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La tapa de siempre

La tapa de siempre
Violeta y el Camino de los 22 Arcanos

jueves, 26 de abril de 2018

Relatos y novelas inmortales (1)



Guerra y Paz, de León Tolstoi

    Hay novelas inmortales, que aunque pasen los años, incluso los siglos, se seguirán leyendo con el mismo entusiasmo. Son novelas que no envejecen, porque tocan los grandes temas, los de siempre. La vida y la muerte, el amor y su ausencia,  el dolor y la alegría, Dios y los seres humanos.  
   Guerra y Paz, del gran Tolstoi, es una de ellas. Y vuelvo con este post a uno de mis grandes amores literarios, cuya obra entera, por su profundidad y alcance, nos lleva siempre, ineludiblemente, a la reflexión. 
   La volví a leer hace poco, por segunda o tercera vez en mi vida, y volvió a entusiasmarme y a conmoverme. En ella se narran varios años en la vida de algunos personajes, todos pertenecientes a la nobleza rusa, durante el período de las guerras napoleónicas, a principios del siglo XIX. Los momentos de guerra se alternan con los momentos de paz, la felicidad con la pena, la esperanza con la amargura…, como en la vida misma. 
    Como en todas sus narraciones, Tolstoi es profundo, profundísimo. Se mete dentro de sus personajes, nos muestra como sienten, como piensan, como evolucionan. Y aunque sean personas de la nobleza rusa, de hace dos siglos, sus pensamientos, sentimientos, contradicciones, grandezas y miserias, no son demasiado distintos de los que podríamos experimentar nosotros mismos, seres humanos del siglo XXI. 
   Entre los escenarios principales están los de la guerra. Y esto no ha perdido su vigencia, porque en este planeta sigue habiendo guerras. He aquí un fragmento magistral, donde Tolstoi narra el final de una batalla entre los ejércitos rusos y los de Napoleón: 
   Los hombres de uno y otro ejército, fatigados, hambrientos, empezaron a dudar igualmente de si era preciso continuar matándose los unos a los otros; en todos los rostros se observaba la vacilación, y cada uno se planteaba la pregunta: «¿Para qué? ¿Por qué he de matar o ser matado? ¡Matad si queréis, haced lo que queráis, yo ya estoy harto!» Hacia la tarde, este pensamiento maduraba por igual en el alma de cada uno. Todos aquellos hombres podían, en cualquier momento, horrorizarse de lo que estaban haciendo, abandonarlo todo y huir. Pero, a pesar de que al final de la batalla los hombres sintieran ya todo el horror de sus actos, con todo y que se hubieran sentido muy contentos deteniéndose, una fuerza incomprensible, misteriosa, continuaba reteniéndolos, y los artilleros, sudando a chorro, sucios de pólvora y de sangre, reducidos a una tercera parte, sin poderse tener en pie, ahogándose de fatiga, continuaban conduciendo cargas, cargando, apuntando, encendiendo la mecha y las balas, que, con la misma rapidez y la misma crueldad, continuaban volando de una parte a otra y destrozaban cuerpos humanos.
     No dudaría en poner a esta gran novela en la categoría de novela espiritual, porque la presencia de Dios, del Espíritu, de nuestras almas inmortales, se renueva a lo largo de sus muchas páginas. Y también se renueva lo que Tolstoi nos muestra. Por ejemplo, la ligereza y superficialidad, la vida vacía, solamente volcada a los placeres, de algunos personajes, en contraste con la permanente inquietud y búsqueda de sentido en otros. O la inocente alegría de los enamorados junto a la volatilidad de esos sentimientos. O lo que sienten los personajes ante momentos claves de la vida, como la muerte de un ser querido. 
   En el siguiente fragmento, uno de los personajes asiste a la muerte de su padre:
    Pedro conocía perfectamente aquella gran alcoba dividida por arcos y columnas y cubierta de tapices persas. Más allá de las columnas, a un lado, hallábase un gran lecho de caoba con dosel y cortinas de seda, y en el otro un enorme altar lleno de iconos. Todo este lado estaba iluminado a diario, como las iglesias durante el oficio vespertino. Dentro del cuadro de luz del altar veíase una especie de asiento muy largo, con la cabecera llena de almohadas blancas como la nieve, no arrugadas aún, que, evidentemente, habían sido colocadas hacía poco. En él yacía, envuelta hasta la cintura en un cubrecama verde claro, aquella vieja figura que Pedro conocía tan bien: su padre, el conde Bezukhov…   Cuando Pedro se acercó a él, el Conde le miró fijamente, pero con aquella mirada de la cual el hombre no puede comprender ni el sentido ni la importancia; o aquella mirada no significaba absolutamente nada, a excepción de que un hombre cuando tiene ojos necesita mirar a un lado o a otro, o significaba demasiadas cosas…  Pronto, en los músculos salientes y las profundas arrugas de la cara del Conde apareció un temblor. Aumentó éste y se le desvió la boca. Hasta entonces, Pedro no comprendió bien que su padre se encontraba a las puertas de la muerte. De la deformada boca salió un estertor…  Pedro sintió en el pecho un estremecimiento, un escozor en la nariz y las lágrimas le velaron los ojos...       
   O las reflexiones acerca del amor humano y el Amor Divino, por parte de un personaje en su lecho de muerte:
   Y siguió pasando revista a todo lo que le había sucedido. Se representaba con singular clarividencia la ambulancia…  Pero su alma no se hallaba en estado normal…  De improviso, las ideas y los sentimientos renacieron en él con una claridad, con una intensidad sorprendente.”Sí, el amor -pensó-, pero no ese amor que se siente por cualquier cosa, sino el que sentí por vez primera cuando vi y amé a un enemigo moribundo. Yo he experimentado ese amor, que es esencia misma del alma que no necesita objetivos. Ahora mismo tengo una sensación de beatitud: deseo amar al prójimo, a los enemigos; deseo amarlo todo, amar a Dios en todas sus manifestaciones. Se puede amar con amor humano a una persona querida; sólo a un enemigo se le puede amar con un amor divino. Por eso experimenté tanta dicha cuando me di cuenta de que amaba a aquel hombre. ¿Qué habrá sido de él? ¿Vivirá todavía? El amor humano puede convertirse en odio, el amor divino no puede modificarse: nada, ni siquiera la muerte, es capaz de destruirlo. Es el sentido del alma...” 
   
Nota: todas las citas de este post están extraídas de la versión en castellano de la novela que se encuentra en Internet, la cual –lamentablemente- es una versión reducida, pero cuya descarga es legal, libre y gratuita.  

viernes, 23 de marzo de 2018

Cuando el arte invita a la reflexión: temas existenciales y espirituales en novelas y pelìculas (7)



El último rostro (Diré tu nombre) y  los héroes anónimos

  Esta película, dirigida por Sean Penn, además de conmovernos, transmite ideas, de esas que después nos dejan pensando. Y a mí me dejó pensando en los héroes anónimos.  
   Con frecuencia admiramos a ciertos personajes por las acciones  valiosas que han desplegado a lo largo de sus vidas, al consagrarse a luchas y esfuerzos que favorecieron a los demás. Y solemos ensalzar a esas personas, que con sus vidas han pasado a la historia como ejemplos de valor y sacrificio. Son personas heroicas y funcionan como modelos para nuestras más modestas personalidades. Un Gandhi, el apóstol de la no-violencia,  o los esposos Curie, héroes de la ciencia, y muchos otros. Pero rara vez pensamos en los héroes anónimos, aquellos que no pasan a la historia, pero que son igualmente modelos de nuestras facultades más nobles y elevadas. Y esta película nos presenta a uno de estos héroes anónimos. 
   El Dr. Miguel León, interpretado por el  gran actor Javier Bardem, es un médico cirujano español que trabaja como voluntario en zonas de conflicto, entre los refugiados y víctimas de las guerras de África. Se muestra su sacrificio y el de sus compañeros médicos, que arriesgan continuamente sus vidas para salvar las vidas de otros.  Y lo curioso es que el personaje no es un ser humano excepcional. Es bastante normal en muchos aspectos, como por ejemplo en sus relaciones románticas con algunas colegas mujeres. Pero el haber elegido como forma de vida a una labor altruista, sacrificada, incómoda y peligrosa, lo convierte en héroe. 
   Sin duda, debe haber personas así en muchos lados, y rara vez sabemos algo sobre ellos. Aunque en la película la ONG para la cual los médicos trabajan se llama Médicos del Mundo, en una de las escenas iniciales Miguel aparece con la inscripción “Médicos sin fronteras” en su bata de trabajo. Quizás haya sido un guiño del director o quizás estaban filmando en un verdadero campo de refugiados (dada la enorme cantidad de personas que aparecen no es imposible), y el nombre de dicha ONG  era una forma de facilitar el desplazamiento de los personajes por el área. 
   El romance de Miguel con Wren (Charlize Theron), una colega sudafricana (que a diferencia de él muestra pronto sus límites de tolerancia ante el dolor y el espanto que los rodea todo el tiempo), romance que aparentemente sostiene como una historia central todo el hilo de la narración, queda opacado ante la fuerza de los mensajes fundamentales de la película, claramente humanistas. Está por un lado el fuerte mensaje pacifista, el cual, no por ser un tema abordado con frecuencia en el cine y la literatura, deja de ser un tema eternamente importante. La guerra, esa absurda destrucción de unos seres humanos por parte de otros, es aquí duramente mostrada (mediante imágenes de crudeza y realismo sobrecogedor) con toda su insensatez, con su brutal e injustificable creación de sufrimiento, con toda su lacerante e ignominiosa presencia.
  Pero hay también asuntos más íntimos, como los relacionados con nuestras elecciones de vida… 
  En una escena de la película, Wren le cuestiona a Miguel lo que están haciendo, sugiriendo irse, ya que ese sacrificio es inútil. Pero él lo defiende, desde un lugar simplemente humano y propio de su vocación de médico: 
—Ya sé que no vamos a salvar al mundo con lo que hacemos —dice Miguel—. Sólo salvemos a este hombre…, a esa chica…, a este niño…, aquí…, ahora…
—¿Salvarlos para qué, para qué clase de mundo? —replica Wren.
—El mundo de ellos… —afirma Miguel.
—¿Esa es tu solución? —insiste Wren.
—Pero Wren, ¡no hay solución!... Quizás la evolución sea la solución… Yo solamente quiero salvarlos para que vivan.
   Y al objetarle Wren la clase de vida que esos pobres negros africanos pueden tener, Miguel dice que no importa qué clase de vida sea, ya que es la que ellos pueden vivir.  
   La misión de un médico es salvar vidas, y Miguel simplemente lo hace, llevado por un impulso interno. Aunque al mostrar cierto rechazo a los países ricos de Occidente (“los ricos de allá afuera” dice), está claro que no sólo quiere salvar vidas, sino que quiere salvar las vidas de esos pobres negros africanos. 
   Y Miguel no está solo, hay otros héroes como él, que muestran idéntica entrega. Como un francés, al que han bautizado Dr. Amor, y otro médico muy religioso que a menudo se refiere a la Biblia, y un médico negro musulmán, quien al ir a buscar su alfombrita de rezar  sorprende a Miguel y Wren en la discusión citada arriba. Y la interrumpe, para decirle a Wren que uno sólo puede continuar sacrificándose cuando se da cuenta que es incapaz de no hacerlo. 
  La postura bastante radical del guión coincide con la de su director, conocido por sus actitudes progresistas, y quizás sea la causa de las numerosas críticas negativas hacia el film por parte de los periodistas especializados de los grandes medios. 
  Pero a mí me pareció un film excelente, emotivo e inspirador. 
  

martes, 19 de septiembre de 2017

Cuando el arte invita a la reflexión: temas espirituales y existenciales en novelas y películas (6)

Mi nombre es Khan

   En esta superproducción de Bollywood (el Hollywood de la India) dirigida por Karan Johar, hay un mensaje humano y espiritual que conmueve dsde el inicio del film y sigue conmoviendo hasta que éste termina. Detrás de lo aparente, en una narración con un ritmo que no decae, donde se mezclan el amor, el drama desgarrante, el heroísmo y lo cotidiano, la película envía un mensaje tras otro, y todos nos tocan, porque son mensajes de la Verdad. 
   Ya en una de las escenas del principio, siendo el protagonista un niño, su madre le enseña que hay solo dos clases de personas en el mundo, más allá de sus diferencias de raza, cultura y religión: las personas buenas y las personas malas. Y el protagonista, el señor Khan (genialmente interpretado por el gran actor indio Shahrukh Khan), crece con estos valores y trata de honrarlos, a pesar de sufrir un raro síndrome autista que le impide expresar sus emociones y le confiere movimientos ridículos o torpeza en algunos asuntos, aunque por otro lado no impide que su inteligencia sea superior a la normal y su nivel de comprensión sea profundo. 
    Aunque lo más obvio y directo del film apunta a la discriminación contra los musulmanes en los Estados Unidos (a partir del atentado de las torres gemelas) y aunque el protagonista pasa gran parte de la cinta intentando ver al presidente de ese país para decirle que su nombre es Kahn -un apellido típicamente musulmán- pero que él no es un terrorista, la película va más allá. Su mensaje esencial  trasciende al drama de los musulmanes en América y señala el drama de todo ser humano víctima de la violencia y de los prejuicios de los demás, sean éstos individuos o gobiernos. 
   El sufrimiento de algunos de los personajes es consecuencia de la discriminación o de la violencia, por lo cual es un film claramente pacifista. Y el problema de la discriminación se repite a lo largo de la historia, incluso en formas ridículas, como cuando el señor Khan quiere asistir a un evento de beneficencia al que irá el presidente y la mujer que vende las entradas se lo impide porque es solamente para cristianos.   
   En realidad, el gran mensaje implícito en el film es que todos somos Uno, y que más allá del color de nuestra piel y del nombre de nuestras religiones, todos formamos parte de una misma humanidad. Y que solamente la solidaridad y el amor pueden salvarnos…
   

     


miércoles, 23 de agosto de 2017

Consejos para empezar a escribir



  He conocido personas que deseaban comenzar a escribir y no sabían como hacerlo. Estaba el impulso, pero no sabían por donde comenzar, se sentían inseguros, y otras trabas semejantes. Por eso, aquí van algunos consejos, que parten de mi propia experiencia.

Buscar orientación respecto a lo formal

   Yo quería escribir una novela, y para eso recurrí a muchos libros que me orientaron en relación a lo formal. La trama y la estructura, el narrador y los puntos de vista, los tiempos, los diferentes aspectos de una narración (descripciones, diálogos, escenas, sumarios), los personajes, todos asuntos que conciernen a la narración, así como también los problemas de estilo, de gramática y sintaxis, en suma, lo que se refiere al uso del lenguaje. Esas lecturas fueron el equivalente de un mapa, sin el cual nos sentimos perdidos al incursionar en un territorio extraño y desconocido. Fueron un mapa que me ubicó en el territorio y me permitió avanzar sin temores.

Saber que podemos hacerlo, sentirnos seguros

   Para esto, lo que recomiendo es participar de algún taller literario. Cuando ya tenía la mitad de mi primera novela escrita, participé de un taller literario.  Era un taller sin pretensiones que daba una poetisa desconocida en un pequeño pueblo de provincias. Y sin embargo, me fue de gran ayuda. Confirmé gracias a los intercambios que posibilita un taller, que podía hacerlo y que no lo hacía mal.

Comenzar por escribir lo que nos resulte más fácil

   Si es nuestra primera novela y proyectamos una obra compleja, ambientada en escenarios que desconocemos y que requiere de mucha documentación, estamos poniendo las cosas difíciles de entrada. Lo ideal, en mi humilde opinión,  es partir desde lo que ya conocemos. Experiencias vividas, escenarios habituales o transitados en el pasado, personajes inspirados por personas que conocemos o hemos conocido. Además de su autenticidad, partir de lo conocido es lo más fácil. Incluso si escribimos ciencia ficción o fantasía, podemos recurrir a nuestra experiencia para construir los personajes y las escenas. Los elementos míticos, imaginarios, son más creíbles cuando están unidos a lo verdadero.

Hacerlo por el único placer de hacerlo

  Siento una enorme felicidad cuando escribo, y más allá del esfuerzo y los resultados, el acto de escribir me basta. Y creo que es importante sentirlo de ese modo. Son muy pocos, poquísimos, los que alcanzan las metas que casi todos desean, como vivir de la literatura, ser famosos best-sellers, etc., etc. Si bien es cierto que la autopublicación está abriendo la posibilidad de que todos podamos publicar, el éxito no está garantizado. Sigue siendo un largo camino, con mucho esfuerzo en otras áreas, y todavía en pañales. Lo que ganan la mayoría de los escritores que se autopublican es mínimo, y ni remotamente pueden vivir de eso, excepto unos pocos que se cuentan con los dedos de la mano.
   Por todo eso, si está en nosotros el impulso por escribir, si está la llamada, es bueno seguirla, pero sin la intención de conseguir otras cosas, más allá de que ellas puedan llegar o no, con el tiempo. Porque si escribimos para conseguir otras cosas, y el acto mismo de escribir no nos basta, estamos destinados a la frustración, al desaliento y finalmente al abandono de esta hermosa actividad creativa, que cuando se encara desinteresadamente se convierte en fuente de muchas alegrías.





martes, 27 de junio de 2017

Maravilloso cuento de León Tolstoi (1)


Los dos ancianos peregrinos 



                        Traducción y adaptación: Savitri Ingrid Mayer


1.

   Dos ancianos estaban por ir a Jerusalem para rezarle a Dios. Uno de ellos era un paisano rico llamado Efim. El otro no era rico y su nombre era Elisey. 
   Efim no bebía ni fumaba ni maldecía, y era severo e inflexible. Tenía dos hijos y un nieto ya casado, y todos vivían juntos. En cuanto a su aspecto: era erguido, saludable, y tenía una barba a la que sólo en su séptima década le había aparecido un mechón gris.
   Elisey no era ni rico ni pobre. Había trabajado como carpintero en su juventud y ahora criaba abejas. Uno de sus hijos trabajaba lejos y el otro vivía en el hogar. Elisey era un hombre alegre, de buen carácter. Le gustaba beber y cantar, pero era tranquilo y amistoso con sus vecinos. Su aspecto: pequeño, moreno, con una barba rizada y al igual que su santo, el profeta Elías, su cabeza estaba pelada. 
   Los dos ancianos, desde mucho tiempo atrás, habían hecho la promesa de viajar juntos a Jerusalem. Pero Efim nunca tenía tiempo, siempre tenía cosas que atender. Cuando algo se terminaba, otra cosa comenzaba: o tenía que casar a su nieto, o estaba esperando a su hijo menor que volvía de la guerra, o tenía que construir una nueva cabaña. 
   Un día los dos ancianos se sentaron sobre unos troncos a conversar. 
—Bueno —dijo Elisey—, ¿cuándo vamos a cumplir con nuestra promesa?
   Efim frunció el ceño:
—Tenemos que aguardar, porque éste es un año difícil para mí. Empecé a construir una cabaña y aún no la he terminado, tendremos que esperar hasta el verano. Y entonces, Dios mediante, partiremos. 
—Tal como yo lo veo —dijo Elisey—, no tiene sentido postergarlo. Debemos irnos de una vez y la primavera es la mejor época. 
—Sí, la época es buena, pero mi trabajo está por la mitad, así que no puedo dejarlo.
—¿No tienes a nadie que se ocupe de eso?... Tu hijo puede hacerlo.
—¿Mi hijo mayor? No es confiable, le gusta la bebida. 
—Cuando estemos muertos, mi amigo, ellos tendrán que continuar sin nosotros. ¡Deja que tu hijo aprenda! 
—Será como tú dices, pero me gusta ver las cosas terminadas. 
—¡No es posible ocuparse de todo! 
—Gasté mucho dinero en esta construcción y no puedo irme a peregrinar con las manos vacías. 
   Elisey se rió.
—No cometas pecado, mi amigo. Tienes diez veces más que yo y sin embargo hablas de dinero. Solamente dime cuando partimos. Yo no tengo dinero, pero todo irá bien. 
   Efim sonrió.
—¿Y de dónde sacarás el dinero?
—Buscaré en mi casa y juntaré algo de esa manera, y si eso no es suficiente, le daré diez colmenas a mi vecino: me las ha estado pidiendo. 
—Entonces te procuparás debido a eso.
—¿Preocuparme? No, nunca me he preocupado acerca de algo en la vida, excepto acerca de mis pecados. No hay nada más precioso que el alma. 
—Sí, pero no es bueno si las cosas no marchan bien en el hogar. 
—Es peor si las cosas no marchan bien en nuestra alma… Hemos hecho una promesa, así que partamos. ¡De verdad, partamos!
   Elisey trató de convencer a su amigo… 
   Efim lo pensó mucho y la mañana siguiente vino a ver a Elisey. 
—Bueno, marchemos —dijo—. Haz dicho lo correcto. Dios controla la vida y la muerte, y debemos viajar mientras estamos vivos y aún tenemos fuerza. 

   Una semana después los dos ancianos se prepararon para partir. 
   Efim tenía dinero en su casa. Separó cien rublos y le dejó doscientos a su mujer. Elisey vendió a su vecino las diez colmenas y la ganancia de otras diez, por lo cual recibió setenta rublos. Los treinta restantes los consiguió de la gente de su casa. Su mujer le dio lo último que tenía, lo que había ahorrado para su funeral, y su nuera también le dio lo que tenía. 
   Efim dejó todos sus asuntos en manos de su hijo mayor, considerando cada detalle y dejando órdenes. Elisey en cambio no dijo a los suyos casi nada: “Las mismas necesidades les mostrarán lo que tienen que hacer y cómo hacerlo, y harán lo que les parezca mejor”.
   Finalmente los dos ancianos estuvieron listos. Y se fueron a peregrinar. 
   Elisey se despidió contento y apenas se alejó del pueblo se olvidó de todos sus asuntos. Todo lo que le importaba era estar bien con su compañero, evitar decir algo inconveniente a quien fuese, alcanzar la meta pacíficamente y con amor, y regresar a casa nuevamente. Y mientras marchaba recitaba alguna plegaria o recordaba las vidas de los santos que conocía. Cuando se encontraba con alguien en el camino o cuando llegaba a una posada, trataba de pronunciar palabras piadosas y de ser tan amable como podía.  Elisey caminaba y era feliz. 
   Efim caminaba con empeño, no hacía nada equivocado y no hablaba en vano, pero no había ligereza en su corazón. Las preocupaciones respecto a su casa no abandonaban su mente y estaba todo el tiempo pensando acerca de lo que sucedería allí. 
   Los dos ancianos caminaron durante cinco semanas. Todo ese tiempo pagaron por su alojamiento y sus comidas, hasta que llegaron a una región donde la gente empezó a invitarlos a sus casas. Los alimentaban y no recibían dinero de ellos, e incluso llenaban sus bolsos con pan, y a veces con pasteles. Así viajaron sin gastos durante un buen trecho. 
   Entonces llegaron a otra región, donde había ocurrido una gran pérdida en las cosechas. Allí fueron recibidos en las casas y nadie les pidió dinero por alojarlos, pero no los alimentaron ni les dieron pan, incluso si ofrecían pagar por ello. El año previo, decía la gente, no había crecido nada. Los ricos estaban arruinados, y los pobres habían emigrado, o se habían convertido en mendigos, o se las habían arreglado para subsistir en sus casas. 
   Un día llegaron a un pueblo grande. Elisey estaba cansado, quería detenerse y conseguir algo para beber, pero Efim no quería detenerse. Entonces Elisey le dijo:
—No me esperes. Me acercaré a alguna casa y pediré agua. Y enseguida te alcanzaré.
   Efim aceptó y siguió solo, mientras Elisey iba en busca de alguna casa. 

                                                             
(Continúa)

Maravilloso cuento de León Tolstoi (2)



Los dos ancianos peregrinos


Traducción y adaptación: Savitri Ingrid Mayer


2.

  Elisey distinguió una casa. Era pequeña y humilde. Entró al patio y vio que un hombre muy delgado y sin barba yacía cerca de un montículo de tierra. Estaba despierto y los rayos del sol caían a pleno sobre él. Elisey lo llamó, pidiéndole que le de algo para beber, pero el hombre no respondió. “O está enfermo o es poco amable” pensó Elisey, yendo hasta la puerta. 
   Escuchó el llanto de un niño dentro de la casa. Golpeó la puerta, pero no hubo respuesta. Golpeó de nuevo, sin suerte. Y estaba por irse, cuando escuchó gemidos. “Me pregunto si alguna desgracia le ha sucedido a esta gente. Tengo que saberlo”. 
   La puerta no estaba cerrada. Elisey entró y recorrió el vestíbulo. Llegó a la sala. Había un horno en un lado, y en otro lado un altar y una mesa. Junto a la mesa había un banco y sobre el mismo una anciana. Su cabeza se apoyaba sobre la mesa y cerca de ella estaba un niño pequeño y delgado, con el rostro amarillo como la cera y el vientre hinchado. El niño tiraba de la manga de la anciana, llorando a viva voz y pidiendo algo. 
   Elisey entró en la habitación. El aire era sofocante. Vio a una mujer tirada sobre el piso, detrás del horno. Yacía sobre su rostro y emitía ronquidos. De ella venía el olor asfixiante: era evidente que estaba enferma. 
   La anciana, al ver al hombre, levantó la cabeza. 
—¿Qué quiere? —dijo—. No tenemos nada. 
   Elisey se acercó a ella. 
—Sierva de Dios... He venido por un poco de agua. 
—No hay nada, le digo, no hay nada. No hay nada aquí para que usted tome. Váyase.
   Elisey le preguntó:
—¿No hay ningún hombre aquí para ayudar a esta mujer?
—Aquí no hay nadie. El hombre está muriéndose en el patio, y nosotros aquí. 
   El niño se había quedado quieto al ver al extraño, pero cuando la anciana empezó a hablar, había nuevamente tironeado de su manga.
—¡Pan, abuela, pan!  
   Y se largó a llorar. 
   Elisey iba a preguntarle algo más a la anciana, cuando el hombre apareció. Caminó junto a la pared y quiso sentarse sobre el banco, pero antes de alcanzarlo se cayó. No trató de levantarse y empezó a hablar. Decía una palabra, tomaba aliento, y decía nuevamente algo. 
—Estamos enfermos… y hambrientos… El niño se muere de hambre… 
   El hombre indicó al niño con la cabeza y empezó a llorar. 
   Elisey puso su bolso sobre el banco y lo desató. Sacó pan y un cuchillo, y cortando una rebanada se la ofreció al hombre. Pero éste no la tomó, sino que señaló al niño, indicando que se lo diera a él. 
   Elisey le dio el trozo de pan al niño. 
   Enseguida, detrás del horno apareció una niña. Se arrastraba y miraba el pan. Elisey le dio también a ella un pedazo. Luego cortó otra rebanada y se la dio a la anciana. 
—Si usted nos trajera un poco de agua —dijo ella—. Quise traer un poco ayer u hoy, no recuerdo cuándo, pero me caí y dejé el balde tirado por algún lado. 
   Elisey preguntó dónde estaba el pozo de agua. La anciana se lo indicó. Elisey salió, encontró el balde, trajo agua, y les dio de beber a todos. Los niños comieron más pan con el agua y la anciana también comió algo más, pero el hombre no quiso. 
—Mi estómago no lo soportaría —dijo.
   La mujer no se levantó ni se acercó. 

   Elisey fue hasta el pueblo y en una tienda compró comida. Al volver encontró un hacha, cortó leña, e hizo fuego en el horno. La niña lo ayudó. Cocinó una sopa y un guiso, y alimentó a la gente.  
   El hombre comió un poco y la anciana también. La niña y el niño dejaron sus platos limpios y se durmieron abrazados. 
   Entonces, el hombre y la anciana le contaron a Elisey lo que había sucedido. 
—Cuando la cosecha se malogró, nos comimos durante el otoño todo lo que teníamos. Cuando no quedó más nada, empezamos a pedir a los vecinos y a alguna gente buena. Primero nos dieron algo, pero después se negaron. Muchos hubieran querido ayudarnos, pero ellos tampoco tenían. Además nos avergonzó mendigar: le debíamos dinero a todos, y también harina y manteca. 
 —Yo busqué trabajo —dijo el hombre—, pero no encontré. También otros estaban buscando trabajo para poder comer, y por todos lados… La abuela y la niña se alejaban una buena distancia para mendigar, pero las limosnas eran pobres. Sin embargo, algo para comer conseguíamos. Pero en la primavera ya casi nadie nos ayudó. Y se puso cada vez peor: un día conseguíamos algo para comer y durante dos días no conseguíamos nada… Empezamos a comer pasto. Y debido a eso, o por alguna otra causa, mi mujer se enfermó. Ella quedó postrada y yo ya no tuve fuerzas…
—Yo era la única —dijo la anciana— que trabajaba, pero me fui debilitando. La niña también se fue debilitando y perdió coraje… Una vecina vino hace unos días, pero al vernos se fue. Está sola y no tiene con qué alimentar a sus propios niños… Así que estábamos aquí, esperando la muerte. 

   Cuando Elisey oyó lo que le contaron, cambió de idea respecto a alcanzar a su compañero y se quedó allí durante la noche. Y la  mañana siguiente empezó a trabajar en la casa como si fuera suya. Preparó el pan con ayuda de la anciana e hizo fuego en el horno…  
   Se quedó con ellos un día, y el siguiente, y el siguiente. El niño pequeño recobró su fuerza y empezó a caminar y a hacerse amigo de Elisey. La niña también estaba feliz y lo ayudaba en todo. Corría detrás de él, gritando: ¡Abuelo, abuelo!
   El hombre comenzó a caminar sosteniéndose en la pared. Sólo la mujer seguía postrada. 
   “Bueno, no pensaba quedarme tanto tiempo. Ahora debo irme” reflexionaba Elisey. 
   Durante el cuarto día, fue una vez más al pueblo y compró leche, harina y otras cosas. Y también fue a misa. 
   Al volver, cocinó y horneó con ayuda de la anciana. Ese fue el día en que la mujer se levantó. 
   El hombre se afeitó, se puso una camisa limpia y fue a ver a un paisano rico para pedirle un favor. Su tierra y sus herramientas estaban hipotecadas por ese vecino rico y fue a pedirle que le permitiera usar las herramientas y la tierra hasta la nueva cosecha. Pero volvió muy abatido: el paisano rico había exigido que le llevara el dinero antes.  
   Elisey se puso a reflexionar… ”¿Cómo van a vivir a partir de ahora? La gente va a empezar a sembrar, pero ellos no pueden, tienen todo hipotecado. El centeno va a madurar y comenzará la cosecha, pero ellos no pueden esperar nada, porque su tierra está embargada. Si me voy, van a caer de nuevo en la pobreza.”

   Por la noche, Elisey recitó sus plegarias y se acostó, pero no logró quedarse dormido. 
   “Tengo que irme, ya gasté mucho tiempo y dinero, pero siento pena por ellos… Claro que no se puede ayudar a todo el mundo… Quise traerles agua y darles pan, pero mira lo lejos que he llegado. Y ahora tendré que levantar la hipoteca de sus herramientas y su campo… Y podría también comprar una vaca para los niños y un caballo para el hombre, porque lo va a necesitar…”
   Elisey le estuvo dando vueltas al asunto, sin llegar a una conclusión… Tenía que irse, pero sentía pena por esa gente… Y no sabía qué hacer… Recién consiguió dormirse cuando cantaron los gallos…
   Y de pronto sintió como si alguien lo hubiese despertado. Se vió vestido, con su bolso y su cayado. Y tenía que pasar a través de una puerta, que estaba apenas abierta, apenas lo suficiente para permitir a un hombre deslizarse por ella. Fue hasta la puerta, y su bolso quedó enganchado de un lado. Él estaba por liberarlo, cuando sintió que tironeaban de una de sus piernas. Era la niña, que gritaba:  ¡Abuelo, abuelo, pan!... Miró a sus pies y allí estaba el niño agarrado, mientras la anciana y el hombre miraban por la ventana… 
   Elisey se despertó y comenzó a decirse en voz alta: “Voy a recobrar el campo y las herramientas, y voy a comprar un caballo, y harina para que dure hasta la próxima cosecha, y una vaca para los niños. Porque…, ¿cómo sería ir más allá del mar para buscar a Cristo, si lo pierdo dentro de mí?

  Elisey se había despertado temprano. Y enseguida salió, para hacer todo lo que había pensado… 
   En algún momento de ese día, se cruzó con dos mujeres que conversaban. 
—¿Viste que cantidad de cosas les ha comprado? Yo misma lo vi comprando un caballo y un carro para ellos. Es evidente que hay gente así en la tierra. Tengo que ir a verlo.
  Cuando Elisey escuchó eso, comprendió que lo estaban alabando. Entonces se apresuró a terminar su cometido… 
  
  Esa noche, cuando todos se fueron a dormir, Elisey se preparó para partir.  
   Y al día siguiente, después de levantarse, se vistió, ató su bolso y salió al camino, con la idea de alcanzar a Efim. 

(Continúa)

Maravilloso cuento de León Tolstoi (3)


Los dos ancianos peregrinos

Traducción y adaptación: Savitri Ingrid Mayer


   3.

   Estaba amaneciendo. Elisey se acomodó bajo un árbol, abrió su bolso y empezó a contar el dinero que le quedaba: tenía sólo diecisiete rublos. “Con esta suma no puedo viajar más allá del mar y si mendigo en nombre de Cristo sólo aumentaré mis pecados. El amigo Efim llegará al lugar y encenderá una vela en mi nombre. Y yo evidentemente nunca cumpliré mi promesa. Pero el Maestro es piadoso y me perdonará” reflexionó Elisey. 
   Entonces se levantó y dio la vuelta, haciendo un rodeo para evitar el pueblo donde había estado. 
   El viaje de ida le había resultado difícil, pero en su camino de regreso Dios le facilitó las cosas, porque no supo lo que era el cansancio: caminar fue como un juego para él. 
  Y llegó a su hogar… 
  Era la época de la cosecha. La gente de su casa se alegró al verlo. Elisey le dio a su esposa el dinero que le quedaba y preguntó acerca de los asuntos de la casa. Se habían ocupado muy bien de ella, y todos estaban viviendo en paz y armonía.  Su familia y los vecinos le preguntaron de todo, por qué había dejado a su compañero y por qué no había ido a Jerusalem, pero Elisey no les dijo nada. “Dios no permitió que lo haga” decía. “Gasté mi dinero durante el camino y quedé alejado de mi compañero. Por eso no fui.” 
  Y la gente se preguntaba cómo un hombre tan listo había actuado de un modo tan torpe. Se lo preguntaron durante un tiempo, pero luego se olvidaron del asunto. También Elisey lo olvidó. Y empezó a trabajar en su casa. Con su hijo tuvieron la leña lista para el invierno, con las mujeres trillaron el grano, y Elisey también arregló los techos de los cobertizos y se ocupó de las abejas… 

  Todos esos días que Elisey había pasado con la gente enferma, Efim lo esperó. Esperó y esperó, sin que su compañero apareciera. Cuando llegaba a un pueblo preguntaba por él: si no habían visto a un anciano calvo. Pero nadie lo había visto. Efim estaba sorprendido, pero siguió caminando. “Nos encontraremos en algún lugar de Odesa” pensaba, “o en el barco”. Y dejó de preocuparse. 
   Efim llegó a Odesa sin incidentes. Allí esperó durante tres días a que llegara el barco. Había muchos peregrinos, quienes habían venido de todos lados. Efim gestionó un pasaporte y compró pan para el viaje. Y de nuevo preguntó por Elisey, pero nadie lo había visto. 
   Ya embarcado, tuvo durante el día una buena travesía, pero en la tarde se levantó el viento, cayó lluvia, y el barco empezó a balancearse y a ser bañado por las olas. La gente se inquietó, las mujeres empezaron a chillar, y algunos corrían por el barco tratando de hallar un lugar seguro. Efim también estaba asustado, pero no lo demostró. Se mantuvo durante toda la noche y el día siguiente, en el mismo lugar sobre el suelo donde se había sentado al abordar el barco. 
   Al tercer día el tiempo se calmó. Y al quinto día llegaron a Constantinopla. Algunos de los peregrinos se bajaron, para visitar la Catedral de Santa Sofía, pero Efim se quedó en el barco. Y solamente compró más pan.     
   Se quedaron allí un día y después salieron de nuevo al mar. Hubo una parada en la ciudad de Esmirna y en otra ciudad llamada Alejandría, y sin percances llegaron a la ciudad de Jafa. En Jafa todos los peregrinos descendieron: desde allí llegarían a pie a Jerusalem. 
   Y llegaron al tercer día de caminar. Se detuvieron en las afueras, donde se les selló los pasaportes y comieron, y luego siguieron rumbo a los sitios sagrados. Era demasiado temprano para que se les permitiera el acceso al Sepulcro del Señor, así que se dirigieron al Monasterio del Patriarca. Allí estaban reunidos todos los devotos; las mujeres separadas de los hombres. Se les ordenó sacarse los zapatos y sentarse en un círculo. Y enseguida apareció un monje llevando una toalla, y empezó a lavar los pies de todos. Los lavaba, los secaba, los besaba, y así recorrió el círculo completo. Hubo también misas y los peregrinos fueron alimentados. 
  Al día siguiente visitaron la celda de María de Egipto, donde ella se había refugiado. En ese lugar encendieron velas y se celebró una misa. Desde allí fueron al Monasterio de Abraham, donde vieron un jardín: el lugar donde Abraham quiso sacrificar su hijo a Dios. Más tarde fueron al lugar donde Cristo se le apareció a María Magdalena y a la Iglesia de Jacobo, el hermano del Señor. Para la cena regresaron al albergue. 
   El siguiente día se levantaron temprano y fueron a una misa en la Iglesia de la Resurrección, en el Sepulcro del Señor. En la iglesia había una multitud de devotos: griegos, armenios, turcos y sirios.  Efim llegó con la gente hasta la Puerta Sagrada. Un monje que los conducía los llevó al lugar donde el Sabio fue sacado de la cruz y ungido. Les mostró y explicó todo, y allí Efim encendió una vela. Luego los monjes los condujeron al Gólgota, donde estuvo la cruz. Allí  Efim rezó. Más tarde se les mostró el lugar donde las manos y los pies de Cristo habían sido clavados a la cruz, y también la roca donde Cristo se sentó cuando le pusieron la corona de espinas… Finalmente todos corrieron a la gruta del Sepulcro. Una misa extranjera estaba terminando e iba a comenzar la misa rusa. 
   Efim siguió a la gente hasta la gruta del Sepulcro del Señor. Quería estar cerca, pero eran tantos que no era posible moverse. Se quedó de pie, rezando y mirando el lugar donde estaba el Sepulcro, encima del cual treinta y seis lámparas brillaban. Efim miraba, y bajo las lámparas vio a un hombre anciano, cuya cabeza calva brillaba y que se parecía mucho a Elisey. 
   “Se parece a Elisey”, pensó Efim. “Pero, ¿cómo puede ser? No puede haber llegado aquí antes que yo. El barco anterior zarpó una semana antes que el mío. No pudo haber estado en ese barco. Y en el mío no estaba, porque vi a todos los peregrinos”.
   Mientras Efim pensaba así, el anciano que se parecía a Elisey empezó a rezar, e hizo tres reverencias: una frente a él para Dios y dos a ambos lados de él, para todos los cristianos ortodoxos.
   Cuando el anciano dobló su cabeza a la derecha, Efim lo reconoció. Sin duda alguna era Elisey: su barba negra y rizada, sus cejas, sus ojos, su nariz, su rostro. Era Elisey. 
   Efim se alegró por haber encontrado a su compañero y se asombró de que hubiera llegado allí antes que él. “¿Y cómo había Elisey conseguido ese lugar tan adelante?” se preguntaba Efim. “Sin duda conoció a alguien que supo cómo ubicarlo allí. Cuando todos salgan, me acercaré.” Y Efim no le quitaba el ojo a Elisey, para no perderlo. 
   Cuando las misas terminaron, la gente empezó a moverse. Y mientras iban a besar el Sepulcro se amontonaban, por lo cual Efim fue empujado hacia un costado. Cuando logró salir, caminó y caminó, tratando de encontrar a Elisey. Y vio a mucha gente, comiendo, bebiendo e incluso durmiendo, o recitando sus plegarias. Pero a Elisey no lo encontró. Entonces regresó al refugio, pero tampoco lo encontró allí. 
   Al día siguiente, Efim fue de nuevo al Sepulcro del Señor, y quiso encontrar un lugar adelante, pero fue imposible, así que se paró junto a una columna y se puso a rezar. Al mirar al frente vio a Elisey, bajo las lámparas, en el mismo Sepulcro del Señor. Había extendido las manos, como un sacerdote ante el altar, y su calva brillaba. “Ahora no lo voy a perder” pensó Efim. Y se abrió paso hasta la parte delantera, pero Elisey ya no estaba. 
   La mañana siguiente fue de nuevo al Sepulcro del Señor y vio a Elisey parado en el sitio más sagrado, frente a todos, con las manos extendidas. Miraba hacia arriba, como si viera algo por encima de él, y su calva brillaba. 
  “Ahora no lo voy a perder. Saldré y me pararé a la entrada, así que no podrá escapárseme” pensó Efim. Y salió, y estuvo allí parado bastante tiempo. Estuvo hasta después del mediodía, hasta que toda la gente hubo salido, pero Elisey no estaba entre ellos. 

  Efim pasó seis semanas en Jerusalem y visitó todos los lugares. Y tuvo un sello puesto sobre una camisa, para ser enterrado con ella. Y llenó una botella con agua del Jordán, y consiguió algo de tierra y velas bendecidas. Y en ocho lugares dejó nombres para la misa de los difuntos. Gastó todo su dinero y solamente le quedó lo que necesitaba para volver a casa. 
   Así que partió, llegó a Jafa, se subió a un barco, descendió en Odesa y empezó a caminar hacia su hogar. Recorrió el mismo camino por el que había venido. Y a medida que se acercaba a su pueblo, empezó de nuevo a preocuparse respecto a cómo irían las cosas sin él. “En un año corre mucha agua” pensaba. “Lleva toda una vida construir un hogar, pero no lleva mucho tiempo arruinarlo”…
   Cuando llegó al lugar donde se había separado de Elisey, lo encontró  irreconocible. El año anterior se había padecido penuria y ahora había abundancia. En el campo todo crecía. La gente nuevamente cosechaba y se olvidaba de su pasada miseria. 
                                                                                                                   (continúa)

Maravilloso cuento de León Tolstoi (4)



Los dos ancianos peregrinos


Traducción y adaptación: Savitri Ingrid Mayer


   4.

   Al atardecer, Efim llegó al pueblo donde Elisey se había rezagado. Y apenas entró en el pueblo, una niña de camisa blanca salió corriendo de una casa y gritó: 
—¡Abuelo, abuelo, ven a nuestra casa!
  Efim quería continuar el viaje, pero la niña no se lo permitió. Riendo y agarrándose de su abrigo, lo empujaba en dirección a la casa.
   Una mujer con un niño salieron al patio, y ella también le hizo señas. 
—Entra, abuelo, cena con nosotros y pasa la noche aquí.
  Efim se acercó, pensando: “Podré preguntar acerca de Elisey, porque ésta es la misma casa en la cual él ingresó para conseguir agua”. Y entró. 
   La mujer tomó su bolso, le dio agua para que se lavara, lo hizo sentarse a la mesa… Y fue a buscar leche, queso y pan.   
   Efim le agradeció y la elogió por ser tan hospitalaria con los peregrinos. 
   Entonces la mujer movió su cabeza: 
—No podemos dejar de recibir peregrinos. De un peregrino recibimos la vida. Vivíamos olvidando a Dios, y Dios nos castigó de tal manera que estábamos todos esperando la muerte. El último verano llegamos a un punto en que estábamos todos enfermos y muriendo de inanición. Habríamos muerto sin duda, pero Dios nos envió a un anciano como usted. Él apareció un día, pidiendo algo para beber. Pero cuando nos vio, tuvo compasión de nosotros y se quedó en nuestra casa. Nos dio de comer y beber, y nos puso de nuevo sobre nuestros pies. Pagó nuestras deudas, y también nos compró un carro y un caballo. 
   En ese momento apareció la anciana y dijo: 
—No sabemos si era un hombre o un ángel del Señor. Fue bueno con todos, tuvo piedad, y se marchó sin dar su nombre, así que no sabemos por quién rezar a Dios. Lo recuerdo como si hubiera sucedido ahora… Yo estaba yaciente, esperando la muerte, y vi a un hombre que entraba, un hombre calvo, que pedía algo para beber. Y yo, pecadora, pensé que era un vagabundo, pero mire lo que hizo: cuando nos vio abrió su bolso, justo aquí, y…
  La niña la interrumpió:
—No, abuela, primero puso el bolso en el medio de la habitación y sólo después lo puso en el banco.
  Y ambas empezaron a discutir y a recordar sus palabras y acciones: dónde se había sentado, dónde había dormido, qué había hecho y qué le había dicho a cada uno. 
   Al atardecer, el hombre de la casa apareció en un caballo, y él también empezó a hablar acerca de Elisey. 
—Si él no hubiera venido, habríamos muerto en pecado, porque estábamos muriendo con desesperación y murmurando en contra de Dios y de los hombres. Pero él nos puso sobre nuestros pies, y gracias a él encontramos a Dios y empezamos a creer que hay gente buena. ¡Que Cristo lo salve! Antes vivíamos como animales y él nos ha hecho seres humanos. 
  Le dieron a Efim comida y bebida, y un lugar donde pasar la noche, y ellos también se fueron a dormir. Pero después de acostarse, Efim no logró dormirse: no podía dejar de pensar en su amigo y en cómo lo había visto tres veces en Jerusalem, en el lugar más destacado. “Así que ésta es la manera en que se me adelantó” pensaba.”No sé si mis ofrendas serán reconocidas, pero las suyas el Señor las ha reconocido sin duda.”
  Por la mañana, Efim se despidió de la gente. Ellos llenaron su bolso de pasteles y se fueron a trabajar. Y Efim empezó a caminar… 

   Había estado ausente exactamente un año y en la primavera llegó a su hogar. Su hijo no estaba cuando él llegó, y cuando volvió, Efim comprobó que estaba ebrio. Empezó a preguntarle acerca de la casa y se dio cuenta que las cosas no habían funcionado bien sin él. Su hijo había gastado todo el dinero y había descuidado los negocios. Efim lo reprendió y el hijo respondió con palabras rudas. Entonces  el viejo se enojó y golpeó a su hijo. 
   Al día siguiente, Efim fue a visitar al sacerdote más anciano para hablarle de su hijo. Cuando pasó cerca de la casa de Elisey, la mujer de su amigo, que estaba en el patio, lo saludó:
—Bienvenido, amigo… ¿Tuviste, querido, un viaje exitoso?
   Efim se detuvo. 
—Sí, gracias a Dios. Estuve en Jerusalem, pero perdí a tu marido en el camino. Supe que ha regresado.
 —Sí, hace bastante que ha regresado… ¡Nos pusimos tan contentos al verlo, era desolado sin él! No me refiero a su trabajo, porque está envejeciendo. Pero él es la cabeza. ¡Qué feliz estaba nuestro hijo! Dijo que sin él era como estar sin luz para los ojos. ¡Lo amamos tanto!”
—Bien… ¿Y está ahora en casa? —preguntó Efim.
—En casa está, vecino, trabajando con las abejas. Elisey dice que ha sido una buena estación, no recuerda cuando ha habido tan enorme cantidad de abejas. Dice que Dios nos da sin tener en cuenta nuestros pecados. ¡Ven querido! Elisey estará muy contento de verte.
  Efim caminó hasta el lugar de las abejas. Y vio a Elisey cerca de ellas, debajo de un árbol, sin protección en la cabeza, sin guantes, extendiendo sus brazos y mirando hacia arriba. Su cabeza calva brillaba, lo mismo que en Jerusalem en el Sepulcro del Señor. Encima de él, a través del árbol, el sol brillaba, y por encima de su cabeza las abejas revoloteaban en círculo formando una corona y no lo picaban. 
   Efim se detuvo. La mujer de Elisey le gritó a su esposo: 
—¡Aquí está tu amigo!
   Elisey se dio vuelta para mirar. Estaba feliz, y se acercó a su amigo, quitando suavemente  las abejas que estaban sobre su barba.
 —¡Bienvenido, amigo, bienvenido, querido! ¿Tuviste un viaje exitoso?
—Mis pies me llevaron hasta allí y te traje un poco de agua del río Jordán. Pero no sé si el Señor ha recibido mis ofrendas…”
—¡Gracias a Dios. Cristo te salve!  
  Efim quedó en silencio.
—Estuve allí con mis pies, pero tú estuviste allí en espíritu…
 —Es el trabajo de Dios, mi amigo, el trabajo de Dios.
—Al regresar me detuve en la vivienda donde te perdí.
  Elisey se alarmó, y se apresuró a decir:
 —Es el trabajo de Dios, mi amigo, el trabajo de Dios. Bueno, ven,  te daré algo de miel. 
  Y Elisey cambió de tema, y empezó a conversar sobre asuntos hogareños. 
   Efim suspiró. No habló sobre la gente que Elisey había auxiliado, ni dijo que lo había visto en Jerusalem. 
  Y comprendió que Dios ha señalado que cada ser humano, antes de morir, cumpla sus ofrendas con amor y buenas acciones. 

sábado, 18 de febrero de 2017

Dostoievsky. El sufrimiento convertido en arte

    Fedor Dostoievsky es uno de los más grandes novelistas de la historia literaria, y al saber más acerca de su vida, decidí volver a leerlo para apreciar nuevamente su obra.

   Sus novelas son desgarradoras: dolor, enfermedad, muerte, pasiones y tormentos, el inconsciente, pero también la fe a pesar de los tormentos y la redención que sigue al crimen y la culpa.  Y toda su obra es un fiel reflejo de lo que fue su vida. Cinco años como preso político en Siberia, después de una experiencia límite en la que estuvo al borde de ser fusilado. La continua zozobra económica y el endeudamiento, agravados por su adicción al juego, que lo llevaron a exiliarse por largos períodos para huir de sus acreedores. El fallecimiento de dos de sus pequeños hijos, hecho que si bien era bastante común en esos tiempos, no por eso impedía el dolor de los padres. Y además, su mala salud, sus crisis epilépticas. Sin embargo Dostoievsky, quien era profundamente religioso, se inspiró en sus aflicciones y pudo convertirlas en arte literario. En muchos de sus personajes hay una perpetua exaltación, conflictos internos que se expresan mediante actos impulsivos y desatinados, y no es difícil adivinar detrás de esa casi locura, parecidos desgarramientos e impulsos en el autor. 

    Y sus novelas son sin duda espirituales, porque enlazados profundamente en la trama, están los temas de la existencia o no existencia de Dios, de la moral y el libre albedrío, de la culpa y la redención.

   En El Idiota el protagonista es la personificación de la bondad, la compasión y la sinceridad, lo cual lleva a otros personajes “más normales” a definirlo como idiota. En esta novela encontramos testimonios clarísimos de la vida de Dostoievsky, como un fragmento en el cual transmite su propia experiencia al ser condenado a muerte, lo que sintió durante los minutos que creyó eran los últimos de su vida. O el siguiente fragmento, donde hay una descripción minuciosa de esos estados alterados de conciencia que se experimentan antes de un ataque de epilepsia.
  “Él recordó que durante sus ataques epilépticos, o más bien inmediatamente antes, siempre había experimentado un momento o dos en que su corazón y su mente y su cuerpo parecían despertar a un vigor y una luz, y él se colmaba de alegría y esperanza, y todas sus ansiedades parecían desaparecidas para siempre… Que había belleza y armonía en esos anormales momentos, que ellos realmente contenían la más elevada síntesis de la vida, él no podía dudarlo… El sentimiento de intensa beatitud en ese momento…”

   En Los hermanos Karamazov, la fe y la falta de fe es representada mediante dos de los hermanos. El menor, novicio religioso en un monasterio y practicante del amor que se expresa en acción,  e Iván, quien cuestiona la existencia de Dios, al menos de un Dios bondadoso, debido al dolor y la crueldad que hay en el mundo. Dice Iván: “Pienso que si el diablo no existe, sino que el ser humano lo ha creado, lo ha creado a partir de su propia imagen y semejanza”.
   Hay un pasaje de la novela que los analistas citan con frecuencia “El gran inquisidor”, un poema de Iván, el cual especula acerca de lo que hubiera sucedido si durante el reinado de la Inquisición en España, Jesús Cristo hubiera nuevamente aparecido: “Él venía dulcemente, sin ser notado, y sin embargo todos lo reconocieron… La gente era irresistiblemente atraída hacia Él, lo rodeaban, lo seguían… Él se movía silenciosamente en medio de ellos con una suave sonrisa de infinita compasión…” 
   Y el poema narra el encuentro entre Jesús y el gran inquisidor. Éste, quien también lo reconoce de inmediato, lo manda detener y le dice: “Sé muy bien lo que dirías. Pero no tienes derecho a  añadir nada a lo que ya has dicho. ¿Por qué, entonces, has venido a  obstruírnos?… Mañana te condenaré y te quemaré en la estaca como al peor de los herejes”.

   En Crimen y Castigo, Dostoievsky se sumerge en la mente de un estudiante pobre que se convierte en criminal (al asesinar a una anciana usurera y su hermana),  y no hay duda que la experiencia de su autor, al estar en contacto con toda clase de criminales durante sus años de prisión en Siberia, está detrás de la profundidad psicológica con la cual construye al personaje y a sus conflictos morales internos luego de cometido el crimen. 
    
   Hay otros asuntos, explícitos o no, en las novelas de Dostoievsky, además de los usuales en toda novela (romances, conflictos familiares, amistades, etc.). La muerte es una presencia importante y también la realidad del inconsciente. Hoy en día el inconsciente es una parte nuestra honrada y reconocida, pero no cuando Dostoievsky escribía. Sin embargo, esta parte nuestra, sus ansiedades e impulsos, sus acechantes oscuridades, su manifestación mediante sueños simbólicos,  está presente en los atormentados personajes de sus novelas.

 Su vida también fue atormentada y sólo en sus últimos años logró algún sosiego, debido al éxito de sus novelas, que le dieron cierta seguridad económica, y a su matrimonio con una joven mujer, quien lo ayudó a estabilizarse, manejando con pericia sus asuntos materiales y envolviéndolo en el soporte del  amor familiar.


Nota: los fragmentos de El Idiota y Los Hermanos Karamazov, son traducción de la autora de este blog. 

martes, 13 de diciembre de 2016

Dostoievsky: cuento en nueva traducción




El árbol de Navidad celestial 

   Soy un novelista y supongo que inventé esta historia. Escribo “supongo”, aunque de hecho sé que la inventé, pero sigo imaginando que debe haber sucedido en algún lugar y en algún momento, que debe haber sucedido en vísperas de Navidad en una ciudad grande  con mucho frío. 
   Tengo la visión de un niño, un niño pequeño, de seis años o incluso menos. Este niño se despertó esa mañana en un sótano húmedo y helado. Estaba vestido con una especie de bata y temblaba de frío. Sentado en un rincón, sobre una caja, del aliento del niño salía una nube de vapor blanco y él soplaba el vapor fuera de su boca  y se entretenía en su aburrimiento observando como flotaba. 
   Pero el niño estaba terriblemente hambriento. Esa mañana se había acercado varias veces a la cama de tablones donde yacía su madre enferma, sobre un colchón tan delgado como un panqueque, con una especie de bulto bajo su cabeza a modo de almohada. ¿Cómo habría ella llegado hasta aquí?  Debe haber venido con su hijo desde alguna otra ciudad y repentinamente cayó enferma. La propietaria que alquilaba los espacios del sótano había sido llevada dos días atrás a la comisaría. Los demás inquilinos estaban afuera, ya que las fiestas estaban próximas, y el único que se había quedado no esperó la Navidad y estaba tirado desde hacía veinticuatro horas, completamente borracho. En otro rincón del sótano, una miserable anciana de ochenta años, que alguna vez había sido niñera y ahora había sido abandonada para morir sola,  estaba quejándose y gimiendo debido al reuma, y también refunfuñando y regañando al niño, por lo cual él tenía miedo de acercarse al rincón de ella. 
   El niño había conseguido agua para beber pero ningún mendrugo, y había estado a punto de despertar a su madre una docena de veces. Finalmente se sintió asustado: hacía rato que estaba oscuro, pero ninguna luz había sido encendida. Al tocar el rostro de su madre, lo sorprendió que ella no se moviera en absoluto y que estuviera tan fría como la pared. “Hace mucho frío aquí” pensó el niño. Y se quedó quieto, permitiendo inconscientemente que sus manos descansaran sobre los hombros de la mujer muerta.  Después sopló sus pequeños dedos para calentarlos, buscó a tientas su abrigo sobre la cama y salió del sótano. Habría salido antes, pero tenía miedo del gran perro que estaba gruñendo todo el día en la puerta del vecino, escaleras arriba. Ahora el perro ya no estaba y el niño salió a la calle. 
  ¡Dios mío, qué ciudad! Él nunca había visto algo así antes. En la ciudad de la cual él venía, siempre había una negra oscuridad por las noches. Con una sola lámpara para toda la calle y las vencidas viviendas de madera cerradas con persianas, después del anochecer no se podía ver a nadie en la calle. Toda la gente se encerraba en sus casas y sólo quedaban los gritos de los perros: cientos y miles de ellos ladrando y gruñendo toda la noche. Pero allí había abrigo y tenía comida, mientras que aquí…  ¡Oh…, si al menos tuviera algo para comer! ¡Y qué ruido y traqueteo, cuánta luz y cuánta gente, caballos  y carruajes, y mucho hielo!  El vapor helado colgaba en nubes sobre los caballos, sobre sus bocas que respiraban cálidamente, con sus cascos que resonaban contra las piedras a través de la nieve resquebrajada y… ¡Oh, cómo ansiaba algo para comer y cuán desdichado se sintió de pronto!...  Un policía pasó y se alejó,  para evitar ver al niño. 
   He aquí otra calle, ¡oh, y muy ancha! Aquí él sería con seguridad atropellado: todos gritaban, corrían y se abrían paso. Y la luz, ¡la luz! ¿Y qué era esto? Una enorme ventana de vidrios y a través de la ventana un árbol que llegaba hasta el techo. Era un abeto,  y sobre el abeto había muchas luces, papeles dorados y manzanas y pequeñas muñecas y caballitos. Y había niños limpios y bien vestidos corriendo por la habitación, riendo y jugando, comiendo y bebiendo. Una niña pequeña comenzó a bailar con uno de los niños, ¡qué linda niñita! Y él podía escuchar la música a través de la ventana. Miraba, se maravillaba y reía, aunque sus pies estaban doloridos debido al frío y sus dedos estaban rojos y rígidos, por lo cual le hacía daño moverlos. Pero de pronto el niño se dio cuenta de que sus pies y dedos le dolían, y empezó a llorar y a correr. 
    A través de otra ventana nuevamente vio un árbol de Navidad y sobre una mesa pasteles de todas clases -pasteles de almendra, pasteles rojos y amarillos- y tres opulentas señoras jóvenes estaban sentadas allí y ofrecían los pasteles a cualquiera que se les acercara. Y la puerta de calle se abría una y otra vez, permitiendo que entraran  muchísimos caballeros y damas. El niño se movió con sigilo, la puerta se abrió y él entró. ¡Oh, pero ellos le gritaron y le hicieron señas de que se marchara! Una señora fue hacia él apresuradamente y deslizó una moneda en su mano, y ella misma abrió la puerta de calle para que se fuera. ¡Qué asustado estaba!  La moneda se deslizó y tintineó sobre los escalones: él no había podido doblar sus dedos enrojecidos para sostenerla apretada. 
    Se alejó corriendo y siguió andando, aunque no sabía hacia dónde. Estaba por llorar nuevamente pero tenía miedo, y corrió…, corrió…,  y soplaba sus dedos. ¡Y era desdichado porque de pronto se sintió muy solo y aterrorizado, y eso de golpe, Dios mío!... 
   ¿Y qué era esto? Gente parada en medio de la multitud,  contemplando algo. Detrás de una vidriera había tres pequeños muñecos, con vestidos colorados y verdes, y exactamente, exactamente como si estuvieran vivos. Uno era un pequeño anciano sentado, tocando un gran violín; los otros dos estaban parados cerca y tocaban pequeños violines. De tanto en tanto movían la cabeza, se miraban uno al otro y sus labios se movían. Ellos estaban hablando, realmente hablando, sólo que no se podía escuchar a través del vidrio. 
   Al principio el niño pensó que estaban vivos y cuando se dio cuenta de que eran muñecos se rió. Él nunca había visto esa clase de muñecos y no tenía idea de que hubiera muñecos así. Y aunque deseaba llorar, estaba entretenido, entretenido con los muñecos. De pronto le pareció que lo tocaban desde atrás: un chico grande y malvado estaba junto a él. Súbitamente lo golpeó en la cabeza, le arrancó el gorro y le hizo una zancadilla. El niño cayó sobre el suelo… y hubo un grito. Estaba entorpecido por el terror, pero se levantó y se alejó corriendo. Corrió, sin saber hacia dónde iba, hasta que llegó al portón del patio de alguien y se acomodó detrás de una pila de leña: “No me encontrarán aquí, además está oscuro”. 
   Se sentó encogido y sin aliento debido al miedo, pero de golpe, repentinamente, se sintió feliz: sus manos y pies dejaron de dolerle y comenzó a sentir calor, tanto calor como si estuviera sobre una estufa. Después tembló y empezó a quedarse dormido. “¡Qué lindo dormir aquí! Me quedaré un poco y luego iré a mirar los muñecos de nuevo”,  pensó el niño, sonriendo al recordar los muñecos. “Parecían vivos”… 
   De pronto escuchó a su madre cantando por encima de él. “Mami, estoy dormido, qué lindo es dormir aquí”.
  “Ven a mi árbol de Navidad, pequeño”, susurró  una suave voz sobre su cabeza.
  El niño pensó que era su madre, aunque no, no era ella. No podía ver quién lo estaba llamando, pero alguien se inclinó sobre él y lo abrazó en la oscuridad.  El niño estiró sus manos hacia el que lo llamaba y… de repente… ¡Oh, qué luz tan brillante!... ¡Oh, qué árbol de Navidad!... Pero no era un abeto, nunca había visto un árbol como ese. 
   ¿Dónde estaba ahora?... Todo era radiante y brillaba, y alrededor de él había muñecos. Aunque no, no eran muñecos, eran pequeños niños y niñas, sólo que radiantes y brillando. Todos volaban alrededor de él y lo besaban.  Y lo levantaron y lo llevaron con ellos, y él también estaba volando. Y vió que su madre lo estaba mirando, mientras reía con alegría. ¡Mami, mami, oh, qué lindo es aquí, mami! Y de nuevo besó a los niños y quería contarles acerca de los muñecos en la vidriera. ¿Quiénes son ustedes, niños..., quiénes son ustedes, niñas? preguntó, riendo y admirándolos. “Éste es el árbol de Navidad de Cristo” le respondieron. “Cristo siempre tiene un árbol de Navidad en este día, para los niños pequeños que no tienen un árbol de Navidad propio…” 
   Y supo que todos esos niños y niñas eran como él… Algunos se habían helado en las canastas donde habían sido abandonados de bebés, sobre las escalinatas de la gente rica de San Petersburgo. Otros habían muerto en los pechos de sus madres hambrientas. Y otros habían muerto en los vagones de tren de tercera clase, debido al aire viciado… Y sin embargo, ahora estaban todos aquí, eran como ángeles alrededor de Cristo y Él estaba en medio de ellos y extendía Sus manos hacia ellos… Los bendecía a todos y también bendecía a sus madres… Y las madres de estos niños estaban a un costado llorando. Cada una conocía a su niño o niña. Y los niños volaban hacia ellas y las besaban y secaban sus lágrimas con sus pequeñas manos… y les rogaban que no lloraran porque ellos eran muy felices. 
   Por la mañana,  el portero encontró el pequeño cuerpo muerto del niño, helado junto a la pila de leña. Y también buscaron a su madre: ella había muerto antes que él.
    Y se encontraron delante del Señor Dios en el cielo. 

   ¿Por qué he creado este relato, tan fuera de lo corriente en un Diario común y sobre todo en el Diario de un Escritor? Y eso que prometí relatos que tuvieran que ver con sucesos reales. Pero así es. Y continúo imaginando que todo esto pudo haber sucedido realmente, o sea, lo que sucedió en el sótano y junto a la pila de leña. En cuanto al árbol de Navidad de Cristo, no puedo decirles si eso pudo haber sucedido o no. 

Violeta y el Camino de los 22 Arcanos, casi tres años en este blog

      Cuando publiqué tres de mis novelas en forma de blog, varias personas me aconsejaron que no lo hiciera. Sin embargo, no estoy arrepent...