la mañana y estar allí hasta las dos o tres de la madrugada, con un par de brevísimos descansos para ir a comer.

    Al día siguiente, llegué al lugar acarreando dos bolsos bastante pesados. Extendí el paño de terciopelo y dispuse todo cuidadosamente. El puesto estaba en la vereda, delante de una tienda de regalos, y por la calle pasaba mucha gente rumbo a la playa. No había terminado de acomodar y ya tenía una señora delante, preguntando el precio de unos pendientes.                                             

    Siguiendo las instrucciones de Pocho, le expliqué que eran de jade y metal enchapado en oro, y que se los podía probar, mientras le alcanzaba un espejito. Enseguida hubo otras personas frente a mí, que miraban, tocaban, preguntaban...


    Si acaso tenía alguna inseguridad, ésta desapareció en pocas horas. Vendí mucho, y me entretuve aún más, charlando con unos y con otros, practicando inglés con los turistas extranjeros, y haciéndome amiga de mis vecinos vendedores: un español emparejado con una francesa y un japonés que hacía bicicletas en miniatura.

    Cuando Pocho regresó, unos días después, trayendo consigo a un nuevo vendedor, ya era una experta en el oficio, y sabía que podría emprenderlo por mi cuenta y riesgo en el futuro.


6.

 

    Avanzó septiembre, con menos turistas y menos calor. La temporada estaba por finalizar y mi trabajo también. Entonces Pocho empezó a retenerme con diferentes excusas: que lo acompañase a Sevilla a ver a una gente; que fuéramos a Ronda a pagar una deuda; que unos días en Málaga mientras averiguaba sobre los permisos del año próximo...

    Al principio accedí, un poco porque me daba pena dejarlo solo y también porque me había acostumbrado a su protección. Tenía algo de tentador seguir junto a él, dando tumbos en la furgoneta y conociendo lugares nuevos.

    Pero el día que me dijo “quedate conmigo y nos cruzamos a Marruecos, y después nos damos un salto a Italia y Grecia”, advertí que mi intuición se había bloqueado y que probablemente Pocho estaba un poco enamorado de mí, con todo su respeto y sus actitudes paternales incluidas, y que me resultaría difícil poner punto final a esa situación. 

    Tres veces intenté partir y en las tres maniobró de tal manera que lo impidió. Su poder personal era más grande que el mío, y de un modo u otro se las arreglaba para que mi partida fuera imposible.

    Comencé a sentirme mal, como si estuviera enjaulada. Por primera vez en esos meses, sus órdenes me sofocaron, su arrogancia me molestó, sus anécdotas me aburrieron...   

   Y con espanto, comprendí que la única forma de irme sería huyendo...

    Una mañana Pocho se descuidó y me dejó sola en un hotel de Almería, mientras él se iba a “discutir un negocio con unos moros”. 

    Puse mis pocas cosas en la mochila y le escribí unas palabras como despedida: “Perdoname Pocho por irme así, pero no me quedó más remedio. Gracias por todo y ¡suerte!”

    Y con alivio, aunque casi llorando, corrí hacia la estación y tomé el primer tren a Valencia.

 


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