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La tapa de siempre

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Violeta y el Camino de los 22 Arcanos
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viernes, 21 de agosto de 2020

Las grandes novelas son novelas integrales




   Después de haber leído mucho, a lo largo de mi vida, y después de bastante tiempo escribiendo, he llegado a la conclusión de que escribir pasablemente una obra de ficción es solamente una cuestión de técnica, de oficio. Con un buen manejo del lenguaje y un trabajo concienzudo en los aspectos narrativos, cualquier escribidor (término que le gusta a Vargas Llosa) confecciona una novela presentable. Por eso hay tantos best sellers, que venden mucho, pero novelas insustanciales, que solamente buscan entretener. No tengo nada contra eso, cada uno es libre de perder el tiempo como más le plazca, pero no es -a mi juicio- una literatura interesante.

   Me interesan las obras literarias que me dejan impresiones imborrables. Las que me enseñan, me sacuden, me conmueven.  Las que reflejan mis ansias e inquietudes.

   Ninguna gran novela deja de revelar la complejidad humana. Ninguna gran novela es artificiosa o superficial. Son profundas, aluden a lo esencial. Nos gusta releerlas, y en cada ocasión encontramos algo nuevo en ellas.

   Y me conmueven las que manifiestan seres reales, seres de carne y hueso. Cuando leía Sobre Héroes y Tumbas, de Ernesto Sabato,  era muy joven y trabajaba en una librería del centro de Buenos Aires. Iba al mediodía a comer a un bar que aparece en la novela, y allí me sumergía apasionadamente en sus páginas, casi con la presencia fantasmal de sus protagonistas, Martín y Alejandra, a quien no me hubiera asombrado ver aparecer en alguna mesa, tan intensamente me había sumergido en su mundo. Sabato los había creado de un modo magistral  y se habían vuelto casi reales para mí.

   Detrás de toda  gran obra de ficción,  suele haber un escritor y persona interesante, con ideas, con cierta experiencia de vida, con valores. Los grandes escritores son intelectuales, y una función de los intelectuales es la reflexión: reflexión acerca de sí mismos, acerca de los demás, acerca de la sociedad, acerca de la vida y acerca del universo. Los intelectuales indagan en los temas medulares, y los novelistas lo hacen mediante la ficción.
 
   Y los grandes escritores de ficción reflejan verdad en lo que escriben: se reflejan a sí mismos, a las personas que conocen, a las historias que han vivido, a las realidades que comprenden. Escriben con la verdad, y por eso las grandes novelas se sienten como algo auténtico: conscientemente o no los lectores perciben autenticidad en ellas, perciben verdad.

    Toda gran historia de ficción es integral, indefinible en géneros o temas. En ella está la vida misma, y en la vida misma hay de todo. ¿Cómo poner dentro de un género a Guerra y Paz, de Tolstoi, o a Sobre héroes y tumbas? Ningún aspecto de nuestra humanidad está ausente de las grandes narraciones, aunque se enfatice -en la trama- algunos aspectos sobre otros.

   Pero incluso en la literatura que se inscribe en un género, cuando se trata de un gran escritor, la realidad,  los temas importantes,  están presentes. Eso ocurre en los escritos de Ray Bradbury, que a pesar de ser fantasía o ciencia ficción muestran, aunque exagerada, distorsionada, a la realidad. O en el Realismo Fantástico de Gabriel García Márquez, quien por detrás de su desmesura imaginaria muestra profundas verdades.  O en  las novelas de Kafka, parecidas a los sueños, pero que tan fielmente reflejan aspectos esenciales de lo real.
  
   Y la gran literatura  no envejece. Todavía hay gente que lee al Quijote, (no solamente los estudiantes) y eso que leerla en ese castellano antiguo que exige recurrir al diccionario constantemente es trabajoso. Las obras de Shakespeare -incluyamos al teatro en nuestro comentario- siguen representándose en todos los teatros del mundo y se hacen películas basadas en ellas. Y muchos jóvenes están hoy en día descubriendo al gran Tolstoi y leyendo sus novelas escritas en el siglo XIX.

   ¿Y por qué ocurre esto? Porque al tocar los temas de siempre, los conflictos y anhelos humanos de siempre, las preguntas de siempre,  la gran literatura, la que es total, integral, alcanza lo imperecedero, se vuelve eterna.





jueves, 26 de abril de 2018

Relatos y novelas inmortales (1)



Guerra y Paz, de León Tolstoi

    Hay novelas inmortales, que aunque pasen los años, incluso los siglos, se seguirán leyendo con el mismo entusiasmo. Son novelas que no envejecen, porque tocan los grandes temas, los de siempre. La vida y la muerte, el amor y su ausencia,  el dolor y la alegría, Dios y los seres humanos.  
   Guerra y Paz, del gran Tolstoi, es una de ellas. Y vuelvo con este post a uno de mis grandes amores literarios, cuya obra entera, por su profundidad y alcance, nos lleva siempre, ineludiblemente, a la reflexión. 
   La volví a leer hace poco, por segunda o tercera vez en mi vida, y volvió a entusiasmarme y a conmoverme. En ella se narran varios años en la vida de algunos personajes, todos pertenecientes a la nobleza rusa, durante el período de las guerras napoleónicas, a principios del siglo XIX. Los momentos de guerra se alternan con los momentos de paz, la felicidad con la pena, la esperanza con la amargura…, como en la vida misma. 
    Como en todas sus narraciones, Tolstoi es profundo, profundísimo. Se mete dentro de sus personajes, nos muestra como sienten, como piensan, como evolucionan. Y aunque sean personas de la nobleza rusa, de hace dos siglos, sus pensamientos, sentimientos, contradicciones, grandezas y miserias, no son demasiado distintos de los que podríamos experimentar nosotros mismos, seres humanos del siglo XXI. 
   Entre los escenarios principales están los de la guerra. Y esto no ha perdido su vigencia, porque en este planeta sigue habiendo guerras. He aquí un fragmento magistral, donde Tolstoi narra el final de una batalla entre los ejércitos rusos y los de Napoleón: 
   Los hombres de uno y otro ejército, fatigados, hambrientos, empezaron a dudar igualmente de si era preciso continuar matándose los unos a los otros; en todos los rostros se observaba la vacilación, y cada uno se planteaba la pregunta: «¿Para qué? ¿Por qué he de matar o ser matado? ¡Matad si queréis, haced lo que queráis, yo ya estoy harto!» Hacia la tarde, este pensamiento maduraba por igual en el alma de cada uno. Todos aquellos hombres podían, en cualquier momento, horrorizarse de lo que estaban haciendo, abandonarlo todo y huir. Pero, a pesar de que al final de la batalla los hombres sintieran ya todo el horror de sus actos, con todo y que se hubieran sentido muy contentos deteniéndose, una fuerza incomprensible, misteriosa, continuaba reteniéndolos, y los artilleros, sudando a chorro, sucios de pólvora y de sangre, reducidos a una tercera parte, sin poderse tener en pie, ahogándose de fatiga, continuaban conduciendo cargas, cargando, apuntando, encendiendo la mecha y las balas, que, con la misma rapidez y la misma crueldad, continuaban volando de una parte a otra y destrozaban cuerpos humanos.
     No dudaría en poner a esta gran novela en la categoría de novela espiritual, porque la presencia de Dios, del Espíritu, de nuestras almas inmortales, se renueva a lo largo de sus muchas páginas. Y también se renueva lo que Tolstoi nos muestra. Por ejemplo, la ligereza y superficialidad, la vida vacía, solamente volcada a los placeres, de algunos personajes, en contraste con la permanente inquietud y búsqueda de sentido en otros. O la inocente alegría de los enamorados junto a la volatilidad de esos sentimientos. O lo que sienten los personajes ante momentos claves de la vida, como la muerte de un ser querido. 
   En el siguiente fragmento, uno de los personajes asiste a la muerte de su padre:
    Pedro conocía perfectamente aquella gran alcoba dividida por arcos y columnas y cubierta de tapices persas. Más allá de las columnas, a un lado, hallábase un gran lecho de caoba con dosel y cortinas de seda, y en el otro un enorme altar lleno de iconos. Todo este lado estaba iluminado a diario, como las iglesias durante el oficio vespertino. Dentro del cuadro de luz del altar veíase una especie de asiento muy largo, con la cabecera llena de almohadas blancas como la nieve, no arrugadas aún, que, evidentemente, habían sido colocadas hacía poco. En él yacía, envuelta hasta la cintura en un cubrecama verde claro, aquella vieja figura que Pedro conocía tan bien: su padre, el conde Bezukhov…   Cuando Pedro se acercó a él, el Conde le miró fijamente, pero con aquella mirada de la cual el hombre no puede comprender ni el sentido ni la importancia; o aquella mirada no significaba absolutamente nada, a excepción de que un hombre cuando tiene ojos necesita mirar a un lado o a otro, o significaba demasiadas cosas…  Pronto, en los músculos salientes y las profundas arrugas de la cara del Conde apareció un temblor. Aumentó éste y se le desvió la boca. Hasta entonces, Pedro no comprendió bien que su padre se encontraba a las puertas de la muerte. De la deformada boca salió un estertor…  Pedro sintió en el pecho un estremecimiento, un escozor en la nariz y las lágrimas le velaron los ojos...       
   O las reflexiones acerca del amor humano y el Amor Divino, por parte de un personaje en su lecho de muerte:
   Y siguió pasando revista a todo lo que le había sucedido. Se representaba con singular clarividencia la ambulancia…  Pero su alma no se hallaba en estado normal…  De improviso, las ideas y los sentimientos renacieron en él con una claridad, con una intensidad sorprendente.”Sí, el amor -pensó-, pero no ese amor que se siente por cualquier cosa, sino el que sentí por vez primera cuando vi y amé a un enemigo moribundo. Yo he experimentado ese amor, que es esencia misma del alma que no necesita objetivos. Ahora mismo tengo una sensación de beatitud: deseo amar al prójimo, a los enemigos; deseo amarlo todo, amar a Dios en todas sus manifestaciones. Se puede amar con amor humano a una persona querida; sólo a un enemigo se le puede amar con un amor divino. Por eso experimenté tanta dicha cuando me di cuenta de que amaba a aquel hombre. ¿Qué habrá sido de él? ¿Vivirá todavía? El amor humano puede convertirse en odio, el amor divino no puede modificarse: nada, ni siquiera la muerte, es capaz de destruirlo. Es el sentido del alma...” 
   
Nota: todas las citas de este post están extraídas de la versión en castellano de la novela que se encuentra en Internet, la cual –lamentablemente- es una versión reducida, pero cuya descarga es legal, libre y gratuita.  

Violeta y el Camino de los 22 Arcanos, casi tres años en este blog

      Cuando publiqué tres de mis novelas en forma de blog, varias personas me aconsejaron que no lo hiciera. Sin embargo, no estoy arrepent...