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La tapa de siempre

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Violeta y el Camino de los 22 Arcanos
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martes, 27 de junio de 2017

Maravilloso cuento de León Tolstoi (1)


Los dos ancianos peregrinos 



                        Traducción y adaptación: Savitri Ingrid Mayer


1.

   Dos ancianos estaban por ir a Jerusalem para rezarle a Dios. Uno de ellos era un paisano rico llamado Efim. El otro no era rico y su nombre era Elisey. 
   Efim no bebía ni fumaba ni maldecía, y era severo e inflexible. Tenía dos hijos y un nieto ya casado, y todos vivían juntos. En cuanto a su aspecto: era erguido, saludable, y tenía una barba a la que sólo en su séptima década le había aparecido un mechón gris.
   Elisey no era ni rico ni pobre. Había trabajado como carpintero en su juventud y ahora criaba abejas. Uno de sus hijos trabajaba lejos y el otro vivía en el hogar. Elisey era un hombre alegre, de buen carácter. Le gustaba beber y cantar, pero era tranquilo y amistoso con sus vecinos. Su aspecto: pequeño, moreno, con una barba rizada y al igual que su santo, el profeta Elías, su cabeza estaba pelada. 
   Los dos ancianos, desde mucho tiempo atrás, habían hecho la promesa de viajar juntos a Jerusalem. Pero Efim nunca tenía tiempo, siempre tenía cosas que atender. Cuando algo se terminaba, otra cosa comenzaba: o tenía que casar a su nieto, o estaba esperando a su hijo menor que volvía de la guerra, o tenía que construir una nueva cabaña. 
   Un día los dos ancianos se sentaron sobre unos troncos a conversar. 
—Bueno —dijo Elisey—, ¿cuándo vamos a cumplir con nuestra promesa?
   Efim frunció el ceño:
—Tenemos que aguardar, porque éste es un año difícil para mí. Empecé a construir una cabaña y aún no la he terminado, tendremos que esperar hasta el verano. Y entonces, Dios mediante, partiremos. 
—Tal como yo lo veo —dijo Elisey—, no tiene sentido postergarlo. Debemos irnos de una vez y la primavera es la mejor época. 
—Sí, la época es buena, pero mi trabajo está por la mitad, así que no puedo dejarlo.
—¿No tienes a nadie que se ocupe de eso?... Tu hijo puede hacerlo.
—¿Mi hijo mayor? No es confiable, le gusta la bebida. 
—Cuando estemos muertos, mi amigo, ellos tendrán que continuar sin nosotros. ¡Deja que tu hijo aprenda! 
—Será como tú dices, pero me gusta ver las cosas terminadas. 
—¡No es posible ocuparse de todo! 
—Gasté mucho dinero en esta construcción y no puedo irme a peregrinar con las manos vacías. 
   Elisey se rió.
—No cometas pecado, mi amigo. Tienes diez veces más que yo y sin embargo hablas de dinero. Solamente dime cuando partimos. Yo no tengo dinero, pero todo irá bien. 
   Efim sonrió.
—¿Y de dónde sacarás el dinero?
—Buscaré en mi casa y juntaré algo de esa manera, y si eso no es suficiente, le daré diez colmenas a mi vecino: me las ha estado pidiendo. 
—Entonces te procuparás debido a eso.
—¿Preocuparme? No, nunca me he preocupado acerca de algo en la vida, excepto acerca de mis pecados. No hay nada más precioso que el alma. 
—Sí, pero no es bueno si las cosas no marchan bien en el hogar. 
—Es peor si las cosas no marchan bien en nuestra alma… Hemos hecho una promesa, así que partamos. ¡De verdad, partamos!
   Elisey trató de convencer a su amigo… 
   Efim lo pensó mucho y la mañana siguiente vino a ver a Elisey. 
—Bueno, marchemos —dijo—. Haz dicho lo correcto. Dios controla la vida y la muerte, y debemos viajar mientras estamos vivos y aún tenemos fuerza. 

   Una semana después los dos ancianos se prepararon para partir. 
   Efim tenía dinero en su casa. Separó cien rublos y le dejó doscientos a su mujer. Elisey vendió a su vecino las diez colmenas y la ganancia de otras diez, por lo cual recibió setenta rublos. Los treinta restantes los consiguió de la gente de su casa. Su mujer le dio lo último que tenía, lo que había ahorrado para su funeral, y su nuera también le dio lo que tenía. 
   Efim dejó todos sus asuntos en manos de su hijo mayor, considerando cada detalle y dejando órdenes. Elisey en cambio no dijo a los suyos casi nada: “Las mismas necesidades les mostrarán lo que tienen que hacer y cómo hacerlo, y harán lo que les parezca mejor”.
   Finalmente los dos ancianos estuvieron listos. Y se fueron a peregrinar. 
   Elisey se despidió contento y apenas se alejó del pueblo se olvidó de todos sus asuntos. Todo lo que le importaba era estar bien con su compañero, evitar decir algo inconveniente a quien fuese, alcanzar la meta pacíficamente y con amor, y regresar a casa nuevamente. Y mientras marchaba recitaba alguna plegaria o recordaba las vidas de los santos que conocía. Cuando se encontraba con alguien en el camino o cuando llegaba a una posada, trataba de pronunciar palabras piadosas y de ser tan amable como podía.  Elisey caminaba y era feliz. 
   Efim caminaba con empeño, no hacía nada equivocado y no hablaba en vano, pero no había ligereza en su corazón. Las preocupaciones respecto a su casa no abandonaban su mente y estaba todo el tiempo pensando acerca de lo que sucedería allí. 
   Los dos ancianos caminaron durante cinco semanas. Todo ese tiempo pagaron por su alojamiento y sus comidas, hasta que llegaron a una región donde la gente empezó a invitarlos a sus casas. Los alimentaban y no recibían dinero de ellos, e incluso llenaban sus bolsos con pan, y a veces con pasteles. Así viajaron sin gastos durante un buen trecho. 
   Entonces llegaron a otra región, donde había ocurrido una gran pérdida en las cosechas. Allí fueron recibidos en las casas y nadie les pidió dinero por alojarlos, pero no los alimentaron ni les dieron pan, incluso si ofrecían pagar por ello. El año previo, decía la gente, no había crecido nada. Los ricos estaban arruinados, y los pobres habían emigrado, o se habían convertido en mendigos, o se las habían arreglado para subsistir en sus casas. 
   Un día llegaron a un pueblo grande. Elisey estaba cansado, quería detenerse y conseguir algo para beber, pero Efim no quería detenerse. Entonces Elisey le dijo:
—No me esperes. Me acercaré a alguna casa y pediré agua. Y enseguida te alcanzaré.
   Efim aceptó y siguió solo, mientras Elisey iba en busca de alguna casa. 

                                                             
(Continúa)

Maravilloso cuento de León Tolstoi (3)


Los dos ancianos peregrinos

Traducción y adaptación: Savitri Ingrid Mayer


   3.

   Estaba amaneciendo. Elisey se acomodó bajo un árbol, abrió su bolso y empezó a contar el dinero que le quedaba: tenía sólo diecisiete rublos. “Con esta suma no puedo viajar más allá del mar y si mendigo en nombre de Cristo sólo aumentaré mis pecados. El amigo Efim llegará al lugar y encenderá una vela en mi nombre. Y yo evidentemente nunca cumpliré mi promesa. Pero el Maestro es piadoso y me perdonará” reflexionó Elisey. 
   Entonces se levantó y dio la vuelta, haciendo un rodeo para evitar el pueblo donde había estado. 
   El viaje de ida le había resultado difícil, pero en su camino de regreso Dios le facilitó las cosas, porque no supo lo que era el cansancio: caminar fue como un juego para él. 
  Y llegó a su hogar… 
  Era la época de la cosecha. La gente de su casa se alegró al verlo. Elisey le dio a su esposa el dinero que le quedaba y preguntó acerca de los asuntos de la casa. Se habían ocupado muy bien de ella, y todos estaban viviendo en paz y armonía.  Su familia y los vecinos le preguntaron de todo, por qué había dejado a su compañero y por qué no había ido a Jerusalem, pero Elisey no les dijo nada. “Dios no permitió que lo haga” decía. “Gasté mi dinero durante el camino y quedé alejado de mi compañero. Por eso no fui.” 
  Y la gente se preguntaba cómo un hombre tan listo había actuado de un modo tan torpe. Se lo preguntaron durante un tiempo, pero luego se olvidaron del asunto. También Elisey lo olvidó. Y empezó a trabajar en su casa. Con su hijo tuvieron la leña lista para el invierno, con las mujeres trillaron el grano, y Elisey también arregló los techos de los cobertizos y se ocupó de las abejas… 

  Todos esos días que Elisey había pasado con la gente enferma, Efim lo esperó. Esperó y esperó, sin que su compañero apareciera. Cuando llegaba a un pueblo preguntaba por él: si no habían visto a un anciano calvo. Pero nadie lo había visto. Efim estaba sorprendido, pero siguió caminando. “Nos encontraremos en algún lugar de Odesa” pensaba, “o en el barco”. Y dejó de preocuparse. 
   Efim llegó a Odesa sin incidentes. Allí esperó durante tres días a que llegara el barco. Había muchos peregrinos, quienes habían venido de todos lados. Efim gestionó un pasaporte y compró pan para el viaje. Y de nuevo preguntó por Elisey, pero nadie lo había visto. 
   Ya embarcado, tuvo durante el día una buena travesía, pero en la tarde se levantó el viento, cayó lluvia, y el barco empezó a balancearse y a ser bañado por las olas. La gente se inquietó, las mujeres empezaron a chillar, y algunos corrían por el barco tratando de hallar un lugar seguro. Efim también estaba asustado, pero no lo demostró. Se mantuvo durante toda la noche y el día siguiente, en el mismo lugar sobre el suelo donde se había sentado al abordar el barco. 
   Al tercer día el tiempo se calmó. Y al quinto día llegaron a Constantinopla. Algunos de los peregrinos se bajaron, para visitar la Catedral de Santa Sofía, pero Efim se quedó en el barco. Y solamente compró más pan.     
   Se quedaron allí un día y después salieron de nuevo al mar. Hubo una parada en la ciudad de Esmirna y en otra ciudad llamada Alejandría, y sin percances llegaron a la ciudad de Jafa. En Jafa todos los peregrinos descendieron: desde allí llegarían a pie a Jerusalem. 
   Y llegaron al tercer día de caminar. Se detuvieron en las afueras, donde se les selló los pasaportes y comieron, y luego siguieron rumbo a los sitios sagrados. Era demasiado temprano para que se les permitiera el acceso al Sepulcro del Señor, así que se dirigieron al Monasterio del Patriarca. Allí estaban reunidos todos los devotos; las mujeres separadas de los hombres. Se les ordenó sacarse los zapatos y sentarse en un círculo. Y enseguida apareció un monje llevando una toalla, y empezó a lavar los pies de todos. Los lavaba, los secaba, los besaba, y así recorrió el círculo completo. Hubo también misas y los peregrinos fueron alimentados. 
  Al día siguiente visitaron la celda de María de Egipto, donde ella se había refugiado. En ese lugar encendieron velas y se celebró una misa. Desde allí fueron al Monasterio de Abraham, donde vieron un jardín: el lugar donde Abraham quiso sacrificar su hijo a Dios. Más tarde fueron al lugar donde Cristo se le apareció a María Magdalena y a la Iglesia de Jacobo, el hermano del Señor. Para la cena regresaron al albergue. 
   El siguiente día se levantaron temprano y fueron a una misa en la Iglesia de la Resurrección, en el Sepulcro del Señor. En la iglesia había una multitud de devotos: griegos, armenios, turcos y sirios.  Efim llegó con la gente hasta la Puerta Sagrada. Un monje que los conducía los llevó al lugar donde el Sabio fue sacado de la cruz y ungido. Les mostró y explicó todo, y allí Efim encendió una vela. Luego los monjes los condujeron al Gólgota, donde estuvo la cruz. Allí  Efim rezó. Más tarde se les mostró el lugar donde las manos y los pies de Cristo habían sido clavados a la cruz, y también la roca donde Cristo se sentó cuando le pusieron la corona de espinas… Finalmente todos corrieron a la gruta del Sepulcro. Una misa extranjera estaba terminando e iba a comenzar la misa rusa. 
   Efim siguió a la gente hasta la gruta del Sepulcro del Señor. Quería estar cerca, pero eran tantos que no era posible moverse. Se quedó de pie, rezando y mirando el lugar donde estaba el Sepulcro, encima del cual treinta y seis lámparas brillaban. Efim miraba, y bajo las lámparas vio a un hombre anciano, cuya cabeza calva brillaba y que se parecía mucho a Elisey. 
   “Se parece a Elisey”, pensó Efim. “Pero, ¿cómo puede ser? No puede haber llegado aquí antes que yo. El barco anterior zarpó una semana antes que el mío. No pudo haber estado en ese barco. Y en el mío no estaba, porque vi a todos los peregrinos”.
   Mientras Efim pensaba así, el anciano que se parecía a Elisey empezó a rezar, e hizo tres reverencias: una frente a él para Dios y dos a ambos lados de él, para todos los cristianos ortodoxos.
   Cuando el anciano dobló su cabeza a la derecha, Efim lo reconoció. Sin duda alguna era Elisey: su barba negra y rizada, sus cejas, sus ojos, su nariz, su rostro. Era Elisey. 
   Efim se alegró por haber encontrado a su compañero y se asombró de que hubiera llegado allí antes que él. “¿Y cómo había Elisey conseguido ese lugar tan adelante?” se preguntaba Efim. “Sin duda conoció a alguien que supo cómo ubicarlo allí. Cuando todos salgan, me acercaré.” Y Efim no le quitaba el ojo a Elisey, para no perderlo. 
   Cuando las misas terminaron, la gente empezó a moverse. Y mientras iban a besar el Sepulcro se amontonaban, por lo cual Efim fue empujado hacia un costado. Cuando logró salir, caminó y caminó, tratando de encontrar a Elisey. Y vio a mucha gente, comiendo, bebiendo e incluso durmiendo, o recitando sus plegarias. Pero a Elisey no lo encontró. Entonces regresó al refugio, pero tampoco lo encontró allí. 
   Al día siguiente, Efim fue de nuevo al Sepulcro del Señor, y quiso encontrar un lugar adelante, pero fue imposible, así que se paró junto a una columna y se puso a rezar. Al mirar al frente vio a Elisey, bajo las lámparas, en el mismo Sepulcro del Señor. Había extendido las manos, como un sacerdote ante el altar, y su calva brillaba. “Ahora no lo voy a perder” pensó Efim. Y se abrió paso hasta la parte delantera, pero Elisey ya no estaba. 
   La mañana siguiente fue de nuevo al Sepulcro del Señor y vio a Elisey parado en el sitio más sagrado, frente a todos, con las manos extendidas. Miraba hacia arriba, como si viera algo por encima de él, y su calva brillaba. 
  “Ahora no lo voy a perder. Saldré y me pararé a la entrada, así que no podrá escapárseme” pensó Efim. Y salió, y estuvo allí parado bastante tiempo. Estuvo hasta después del mediodía, hasta que toda la gente hubo salido, pero Elisey no estaba entre ellos. 

  Efim pasó seis semanas en Jerusalem y visitó todos los lugares. Y tuvo un sello puesto sobre una camisa, para ser enterrado con ella. Y llenó una botella con agua del Jordán, y consiguió algo de tierra y velas bendecidas. Y en ocho lugares dejó nombres para la misa de los difuntos. Gastó todo su dinero y solamente le quedó lo que necesitaba para volver a casa. 
   Así que partió, llegó a Jafa, se subió a un barco, descendió en Odesa y empezó a caminar hacia su hogar. Recorrió el mismo camino por el que había venido. Y a medida que se acercaba a su pueblo, empezó de nuevo a preocuparse respecto a cómo irían las cosas sin él. “En un año corre mucha agua” pensaba. “Lleva toda una vida construir un hogar, pero no lleva mucho tiempo arruinarlo”…
   Cuando llegó al lugar donde se había separado de Elisey, lo encontró  irreconocible. El año anterior se había padecido penuria y ahora había abundancia. En el campo todo crecía. La gente nuevamente cosechaba y se olvidaba de su pasada miseria. 
                                                                                                                   (continúa)

Maravilloso cuento de León Tolstoi (4)



Los dos ancianos peregrinos


Traducción y adaptación: Savitri Ingrid Mayer


   4.

   Al atardecer, Efim llegó al pueblo donde Elisey se había rezagado. Y apenas entró en el pueblo, una niña de camisa blanca salió corriendo de una casa y gritó: 
—¡Abuelo, abuelo, ven a nuestra casa!
  Efim quería continuar el viaje, pero la niña no se lo permitió. Riendo y agarrándose de su abrigo, lo empujaba en dirección a la casa.
   Una mujer con un niño salieron al patio, y ella también le hizo señas. 
—Entra, abuelo, cena con nosotros y pasa la noche aquí.
  Efim se acercó, pensando: “Podré preguntar acerca de Elisey, porque ésta es la misma casa en la cual él ingresó para conseguir agua”. Y entró. 
   La mujer tomó su bolso, le dio agua para que se lavara, lo hizo sentarse a la mesa… Y fue a buscar leche, queso y pan.   
   Efim le agradeció y la elogió por ser tan hospitalaria con los peregrinos. 
   Entonces la mujer movió su cabeza: 
—No podemos dejar de recibir peregrinos. De un peregrino recibimos la vida. Vivíamos olvidando a Dios, y Dios nos castigó de tal manera que estábamos todos esperando la muerte. El último verano llegamos a un punto en que estábamos todos enfermos y muriendo de inanición. Habríamos muerto sin duda, pero Dios nos envió a un anciano como usted. Él apareció un día, pidiendo algo para beber. Pero cuando nos vio, tuvo compasión de nosotros y se quedó en nuestra casa. Nos dio de comer y beber, y nos puso de nuevo sobre nuestros pies. Pagó nuestras deudas, y también nos compró un carro y un caballo. 
   En ese momento apareció la anciana y dijo: 
—No sabemos si era un hombre o un ángel del Señor. Fue bueno con todos, tuvo piedad, y se marchó sin dar su nombre, así que no sabemos por quién rezar a Dios. Lo recuerdo como si hubiera sucedido ahora… Yo estaba yaciente, esperando la muerte, y vi a un hombre que entraba, un hombre calvo, que pedía algo para beber. Y yo, pecadora, pensé que era un vagabundo, pero mire lo que hizo: cuando nos vio abrió su bolso, justo aquí, y…
  La niña la interrumpió:
—No, abuela, primero puso el bolso en el medio de la habitación y sólo después lo puso en el banco.
  Y ambas empezaron a discutir y a recordar sus palabras y acciones: dónde se había sentado, dónde había dormido, qué había hecho y qué le había dicho a cada uno. 
   Al atardecer, el hombre de la casa apareció en un caballo, y él también empezó a hablar acerca de Elisey. 
—Si él no hubiera venido, habríamos muerto en pecado, porque estábamos muriendo con desesperación y murmurando en contra de Dios y de los hombres. Pero él nos puso sobre nuestros pies, y gracias a él encontramos a Dios y empezamos a creer que hay gente buena. ¡Que Cristo lo salve! Antes vivíamos como animales y él nos ha hecho seres humanos. 
  Le dieron a Efim comida y bebida, y un lugar donde pasar la noche, y ellos también se fueron a dormir. Pero después de acostarse, Efim no logró dormirse: no podía dejar de pensar en su amigo y en cómo lo había visto tres veces en Jerusalem, en el lugar más destacado. “Así que ésta es la manera en que se me adelantó” pensaba.”No sé si mis ofrendas serán reconocidas, pero las suyas el Señor las ha reconocido sin duda.”
  Por la mañana, Efim se despidió de la gente. Ellos llenaron su bolso de pasteles y se fueron a trabajar. Y Efim empezó a caminar… 

   Había estado ausente exactamente un año y en la primavera llegó a su hogar. Su hijo no estaba cuando él llegó, y cuando volvió, Efim comprobó que estaba ebrio. Empezó a preguntarle acerca de la casa y se dio cuenta que las cosas no habían funcionado bien sin él. Su hijo había gastado todo el dinero y había descuidado los negocios. Efim lo reprendió y el hijo respondió con palabras rudas. Entonces  el viejo se enojó y golpeó a su hijo. 
   Al día siguiente, Efim fue a visitar al sacerdote más anciano para hablarle de su hijo. Cuando pasó cerca de la casa de Elisey, la mujer de su amigo, que estaba en el patio, lo saludó:
—Bienvenido, amigo… ¿Tuviste, querido, un viaje exitoso?
   Efim se detuvo. 
—Sí, gracias a Dios. Estuve en Jerusalem, pero perdí a tu marido en el camino. Supe que ha regresado.
 —Sí, hace bastante que ha regresado… ¡Nos pusimos tan contentos al verlo, era desolado sin él! No me refiero a su trabajo, porque está envejeciendo. Pero él es la cabeza. ¡Qué feliz estaba nuestro hijo! Dijo que sin él era como estar sin luz para los ojos. ¡Lo amamos tanto!”
—Bien… ¿Y está ahora en casa? —preguntó Efim.
—En casa está, vecino, trabajando con las abejas. Elisey dice que ha sido una buena estación, no recuerda cuando ha habido tan enorme cantidad de abejas. Dice que Dios nos da sin tener en cuenta nuestros pecados. ¡Ven querido! Elisey estará muy contento de verte.
  Efim caminó hasta el lugar de las abejas. Y vio a Elisey cerca de ellas, debajo de un árbol, sin protección en la cabeza, sin guantes, extendiendo sus brazos y mirando hacia arriba. Su cabeza calva brillaba, lo mismo que en Jerusalem en el Sepulcro del Señor. Encima de él, a través del árbol, el sol brillaba, y por encima de su cabeza las abejas revoloteaban en círculo formando una corona y no lo picaban. 
   Efim se detuvo. La mujer de Elisey le gritó a su esposo: 
—¡Aquí está tu amigo!
   Elisey se dio vuelta para mirar. Estaba feliz, y se acercó a su amigo, quitando suavemente  las abejas que estaban sobre su barba.
 —¡Bienvenido, amigo, bienvenido, querido! ¿Tuviste un viaje exitoso?
—Mis pies me llevaron hasta allí y te traje un poco de agua del río Jordán. Pero no sé si el Señor ha recibido mis ofrendas…”
—¡Gracias a Dios. Cristo te salve!  
  Efim quedó en silencio.
—Estuve allí con mis pies, pero tú estuviste allí en espíritu…
 —Es el trabajo de Dios, mi amigo, el trabajo de Dios.
—Al regresar me detuve en la vivienda donde te perdí.
  Elisey se alarmó, y se apresuró a decir:
 —Es el trabajo de Dios, mi amigo, el trabajo de Dios. Bueno, ven,  te daré algo de miel. 
  Y Elisey cambió de tema, y empezó a conversar sobre asuntos hogareños. 
   Efim suspiró. No habló sobre la gente que Elisey había auxiliado, ni dijo que lo había visto en Jerusalem. 
  Y comprendió que Dios ha señalado que cada ser humano, antes de morir, cumpla sus ofrendas con amor y buenas acciones. 

martes, 13 de diciembre de 2016

Dostoievsky: cuento en nueva traducción




El árbol de Navidad celestial 

   Soy un novelista y supongo que inventé esta historia. Escribo “supongo”, aunque de hecho sé que la inventé, pero sigo imaginando que debe haber sucedido en algún lugar y en algún momento, que debe haber sucedido en vísperas de Navidad en una ciudad grande  con mucho frío. 
   Tengo la visión de un niño, un niño pequeño, de seis años o incluso menos. Este niño se despertó esa mañana en un sótano húmedo y helado. Estaba vestido con una especie de bata y temblaba de frío. Sentado en un rincón, sobre una caja, del aliento del niño salía una nube de vapor blanco y él soplaba el vapor fuera de su boca  y se entretenía en su aburrimiento observando como flotaba. 
   Pero el niño estaba terriblemente hambriento. Esa mañana se había acercado varias veces a la cama de tablones donde yacía su madre enferma, sobre un colchón tan delgado como un panqueque, con una especie de bulto bajo su cabeza a modo de almohada. ¿Cómo habría ella llegado hasta aquí?  Debe haber venido con su hijo desde alguna otra ciudad y repentinamente cayó enferma. La propietaria que alquilaba los espacios del sótano había sido llevada dos días atrás a la comisaría. Los demás inquilinos estaban afuera, ya que las fiestas estaban próximas, y el único que se había quedado no esperó la Navidad y estaba tirado desde hacía veinticuatro horas, completamente borracho. En otro rincón del sótano, una miserable anciana de ochenta años, que alguna vez había sido niñera y ahora había sido abandonada para morir sola,  estaba quejándose y gimiendo debido al reuma, y también refunfuñando y regañando al niño, por lo cual él tenía miedo de acercarse al rincón de ella. 
   El niño había conseguido agua para beber pero ningún mendrugo, y había estado a punto de despertar a su madre una docena de veces. Finalmente se sintió asustado: hacía rato que estaba oscuro, pero ninguna luz había sido encendida. Al tocar el rostro de su madre, lo sorprendió que ella no se moviera en absoluto y que estuviera tan fría como la pared. “Hace mucho frío aquí” pensó el niño. Y se quedó quieto, permitiendo inconscientemente que sus manos descansaran sobre los hombros de la mujer muerta.  Después sopló sus pequeños dedos para calentarlos, buscó a tientas su abrigo sobre la cama y salió del sótano. Habría salido antes, pero tenía miedo del gran perro que estaba gruñendo todo el día en la puerta del vecino, escaleras arriba. Ahora el perro ya no estaba y el niño salió a la calle. 
  ¡Dios mío, qué ciudad! Él nunca había visto algo así antes. En la ciudad de la cual él venía, siempre había una negra oscuridad por las noches. Con una sola lámpara para toda la calle y las vencidas viviendas de madera cerradas con persianas, después del anochecer no se podía ver a nadie en la calle. Toda la gente se encerraba en sus casas y sólo quedaban los gritos de los perros: cientos y miles de ellos ladrando y gruñendo toda la noche. Pero allí había abrigo y tenía comida, mientras que aquí…  ¡Oh…, si al menos tuviera algo para comer! ¡Y qué ruido y traqueteo, cuánta luz y cuánta gente, caballos  y carruajes, y mucho hielo!  El vapor helado colgaba en nubes sobre los caballos, sobre sus bocas que respiraban cálidamente, con sus cascos que resonaban contra las piedras a través de la nieve resquebrajada y… ¡Oh, cómo ansiaba algo para comer y cuán desdichado se sintió de pronto!...  Un policía pasó y se alejó,  para evitar ver al niño. 
   He aquí otra calle, ¡oh, y muy ancha! Aquí él sería con seguridad atropellado: todos gritaban, corrían y se abrían paso. Y la luz, ¡la luz! ¿Y qué era esto? Una enorme ventana de vidrios y a través de la ventana un árbol que llegaba hasta el techo. Era un abeto,  y sobre el abeto había muchas luces, papeles dorados y manzanas y pequeñas muñecas y caballitos. Y había niños limpios y bien vestidos corriendo por la habitación, riendo y jugando, comiendo y bebiendo. Una niña pequeña comenzó a bailar con uno de los niños, ¡qué linda niñita! Y él podía escuchar la música a través de la ventana. Miraba, se maravillaba y reía, aunque sus pies estaban doloridos debido al frío y sus dedos estaban rojos y rígidos, por lo cual le hacía daño moverlos. Pero de pronto el niño se dio cuenta de que sus pies y dedos le dolían, y empezó a llorar y a correr. 
    A través de otra ventana nuevamente vio un árbol de Navidad y sobre una mesa pasteles de todas clases -pasteles de almendra, pasteles rojos y amarillos- y tres opulentas señoras jóvenes estaban sentadas allí y ofrecían los pasteles a cualquiera que se les acercara. Y la puerta de calle se abría una y otra vez, permitiendo que entraran  muchísimos caballeros y damas. El niño se movió con sigilo, la puerta se abrió y él entró. ¡Oh, pero ellos le gritaron y le hicieron señas de que se marchara! Una señora fue hacia él apresuradamente y deslizó una moneda en su mano, y ella misma abrió la puerta de calle para que se fuera. ¡Qué asustado estaba!  La moneda se deslizó y tintineó sobre los escalones: él no había podido doblar sus dedos enrojecidos para sostenerla apretada. 
    Se alejó corriendo y siguió andando, aunque no sabía hacia dónde. Estaba por llorar nuevamente pero tenía miedo, y corrió…, corrió…,  y soplaba sus dedos. ¡Y era desdichado porque de pronto se sintió muy solo y aterrorizado, y eso de golpe, Dios mío!... 
   ¿Y qué era esto? Gente parada en medio de la multitud,  contemplando algo. Detrás de una vidriera había tres pequeños muñecos, con vestidos colorados y verdes, y exactamente, exactamente como si estuvieran vivos. Uno era un pequeño anciano sentado, tocando un gran violín; los otros dos estaban parados cerca y tocaban pequeños violines. De tanto en tanto movían la cabeza, se miraban uno al otro y sus labios se movían. Ellos estaban hablando, realmente hablando, sólo que no se podía escuchar a través del vidrio. 
   Al principio el niño pensó que estaban vivos y cuando se dio cuenta de que eran muñecos se rió. Él nunca había visto esa clase de muñecos y no tenía idea de que hubiera muñecos así. Y aunque deseaba llorar, estaba entretenido, entretenido con los muñecos. De pronto le pareció que lo tocaban desde atrás: un chico grande y malvado estaba junto a él. Súbitamente lo golpeó en la cabeza, le arrancó el gorro y le hizo una zancadilla. El niño cayó sobre el suelo… y hubo un grito. Estaba entorpecido por el terror, pero se levantó y se alejó corriendo. Corrió, sin saber hacia dónde iba, hasta que llegó al portón del patio de alguien y se acomodó detrás de una pila de leña: “No me encontrarán aquí, además está oscuro”. 
   Se sentó encogido y sin aliento debido al miedo, pero de golpe, repentinamente, se sintió feliz: sus manos y pies dejaron de dolerle y comenzó a sentir calor, tanto calor como si estuviera sobre una estufa. Después tembló y empezó a quedarse dormido. “¡Qué lindo dormir aquí! Me quedaré un poco y luego iré a mirar los muñecos de nuevo”,  pensó el niño, sonriendo al recordar los muñecos. “Parecían vivos”… 
   De pronto escuchó a su madre cantando por encima de él. “Mami, estoy dormido, qué lindo es dormir aquí”.
  “Ven a mi árbol de Navidad, pequeño”, susurró  una suave voz sobre su cabeza.
  El niño pensó que era su madre, aunque no, no era ella. No podía ver quién lo estaba llamando, pero alguien se inclinó sobre él y lo abrazó en la oscuridad.  El niño estiró sus manos hacia el que lo llamaba y… de repente… ¡Oh, qué luz tan brillante!... ¡Oh, qué árbol de Navidad!... Pero no era un abeto, nunca había visto un árbol como ese. 
   ¿Dónde estaba ahora?... Todo era radiante y brillaba, y alrededor de él había muñecos. Aunque no, no eran muñecos, eran pequeños niños y niñas, sólo que radiantes y brillando. Todos volaban alrededor de él y lo besaban.  Y lo levantaron y lo llevaron con ellos, y él también estaba volando. Y vió que su madre lo estaba mirando, mientras reía con alegría. ¡Mami, mami, oh, qué lindo es aquí, mami! Y de nuevo besó a los niños y quería contarles acerca de los muñecos en la vidriera. ¿Quiénes son ustedes, niños..., quiénes son ustedes, niñas? preguntó, riendo y admirándolos. “Éste es el árbol de Navidad de Cristo” le respondieron. “Cristo siempre tiene un árbol de Navidad en este día, para los niños pequeños que no tienen un árbol de Navidad propio…” 
   Y supo que todos esos niños y niñas eran como él… Algunos se habían helado en las canastas donde habían sido abandonados de bebés, sobre las escalinatas de la gente rica de San Petersburgo. Otros habían muerto en los pechos de sus madres hambrientas. Y otros habían muerto en los vagones de tren de tercera clase, debido al aire viciado… Y sin embargo, ahora estaban todos aquí, eran como ángeles alrededor de Cristo y Él estaba en medio de ellos y extendía Sus manos hacia ellos… Los bendecía a todos y también bendecía a sus madres… Y las madres de estos niños estaban a un costado llorando. Cada una conocía a su niño o niña. Y los niños volaban hacia ellas y las besaban y secaban sus lágrimas con sus pequeñas manos… y les rogaban que no lloraran porque ellos eran muy felices. 
   Por la mañana,  el portero encontró el pequeño cuerpo muerto del niño, helado junto a la pila de leña. Y también buscaron a su madre: ella había muerto antes que él.
    Y se encontraron delante del Señor Dios en el cielo. 

   ¿Por qué he creado este relato, tan fuera de lo corriente en un Diario común y sobre todo en el Diario de un Escritor? Y eso que prometí relatos que tuvieran que ver con sucesos reales. Pero así es. Y continúo imaginando que todo esto pudo haber sucedido realmente, o sea, lo que sucedió en el sótano y junto a la pila de leña. En cuanto al árbol de Navidad de Cristo, no puedo decirles si eso pudo haber sucedido o no. 

Violeta y el Camino de los 22 Arcanos, casi tres años en este blog

      Cuando publiqué tres de mis novelas en forma de blog, varias personas me aconsejaron que no lo hiciera. Sin embargo, no estoy arrepent...