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martes, 16 de abril de 2019

Novelas inmortales (4)

Nazarín, de Benito Pérez Galdós


    Así es la descripción del  personaje que da su nombre a la novela:          

Era  de  mediana  edad,  o  más  bien  joven  prematuramente  
envejecido, rostro enjuto tirando a escuálido, nariz aguileña, 
ojos negros, trigueño color, la barba rapada, el  tipo semítico  
más  perfecto  que  fuera  de la  Morería  he  visto:  un castizo 
árabe  sin  barbas. 
   
    Nazarín es un cura muy pobre, quizás santo o quizás loco (al fin y al cabo, los santos no son demasiado normales, algo de locos tienen), que vive en una mísera pensión y a quien, apenas comienza la historia, le han robado lo poco que tenía, incluyendo su ropa. Nazarín no cree en la propiedad privada y por eso no va a denunciar el robo. Ha elegido ser pobre, no quiere empleos fijos ni comodidades, cultiva la paciencia y la humildad. A todos ayuda, y para la dueña de la pensión es un santo. Pero la vida del sacerdote se complica cuando una mujer joven, una prostituta del barrio, le ruega que la esconda porque está herida, huyendo después de una riña. Nazarín no puede negarse, pero la desdichada, cuyo nombre es Andara, después de recuperarse provoca un incendio. El cura queda sin casa y sin trabajo, ya que sus superiores lo censuran por haber dado cobijo a esa mujer y dejan de llamarlo para las pocas misas que eran la única fuente de su sustento. Entonces, Nazarín decide volverse peregrino. Y descalzo, vestido de humilde paisano, se lanza al camino, con la esperanza de vivir de la caridad. Quiere hacer penitencia, anhela desgracias y padecimientos que lo purifiquen, y piensa que:

Dios, hablando a su espíritu, le ordenaba el abandono de todo 
interés mundano, la adopción de la  pobreza  y  el  romper  
abiertamente con  cuantos  artificios  constituyen  lo  que llamamos
civilización. Su anhelo de semejante vida era de tal modo irresistible, 
que  no  podía vencerlo  más.  Vivir  en  la  Naturaleza,  lejos  de  
las  ciudades opulentas  y corrompidas,  ¡qué  encanto! 

    Apenas alejado de Madrid, tiene diversos encuentros, entre otros con la incendiaria Andara, quien lo sigue y le ruega que la deje ir con él. Llegan a un pueblo donde una amiga de ella tiene a su pequeña hija enferma, casi moribunda. Andara le pide a Nazarín que vaya  a sanar a la niña. Él rechaza con enojo la fe de la mujer en su santidad, pero accede a llevar consuelo a la madre. En la humilde vivienda, las mujeres lo reciben con la esperanza de que sane a la pequeña enferma. La fe de las mujeres en Nazarín corre pareja con su negativa a  asumir lo que ellas esperan de él. Sin embargo, las invita a rezar y pone su mano en la frente de la niña. La profunda religiosidad de Nazarín, su compasión por los demás, corre pareja con su modestia. Lo que despierta en las mujeres es algo que solamente despiertan los santos. Ellas ven y perciben algo en el peregrino, que él mismo todavía no ve. A la mañana siguiente le comunican que la niña está mejorando y Nazarín decide continuar el viaje. Pero ahora, además de Andara, también lo sigue la tía de la niña, de nombre Beatriz.  Y esa misma noche, refugiados los tres en  una cabaña en ruinas,  empieza a impartirles enseñanzas religiosas. 
  La novela continúa mostrando las distintas peripecias y encuentros del santo y sus dos discípulas. Y aunque a veces hay humor en las descripciones, o cierta ironía, en ningún momento decae el respeto del narrador por la grandeza de su personaje. 
  Frente a cada situación, Nazarín imparte enseñanzas, da consejos…

.La ira es daño gravísimo que sirve de cebo a los demás pecados, 
y  priva  al  alma  de  la  serenidad  que  necesita  para  vencer  
el mal  en otras esferas… .Para  ser  buenos,  para  llegar  a  lo  que  
vulgarmente  llamamos perfección, debe empezarse por lo más fácil. 
Antes de atacar los vicios gordos, combatamos los menudos…
. Y  añadió  que  no  había  por  qué  ponerse  a  imaginar  los
sucesos futuros, fingiéndolos en nuestra mente favorables
o adversos, porque nunca sabemos, ni aun aplicando las regla
de la lógica, lo que pasará en las horas venideras. Caminamos  por  
la vida,  palpando  en  las  tinieblas,  como  ciegos,  y  sólo  Dios
sabe  lo  que  nos sucederá  mañana.

    No seguiré contando la historia, porque sería una anticipación de la trama, y creo que vale la pena leerla. Pero continuaré mencionando algunos fragmentos reveladores. 
    Como en todo místico, en Nazarín hay ciertos poderes psíquicos. Y el autor lo muestra cuando Beatriz va a confesarle algo a su maestro y éste le dice que ya lo sabía:

—¿Acaso lo adivinó? ¿Usted sabe lo que no ha visto, lo que 
no han dicho? 
 —A veces sí... Según quien sea la persona a quien le pasa 
lo que no veo. 
—¿Pero de veras, adivina?... 
—Esto no es adivinar..., es... saber... 

     Es muy interesante que lo que dice Nazarin acerca de los males de la sociedad, en el siglo XIX, sigue vigente ahora, en el siglo XXI:

Los pueblos  tienen  la  misma hambre que antes tenían. Mucho 
progreso político y poco pan. Mucho adelanto material, y cada día
menos trabajo y una infinidad de manos desocupadas. De la política
no esperemos ya nada bueno, pues dio de sí todo lo que tenía que dar….
En  la  Humanidad  se  notan  la  fatiga  y  el desengaño  de 
las especulaciones científicas, y una feliz reversión hacia 
lo espiritual…  Todo clama por la vuelta a los abandonados caminos 
que conducen a la única fuente de la  verdad:  la  idea  religiosa…

   Y a veces, Nazarín se convierte en filósofo y poeta:

 Dos cosas hay en este bajo mundo por donde nos pueda ser 
 comprensible lo infinito: el amor y la muerte…

   La influencia del santo sobre las dos mujeres, las va transformando. 
Así, dice el narrador sobre Beatriz: 

Su espíritu se iba encendiendo en el místico fuego, 
con las chispas que el otro lanzaba del rescoldo de su santidad. 
Habría ella  querido  llegar  al  caso  absurdo  de  no  comer 
absolutamente  nada;  pero como esto era imposible, se resignaba
a transigir con la vil materia… De madrugada  tuvo  frío,  y  bien  
envuelta  en su  manta  se  tendió  de  largo,  para descansar  
más  que  dormir,  y  con  la  conciencia  de  hallarse  despierta, 
vio cosas …¿Era  Dios, eran los ángeles, el alma de algún santo, 
o un purísimo espíritu que quería tornar forma sin poder conseguirlo...?

     La protección divina se manifiesta en milagros, como cuando,  refugiados los tres peregrinos en lo alto de un cerro y en peligro, debido a unos individuos que amenazaron subir con malas intenciones,  una súbita e inesperada neblina los oculta de los que suben.

   Nazarín es acusado por un alcalde bastante ilustrado de dárselas de apóstol y él dice:

 Yo no soy  apóstol,  ni  predico  a  nadie;  tan  sólo  enseño  la  
doctrina  cristiana,  la  más elemental y sencilla, a quien quiere 
aprenderla. La enseño con la palabra y con el  ejemplo.  Todo  
lo  que digo,  lo  hago,  y  no  veo  en  ello  mérito  alguno. 
  Entonces el alcalde  replica:
¿Y cómo he  de  creer  yo  que  un  hombre  de  sentido,  en
nuestros  tiempos  prácticos, esencialmente  prácticos,  o  si  se
quiere,  de  tanta  ilustración,  puede  tomar  en serio eso de 
enseñar con el ejemplo todo lo que dice la doctrina? 
¡Si no puede ser, hombre; si no puede ser!… Con el misticismo, 
que es lo que usted practica; no tendrá más que hambre, 
miseria pública y particular...
Y Nazarín le responde:
—Yo creo lo contrario. Tan puede ser, que es. 

    Más de un pasaje de la novela nos trae reminiscencias de la Pasión de Jesús y algunos críticos han dicho que Nazarín, de un modo quijotesco, intenta imitar fielmente a Cristo en una época materialista, por lo cual dicha imitación sólo puede verse como locura. Por mi parte, mientras leía las andanzas de Nazarín, no pude evitar la comparación con otra joya narrativa, un clásico de la literatura mística: “Memorias de un peregrino ruso”, de autor anónimo. 
   Es necesario, en nuestros días, superar el primer rechazo ante la prosa de Galdós, algo recargada, quizás adecuada para el siglo en que él escribía y muy del gusto de lectores con pasión literaria, pero que podría resultar un poco pesada para un lector actual y que no desea recurrir al diccionario para comprender un adjetivo o sustantivo inusual. Pero luego de superado ese primer rechazo, la novela atrapa, conmueve, despierta nuestros sentimientos más elevados. 
  En suma:  una gran novela, espiritual e inspiradora.  


  

domingo, 27 de enero de 2019

Cuando el arte invita a la reflexión: temas existenciales y espirituales en novelas y películas (9)



“Transcendence” 
Lo que puede ocurrir al transferir una conciencia humana a una computadora 

  “Transcendence” es una película de ciencia ficción del año 2014. En el centro de la trama: una pareja de científicos que investigan y experimentan con la “inteligencia artificial” (brillantes, jóvenes y enamorados) y un grupo terrorista que está en contra del avance tecnológico. Durante una conferencia, él (Will, interpretado por Johnny Deep) recibe un disparo por parte de uno de los terroristas y como la bala estaba envenenada con material radioactivo, le quedan apenas unas semanas de vida. Entonces, proyectan lo imposible hasta ese momento:  transferir la  conciencia de él a una super computadora, para que siga viviendo allí. 
   Esto de trasladar una conciencia humana a una computadora, aunque falta mucho aún para eso y todavía no sabemos si será realmente posible alguna vez, ya no pertenece sólo a la ciencia ficción. Hay científicos que están investigándolo y consideran que es una tecnología muy importante que podría prolongar la vida. Algo de lo que se necesita para conseguirlo ya existe o está siendo desarrollado, pero otros aspectos son apenas una posibilidad y muy difíciles de llevar a cabo. 
   El sistema nervioso central de un ser humano tiene más de ochenta billones de neuronas y cada una de esas neuronas está en contacto con miles de otras.  Transferir esa inmensa complejidad (cada neurona es en sí misma algo muy complejo) a una máquina, aunque podamos ya imaginarlo, es extremadamente problemático. Según los expertos, serían necesarios ordenadores mucho más avanzados que los que tenemos hoy, e incluso si eso sucediera en algún momento del futuro, continuaría siendo intrincadísimo transferir una mente.
      El gran obstáculo, el gran problema clave, es que la ciencia (concretamente la neurociencia) no conoce todavía cómo se genera la mente humana, no conoce qué es lo que hace funcionar a la conciencia, qué es lo que hace a un individuo ser como es. O sea, no ha logrado todavía explicar el modo en el cual nuestro cerebro trabaja: cómo, desde ese aparato biológico que es el cerebro, se crea una realidad que incluye recuerdos, pensamientos, sentimientos, fantasías, etc., etc. Esto es todavía un gran enigma, y si bien afirman que son las complejas conexiones de las neuronas las que crean esa realidad (un ser humano pensante y auto consciente), no solamente no saben aún cómo todo eso funciona sino que tampoco han podido demostrar que ese funcionamiento es el creador de lo que somos. Hay incluso, entre los mismos científicos, quienes dicen que la extrema complejidad del cerebro humano no se puede copiar, asegurando que es imposible codificar sentimientos, o facultades como la intuición y otras, propias de un ser humano. 
    En la película, con ayuda de un amigo tan brillante como ellos dos, consiguen que Will sea transferido (primero a varios procesadores cuánticos y luego a Internet) y empiece a vivir, a crear y a expandirse. Y aunque el amigo duda que sea él,  la esposa, hasta  casi el final del film, no duda, y se comporta como su colaboradora eficiente y fiel. 
   La pena con esta película, que presenta un tema interesantísimo, son las concesiones de sus realizadores al espectáculo, por lo cual termina siendo un thriller más, con las violentas y repetidas características del género. Sin embargo, el tema es lo suficientemente interesante como para invitar a la reflexión. 
    La gran pregunta sería:
   ¿Qué es la mente, qué es la conciencia? 
    Porque todas las investigaciones encaminadas a transferir la mente humana a un sistema informático se basan en una visión materialista de la realidad, en la cual la mente es un resultado del cerebro. 
   Pero desde una visión espiritual de la realidad, la mente no es un producto del cerebro, sino que el cerebro es el medio del cual se vale la Mente, la Conciencia, para funcionar en el plano físico. 
   En consecuencia, si el cerebro es apenas el transmisor de una Inteligencia que lo trasciende, y si un ser humano es más que una máquina biológica, es necesario que lo que se vuelque en una computadora sea algo más que los procesos neuronales y la memoria de un ser humano pensante. Sería necesario que el alma también se acomodara en —o se conectara con— el aparato cibernético. 
   Y esto tampoco es en principio imposible. ¿Por qué no? 
    Para respaldar esta idea, voy a recurrir a lo que dice Ken Wilber acerca de las energías sutiles (Toward a comprehensive theory of subtle energies, 2006)
    De acuerdo a las Tradiciones de Sabiduría, el alma es una chispa de Dios que sostiene la existencia individual en el plano de la materia. Y el alma (según Wilber y las Tradiciones) se ubica en la dimensión de las energías sutiles. 
  Y Wilber formula la siguiente hipótesis: 
   Para manifestarse o expresarse, la conciencia más elevada y las energías sutiles necesitan formas materiales de creciente complejidad. Aunque su existencia sea previa a la manifestación en la materia, para manifestarse necesitan alguna clase de cuerpo (o masa-energía) que las sostenga. 
  Y las energías rodean los cuerpos asociados a ellas en forma de campos. Wilber declara que estos campos pueden ser detectados con varios instrumentos, y que conocidos y respetados psíquicos perciben estos campos de energía, que son campos dentro de campos dentro de campos…
   Entonces, para que un alma individual (conciencia con un cuerpo energético sutil), pueda envolver o entrar en los circuitos de una super computadora, se necesitaría un soporte cibernético cuya complejidad igualara a la complejidad de un cuerpo o soporte biológico. Y esto, como vimos líneas más arriba, es la meta de los que investigan en este asunto. Si los científicos lo consiguieran, un alma podría, por ejemplo al desencarnar, volver a encarnar ya no en un cuerpo biológico, sino en un cuerpo de siliconas. 
    Si el alma es pura energía, energía que contiene recuerdos e información, que evoluciona y es eterna (tan eterna como el Espíritu Total del que emerge), esa energía, que se retira del cuerpo cuando éste muere y lo sobrevive, también podría circular por los circuitos de una computadora o conectarse con ese sostén cibernético de algún modo.   

  
       

viernes, 23 de noviembre de 2018

Novelas inmortales (3)



 “David Copperfield” - Charles Dickens
  
     Considerada una de las novelas más autobiográficas de Dickens, narra la vida de un inglés del siglo XIX, a partir de su nacimiento hasta su madurez.
     Desde las primeras páginas se percibe lo humanitario que era el autor, debido a los valores que la historia manifiesta. Aparece con fuerza el tema de la bondad y otras cualidades humanas positivas. Los personajes buenos son los predilectos, aunque también están idealizados, al punto de que algunos son casi santos. Pero no me parece mal, son un modelo de como todos deberíamos ser. Los sentimientos más elevados que un ser humano puede sentir por otro, los cuales incluyen el amor incondicional y la abnegación, lo sienten algunos entrañables personajes de la novela. Y lo notable es que la atmósfera de bondad y compasión, transmitida por el autor mediante la trama y los personajes, se contagia al lector.   
   Preparé a P para la llegada de S, que apareció pronto. Estoy persuadido de que no había diferencia para ella, y consideraba las cosas que había hecho S por mí como si las hubiera hecho por ella misma, y estaba dispuesta a recibirle con gratitud y devoción; pero sus alegres modales, tan francos, su buen humor, su hermoso rostro y el don natural que poseía para ponerse al alcance de todos aquellos a quienes encontraba y para tocar precisamente (cuando quería molestarse en ello) la cuerda sensible de cada uno, todo esto conquistó a P en un momento. Además, su modo de tratarme a mí habría sido suficiente para subyugarla. Así, gracias a todas estas razones combinadas, creo que en realidad sentía una especie de adoración por él cuando salimos de su casa aquella noche.
   Desde aquella noche siento por P. algo que no sabría definir. No era que reemplazase a mi madre, eso nadie hubiera podido hacerlo; pero llenaba un vacío en mi corazón que se cerró dejándola dentro, algo que no he vuelto a sentir nunca por nadie…
 
   Hay en la narración lirismo, mucho humor y cierta ironía. Como ejemplo de la ironía, un personaje habla con su abogado de un contrato que tendrán que confeccionar y dice:
     Y pronto tendrá usted que formalizar un contrato entre nosotros con todas las cláusulas obligatorias que hacen parecer a dos hombres de honor que se comprometen, dos pillos que desconfían el uno del otro.
    O este otro fragmento, en que hace alusión a lo que se siente después de beber alcohol:
   Después de cenar, encontrándome en un agradable estado de ánimo (de lo que saqué en consecuencia que hay momentos en los que el envenenamiento no es tan desagradable como dicen), decidí ir al teatro.

   Como todo gran novelista, Dickens tenía mucha penetración psicológica y posiblemente era una persona que se observaba y se veía a sí misma. Me he sorprendido más de una vez ante reflexiones acerca de cómo somos, ante fragmentos de reveladora introspección, que parecen propias de un ser humano del presente (en que la psicología nos puso al tanto de tantas verdades acerca de nosotros mismos) y no de alguien que está viviendo en el siglo XIX:
   No solamente nuestro carácter también sufre a veces, sino que tenemos la grave responsabilidad de no estropear a todos los que entran a nuestro servicio o que tienen que ver con nosotros. Empiezo a temer que no esté toda la culpa en un lado solo, y que si todos esos individuos se estropean, quizás sea porque tampoco nosotros vamos muy bien.
   Si algún niño ha sentido una pena sincera, era yo; sin embargo, recuerdo que la importancia de mi desgracia me causaba cierta satisfacción cuando me paseaba por el patio mientras los otros niños continuaban en clase 
     Nada se consigue hacer en una vida de perpetua intranquilidad y tristeza …
    Mi cabeza nunca puede escoger mis pensamientos. Van y vienen por ella como quieren…

   Sus ideas acerca de los males de la sociedad están claramente expuestas: 
      Las personas ocupadas también toman parte en el mal del mundo, puede usted estar seguro, y si no, ¿qué es lo que han hecho desde hace un siglo o dos los que más han trabajado en adquirir poder o dinero? ¿Cree usted que no han hecho también bastante daño?...

    Y es patente la simpatía del autor por las gentes humildes o por ciertos personajes que aunque buenos tienen defectos muy humanos, como Mr. Micawber (probablemente inspirado por su padre), quien gasta más de lo que gana y va a prisión por deudas impagas. Así, es marcado el contraste entre su descripción de los ambientes humildes (cálidos, sinceros, llenos de emoción y espontaneidad) y los ambientes burgueses. En estos últimos hay a veces frialdad, emociones que no se expresan, orgullo y desdén. En una graciosa escena que describe una comida entre gente de clase alta, el narrador se burla de ciertos rasgos muy burgueses (y por mi propia experiencia, muy británicos):
   En varias ocasiones pensé que habríamos estado mucho mejor siendo menos amables. Éramos tan exageradamente amables, que el círculo de la conversación resultaba muy limitado.

   Ciertas cualidades importantes son destacadas y ensalzadas: la fidelidad, el respeto, la benevolencia, el agradecimiento, la caridad, la solidaridad… Dickens era cristiano, muy creyente (y también le atraía lo oculto) y expresa de una forma exquisita los pensamientos y sentimientos más elevados que un ser humano puede tener.
  Todos podemos hacer el bien en este mundo únicamente con querer hacerlo…
   Pensaba en todos los lugares solitarios en que había dormido y le pedí a Dios que me hiciera la gracia de no volver a encontrarme sin asilo y de no olvidar nunca a los que no tienen un techo donde cobijarse.
   Y el extraño sentimiento (que quizá no es extraño a todos) de que aquello había sucedido ya antes en un tiempo indefinido y que sabía de antemano lo que iba a decirme, se apoderó de mí.
  Al principio me extrañaba bastante el consuelo que encontraba dibujando esqueletos, y durante cierto tiempo le consideré como una especie de asceta que trataba de recordar por medio de aquel símbolo de mortalidad lo limitado de todas las cosas…
      
  Se ha acusado a Dickens de un exceso de sentimentalismo, y por momentos es cierto. Hay abundancia de sentimientos en esta novela, predominando los amorosos pero también los de odio y desprecio, como el que repetidamente siente el protagonista por un personaje algo repulsivo. Pero los sentimientos de amor y amistad, de lealtad y camaradería, están narrados con tanta sensibilidad, que hay por momentos como un  brotar de amor y alegría desde las páginas que (y lo repito) se contagia al lector.
    En suma: una novela que aún se puede leer con placer, entretenida, emotiva y profundamente inspiradora.





sábado, 15 de septiembre de 2018

Novelas inmortales (2)

Los miserables – Víctor Hugo
  La novela comienza con el encuentro entre un expresidiario, Jean Valjean, (un hombre a quien las circunstancias difíciles de la vida lo habían llevado a robar) y un obispo que -cuando nadie le daba cobijo, ni siquiera pagando- lo recibe en su casa y le da comida, además de una cama con sábanas limpias para dormir. Valjean no puede resistir la tentación y antes de irse de la casa que lo cobijó roba unos cubiertos y unos candelabros de plata. Pero el santo obispo acepta el robo, evita que la policía se lleve al ladrón y regalándole los  hermosos candelabros le dice:
−Jean Valjean, hermano mío, vos no pertenecéis al mal, sino al bien. Yo compro vuestra alma; yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición, y la consagro a Dios.
  Este encuentro con un hombre santo transforma al protagonista y lo convierte en un ser humano dedicado a la perfección de su alma y al servicio de los demás.
  (Jean Valjean) vino … tranquilizado ya, con esperanzas, sin tener más que dos ideas: ocultar su nombre y santificar su vida. Huir de los hombres y volver a Dios. Algunas veces estas dos ideas disentían; y entonces el hombre… no dudaba en sacrificar la primera a la segunda, su seguridad a su virtud...   
  El formato de esta novela que no ha envejecido se acerca bastante al folletín. Quizás era lo que el público lector esperaba en esos tiempos (siglo XIX), donde las novelas solían publicarse por entregas, en revistas, y donde el suspenso y una acción sostenida eran el principal ingrediente para el éxito. Así eran las novelas de Alejandro Dumas y así también las de Dostoievsky. Sin embargo, este formato de folletín, la exageración en algunos episodios (como la repetición de escenas en las cuales ciertos personajes se vuelven a encontrar y no se reconocen, o numerosas coincidencias que exceden lo creíble) y el exceso en la maldad o en la bondad de algunos personajes, no impiden que la fuerza de su mensaje y la intensidad de la narración nos atrapen, nos conmuevan, nos iluminen.
   Y aunque las coincidencias a veces son exageradas, ¿no hay acaso en nuestras vidas, a menudo, coincidencias que nos sorprenden? El propio autor hace un comentario respecto a las coincidencias:
  Y probablemente no hubiera servido de nada el descubrimiento hecho... si por una de esas coincidencias misteriosas, tan frecuentes en los sucesos más casuales,...
  Como todo héroe, Jean Valjean es  potente, osado, jamás pierde la calma: de un modo casi milagroso logra escapar de situaciones terribles y peligrosas. Y a pesar de la tragedia que acecha todo el tiempo y del inevitable sufrimiento de algunos personajes, el Bien se abre camino...
  ¿No hay en toda alma humana, no había en el alma de Jean Valjean en particular, una primera chispa, un elemento divino, incorruptible en este mundo, inmortal en el otro, que el bien puede desarrollar, encender, purificar, hacer brillar esplendorosamente, y que el mal no puede nunca apagar del todo?  
  En cierto episodio aparece la lucha moral de nuestro héroe, lucha igual a la que todos podemos librar ante circunstancias semejantes, cuando el miedo o la comodidad nos empujan en una dirección, pero el deber moral, la conciencia, nos empujan en otra.
  Examinó su situación y le pareció inaudita. Sintió un temor casi inexplicable, y echó cerrojo a la puerta, como si temiera que entrara algo. Después apagó la luz. Le estorbaba; creía que podrían verlo. Pero lo que quería que no entrara, ya había entrado; lo que quería cegar, lo miraba fijamente: su conciencia. Su conciencia, es decir Dios...¿No tenía otro objetivo su vida, el objetivo verdadero, el de salvar no su persona sino su alma, ser bueno y honrado, ser justo? ¿No era esto lo que él había querido y lo que el obispo le había mandado?... ¿Qué hacer, gran Dios, qué hacer? Así luchaba en medio de la angustia aquella alma infortunada. Mil ochocientos años antes, el ser misterioso en quien se resumen toda la santidad y todos los padecimientos de la humanidad, mientras que los olivos temblaban agitados por el viento salvaje de lo infinito, había también él apartado por un momento el horroroso cáliz que se le presentaba lleno de sombra y desbordante de tinieblas en las profundidades cubiertas de estrellas.
    En otro episodio, vemos la crisis moral de un personaje importantísimo, obstinado e implacable a lo largo de la novela, pero a quien el Bien toca y trastoca:
...una justicia de Dios, contraria a la justicia de los hombres. Divisaba en las tinieblas la imponente salida de un sol moral desconocido, y experimentaba al mismo tiempo el horror y el deslumbramiento de semejante espectáculo...
  Víctor Hugo fue un creador polifacético y uno de los más importantes exponentes del Romanticismo, aunque su obra sobrepasa la inclusión dentro de un género único. Como él mismo declaraba, la literatura debe también enseñar, asumir valores, plantear ideas filosóficas y morales. Y como se desprende de la lectura de Los Miserables, era un ser humano muy espiritual, muy  creyente (probablemente había en él un profundo misticismo), porque la presencia de Dios es en esta novela importantísima.
  En muchas de las milagrosas coincidencias que salvan a los personajes, el autor no oculta que está la presencia de Dios por detrás.  
  Jean Valjean no sabía... adónde iba, y ponía su confianza en Dios... (y) recordaba que precisamente dos casas de Dios lo habían acogido en los momentos críticos de su vida; la primera cuando todas las puertas se le cerraban y lo rechazaba la sociedad humana; la segunda, cuando la sociedad humana volvía a perseguirlo, y el presidio volvía a llamarlo; sin la primera, hubiera caído en el crimen; sin la segunda, en el suplicio. Su corazón se deshacía en agradecimiento, y amaba cada día más....
... La pupila se dilata en las tinieblas, y concluye por percibir claridad, del mismo modo que el alma se dilata en la desgracia, y termina por encontrar en ella a Dios.  
 La prosa de Victor Hugo es a veces admirable, como podemos ver en el siguiente párrafo:
   A la edad en que la juventud inflama el corazón, con imperial altivez, bajó más de una vez los ojos a sus botas agujereadas, y conoció la injusta vergüenza, el punzante pudor de la miseria. Prueba admirable y terrible, de la que los débiles salen infames, de la que los fuertes salen sublimes. La vida, el sufrimiento, la soledad, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen sus propios héroes; héroes obscuros, a veces más grandes que los héroes ilustres. Así se crean firmes y excepcionales naturalezas. La miseria, casi siempre madrastra, es a veces madre. La indigencia da a luz la fortaleza de alma; el desamparo alimenta la dignidad; la desgracia es la mejor leche para los generosos.... En todas sus pruebas se sentía animado, y aun algunas veces impulsado por una fuerza secreta que tenía dentro de sí. El alma ayuda al cuerpo, y en ciertos momentos le sirve de apoyo...
  En suma: una novela extraordinaria, inspiradora y  trascendente, que no dudaría en conceptuar como novela espiritual.

domingo, 17 de junio de 2018

Cuando el arte invita a la reflexión: temas existenciales y espirituales en novelas y películas (8)


                                                                                   El vuelo

Advertencia: este comentario contiene “spoilers”, o sea, anticipaciones de la trama, así que si todavía no la vieron y no quieren arruinar  el encanto del suspenso, no lean este post.

    En un vuelo de rutina en medio de una tormenta, el avión comienza a fallar, pero el capitán de la nave (Denzel Washington)  consigue con éxito un aterrizaje forzoso en un campo y logra así que se salven la mayor parte los que iban en el avión, excepto cuatro pasajeros y dos azafatas.  La gran paradoja del film es que el piloto es un alcohólico y, mientras maniobraba para salvar al avión de un modo que luego se juzga como casi milagroso (pone al avión boca abajo), estaba sin dormir y bajo los efectos no sólo del alcohol sino también de la cocaína (que usa para mitigar los efectos de la borrachera). 
   Durante buena parte de la película el capitán se refugia en una granja deshabitada que era de su familia, lucha por dejar de beber pero no lo consigue, fantasea con huir en un pequeño avión de su propiedad, inicia un romance con una bella drogadicta a la heroína que conoció en el hospital y es asistido por su sindicato y un abogado, quien trata de eliminar las pruebas de laboratorio que le hicieron luego del accidente y que demuestran que estaba intoxicado.   
   El momento clave de la película es casi al final, cuando el protagonista se ve enfrentado a un dilema moral: tiene que presentarse a una audiencia pública para demostrar que no estaba intoxicado durante el accidente. Se aisla en lo de un amigo y logra dejar de beber, para así presentarse sobrio, con capacidad de controlar lo que dice, a dicha audiencia. La noche previa lo hospedan en una habitación de hotel, cuya heladera no contiene ninguna bebida peligrosa. Pero el capitán no logra conciliar el sueño. Entonces, aparece  un elemento imprevisto. Y aquí tengo que acotar que al director del film, Robert Zemeckis, le gustan los elementos imprevistos o debidos al azar. En su película El Naufrago (ver comentario en otro post de este blog) es una vela, aquí se trata de una puerta mal cerrada en el cuarto de hotel contiguo al suyo. El insomne capitán entra a curiosear, se encuentra con la nevera llena de bebidas alcohólicas y… se bebe una buena cantidad de ellas. 
  En una escena previa de la película, cuando el protagonista estaba en el hospital, un importante personaje fugaz, un joven con cáncer terminal, había comentado que detrás del azar (de los sucesos imprevistos) siempre está Dios. Y ocurre que esa puerta mal cerrada cambia todo el curso de la historia. A la mañana, cuando van a buscarlo para la audiencia, lo encuentran completamente borracho y semi desmayado en el suelo. Él pide que llamen a su vendedor de droga, y gracias a una buena dosis de cocaína logra recomponerse y asistir a la audiencia.  Allí, la fiscal que dirige la investigación por parte del gobierno, aunque reconoce que el piloto salvó al avión con su pericia y aunque ya se ha demostrado que la causa del accidente estuvo en desperfectos técnicos del aparato, lo conmina de un modo inclemente a declarar quien era alcohólico en el avión, ya que se encontraron dos botellitas de vodka vacías en la cabina de los pilotos y azafatas. En función de las pruebas de laboratorio, hay sólo dos alcohólicos posibles: o él o una de las aeromozas que murió (con quien él había tenido un largo encuentro sexual la noche previa al accidente). 
   Todo está preparado para que el capitán vuelva a mentir y declare que la alcohólica era su amiga. Pero mientras la implacable fiscal lo urge a responder y él observa en una pantalla la enorme foto de su amante muerta, algo en él se quiebra y ya no puede seguir mintiendo. Pide ayuda a Dios y confiesa frente al público y las cámaras, o sea, frente a todo el mundo, que el alcohólico es él, salvando así la imagen póstuma de su amiga. 
    Como en otras películas de Zemeckis, en ésta hay paradojas. En Forrest Gump una persona con inteligencia inferior a la normal se abre camino y triunfa, en este film un drogadicto y alcohólico salva a un avión mediante una destreza sobrehumana. Es interesante al respecto el comentario de un crítico del “Hollywood Reporter”, quien dice que el guión presenta la idea de que el piloto tuvo el valor de hacer esa atrevida maniobra (poner el avión boca abajo), precisamente porque estaba drogado. Pero no creo que el director y el guionista hagan con esto una apología de las sustancias ilegales o del alcohol (una sustancia que debería ser ilegal). No creo que esa fuera su intención. Lo que sucede es que estamos ante una película que desenmascara lo que nadie quiere aceptar. Supuestamente las personas normales, y más aún las que la sociedad acepta y admira (como un sobresaliente piloto de avión), no beben alcohol ni se drogan. Pero la realidad es que un buen porcentaje de las personas normales y también de las sobresalientes, beben alcohol y/o se drogan, con sustancias ilegales o con sustancias legales (como los psicofármacos). 
   Vivimos en una sociedad hipócrita, y ésta es una de las películas más anti hipocresía que he visto en mi vida. Como ejemplo la escena en la audiencia, (otra gran paradoja). El protagonista, de haber estado sobrio, hubiera sido un hipócrita más: en connivencia con su abogado, con el sindicato y con el dueño de la empresa aeronáutica, hubiera negado que estaba intoxicado durante el accidente. Pero se quiebra y se comporta de una manera sumamente ética, respetuosa de Dios y de la verdad, mientras está alcoholizado. Ya no puede mentir. “Estaba ebrio durante el accidente, dice frente al micrófono. Y estoy ebrio ahora”.
   Y señalemos que ese elemento imprevisto que cambia todo, es un mensaje importante de la película (también muy importante en El Naufrago): que, por lo general, no controlamos nada, aunque sí creemos que lo hacemos. Hay fuerzas que nos sobrepasan y que, con frecuencia, determinan el curso de los acontecimientos. El protagonista es arrogante, niega que es alcohólico (algo común en los alcohólicos, hasta que inician un proceso de curación), le pide a su copiloto y a la única aeromoza sobreviviente que mientan para ocultar que él estaba intoxicado, tiene la ayuda del sindicato y de un competente abogado, y sin embargo, un elemento imprevisto, debido al azar (o sea, a Dios), desbarata todas sus intenciones y las intenciones de los que quieren que él aparezca como el piloto ideal.
    Y Dios está muy presente en esta película. Los primeros en auxiliar a las víctimas son un grupo evangelista cristiano, quienes “casualmente” estaban reunidos al lado del lugar donde aterriza el avión. El copiloto es muy religioso, como así también la aeromoza sobreviviente. El chico enfermo con cáncer habla de Dios, y el abogado también va a mencionar a Dios en su alegato. En cuanto al protagonista, hay una transformación en él respecto a Dios.  Mentiroso y algo cínico, poco creyente (¿Qué Dios causaría un accidente así? le dice a su abogado), pero cuando se quiebra durante la audiencia pública, su primer pensamiento va hacia Dios, a Quién pide ayuda. Y es pidiendo la ayuda de Dios, que se arrepiente y confiesa.   
  Las escenas finales (algunos años después) lo muestran como un hombre distinto: se ha recuperado de su alcoholismo, se ha reconciliado con su único hijo (quien ahora lo admira), y es claramente un ser humano más en paz consigo mismo y con la vida que antes: un ser humano íntegro.
  
















jueves, 26 de abril de 2018

Relatos y novelas inmortales (1)



Guerra y Paz, de León Tolstoi

    Hay novelas inmortales, que aunque pasen los años, incluso los siglos, se seguirán leyendo con el mismo entusiasmo. Son novelas que no envejecen, porque tocan los grandes temas, los de siempre. La vida y la muerte, el amor y su ausencia,  el dolor y la alegría, Dios y los seres humanos.  
   Guerra y Paz, del gran Tolstoi, es una de ellas. Y vuelvo con este post a uno de mis grandes amores literarios, cuya obra entera, por su profundidad y alcance, nos lleva siempre, ineludiblemente, a la reflexión. 
   La volví a leer hace poco, por segunda o tercera vez en mi vida, y volvió a entusiasmarme y a conmoverme. En ella se narran varios años en la vida de algunos personajes, todos pertenecientes a la nobleza rusa, durante el período de las guerras napoleónicas, a principios del siglo XIX. Los momentos de guerra se alternan con los momentos de paz, la felicidad con la pena, la esperanza con la amargura…, como en la vida misma. 
    Como en todas sus narraciones, Tolstoi es profundo, profundísimo. Se mete dentro de sus personajes, nos muestra como sienten, como piensan, como evolucionan. Y aunque sean personas de la nobleza rusa, de hace dos siglos, sus pensamientos, sentimientos, contradicciones, grandezas y miserias, no son demasiado distintos de los que podríamos experimentar nosotros mismos, seres humanos del siglo XXI. 
   Entre los escenarios principales están los de la guerra. Y esto no ha perdido su vigencia, porque en este planeta sigue habiendo guerras. He aquí un fragmento magistral, donde Tolstoi narra el final de una batalla entre los ejércitos rusos y los de Napoleón: 
   Los hombres de uno y otro ejército, fatigados, hambrientos, empezaron a dudar igualmente de si era preciso continuar matándose los unos a los otros; en todos los rostros se observaba la vacilación, y cada uno se planteaba la pregunta: «¿Para qué? ¿Por qué he de matar o ser matado? ¡Matad si queréis, haced lo que queráis, yo ya estoy harto!» Hacia la tarde, este pensamiento maduraba por igual en el alma de cada uno. Todos aquellos hombres podían, en cualquier momento, horrorizarse de lo que estaban haciendo, abandonarlo todo y huir. Pero, a pesar de que al final de la batalla los hombres sintieran ya todo el horror de sus actos, con todo y que se hubieran sentido muy contentos deteniéndose, una fuerza incomprensible, misteriosa, continuaba reteniéndolos, y los artilleros, sudando a chorro, sucios de pólvora y de sangre, reducidos a una tercera parte, sin poderse tener en pie, ahogándose de fatiga, continuaban conduciendo cargas, cargando, apuntando, encendiendo la mecha y las balas, que, con la misma rapidez y la misma crueldad, continuaban volando de una parte a otra y destrozaban cuerpos humanos.
     No dudaría en poner a esta gran novela en la categoría de novela espiritual, porque la presencia de Dios, del Espíritu, de nuestras almas inmortales, se renueva a lo largo de sus muchas páginas. Y también se renueva lo que Tolstoi nos muestra. Por ejemplo, la ligereza y superficialidad, la vida vacía, solamente volcada a los placeres, de algunos personajes, en contraste con la permanente inquietud y búsqueda de sentido en otros. O la inocente alegría de los enamorados junto a la volatilidad de esos sentimientos. O lo que sienten los personajes ante momentos claves de la vida, como la muerte de un ser querido. 
   En el siguiente fragmento, uno de los personajes asiste a la muerte de su padre:
    Pedro conocía perfectamente aquella gran alcoba dividida por arcos y columnas y cubierta de tapices persas. Más allá de las columnas, a un lado, hallábase un gran lecho de caoba con dosel y cortinas de seda, y en el otro un enorme altar lleno de iconos. Todo este lado estaba iluminado a diario, como las iglesias durante el oficio vespertino. Dentro del cuadro de luz del altar veíase una especie de asiento muy largo, con la cabecera llena de almohadas blancas como la nieve, no arrugadas aún, que, evidentemente, habían sido colocadas hacía poco. En él yacía, envuelta hasta la cintura en un cubrecama verde claro, aquella vieja figura que Pedro conocía tan bien: su padre, el conde Bezukhov…   Cuando Pedro se acercó a él, el Conde le miró fijamente, pero con aquella mirada de la cual el hombre no puede comprender ni el sentido ni la importancia; o aquella mirada no significaba absolutamente nada, a excepción de que un hombre cuando tiene ojos necesita mirar a un lado o a otro, o significaba demasiadas cosas…  Pronto, en los músculos salientes y las profundas arrugas de la cara del Conde apareció un temblor. Aumentó éste y se le desvió la boca. Hasta entonces, Pedro no comprendió bien que su padre se encontraba a las puertas de la muerte. De la deformada boca salió un estertor…  Pedro sintió en el pecho un estremecimiento, un escozor en la nariz y las lágrimas le velaron los ojos...       
   O las reflexiones acerca del amor humano y el Amor Divino, por parte de un personaje en su lecho de muerte:
   Y siguió pasando revista a todo lo que le había sucedido. Se representaba con singular clarividencia la ambulancia…  Pero su alma no se hallaba en estado normal…  De improviso, las ideas y los sentimientos renacieron en él con una claridad, con una intensidad sorprendente.”Sí, el amor -pensó-, pero no ese amor que se siente por cualquier cosa, sino el que sentí por vez primera cuando vi y amé a un enemigo moribundo. Yo he experimentado ese amor, que es esencia misma del alma que no necesita objetivos. Ahora mismo tengo una sensación de beatitud: deseo amar al prójimo, a los enemigos; deseo amarlo todo, amar a Dios en todas sus manifestaciones. Se puede amar con amor humano a una persona querida; sólo a un enemigo se le puede amar con un amor divino. Por eso experimenté tanta dicha cuando me di cuenta de que amaba a aquel hombre. ¿Qué habrá sido de él? ¿Vivirá todavía? El amor humano puede convertirse en odio, el amor divino no puede modificarse: nada, ni siquiera la muerte, es capaz de destruirlo. Es el sentido del alma...” 
   
Nota: todas las citas de este post están extraídas de la versión en castellano de la novela que se encuentra en Internet, la cual –lamentablemente- es una versión reducida, pero cuya descarga es legal, libre y gratuita.  

viernes, 23 de marzo de 2018

Cuando el arte invita a la reflexión: temas existenciales y espirituales en novelas y pelìculas (7)



El último rostro (Diré tu nombre) y  los héroes anónimos

  Esta película, dirigida por Sean Penn, además de conmovernos, transmite ideas, de esas que después nos dejan pensando. Y a mí me dejó pensando en los héroes anónimos.  
   Con frecuencia admiramos a ciertos personajes por las acciones  valiosas que han desplegado a lo largo de sus vidas, al consagrarse a luchas y esfuerzos que favorecieron a los demás. Y solemos ensalzar a esas personas, que con sus vidas han pasado a la historia como ejemplos de valor y sacrificio. Son personas heroicas y funcionan como modelos para nuestras más modestas personalidades. Un Gandhi, el apóstol de la no-violencia,  o los esposos Curie, héroes de la ciencia, y muchos otros. Pero rara vez pensamos en los héroes anónimos, aquellos que no pasan a la historia, pero que son igualmente modelos de nuestras facultades más nobles y elevadas. Y esta película nos presenta a uno de estos héroes anónimos. 
   El Dr. Miguel León, interpretado por el  gran actor Javier Bardem, es un médico cirujano español que trabaja como voluntario en zonas de conflicto, entre los refugiados y víctimas de las guerras de África. Se muestra su sacrificio y el de sus compañeros médicos, que arriesgan continuamente sus vidas para salvar las vidas de otros.  Y lo curioso es que el personaje no es un ser humano excepcional. Es bastante normal en muchos aspectos, como por ejemplo en sus relaciones románticas con algunas colegas mujeres. Pero el haber elegido como forma de vida a una labor altruista, sacrificada, incómoda y peligrosa, lo convierte en héroe. 
   Sin duda, debe haber personas así en muchos lados, y rara vez sabemos algo sobre ellos. Aunque en la película la ONG para la cual los médicos trabajan se llama Médicos del Mundo, en una de las escenas iniciales Miguel aparece con la inscripción “Médicos sin fronteras” en su bata de trabajo. Quizás haya sido un guiño del director o quizás estaban filmando en un verdadero campo de refugiados (dada la enorme cantidad de personas que aparecen no es imposible), y el nombre de dicha ONG  era una forma de facilitar el desplazamiento de los personajes por el área. 
   El romance de Miguel con Wren (Charlize Theron), una colega sudafricana (que a diferencia de él muestra pronto sus límites de tolerancia ante el dolor y el espanto que los rodea todo el tiempo), romance que aparentemente sostiene como una historia central todo el hilo de la narración, queda opacado ante la fuerza de los mensajes fundamentales de la película, claramente humanistas. Está por un lado el fuerte mensaje pacifista, el cual, no por ser un tema abordado con frecuencia en el cine y la literatura, deja de ser un tema eternamente importante. La guerra, esa absurda destrucción de unos seres humanos por parte de otros, es aquí duramente mostrada (mediante imágenes de crudeza y realismo sobrecogedor) con toda su insensatez, con su brutal e injustificable creación de sufrimiento, con toda su lacerante e ignominiosa presencia.
  Pero hay también asuntos más íntimos, como los relacionados con nuestras elecciones de vida… 
  En una escena de la película, Wren le cuestiona a Miguel lo que están haciendo, sugiriendo irse, ya que ese sacrificio es inútil. Pero él lo defiende, desde un lugar simplemente humano y propio de su vocación de médico: 
—Ya sé que no vamos a salvar al mundo con lo que hacemos —dice Miguel—. Sólo salvemos a este hombre…, a esa chica…, a este niño…, aquí…, ahora…
—¿Salvarlos para qué, para qué clase de mundo? —replica Wren.
—El mundo de ellos… —afirma Miguel.
—¿Esa es tu solución? —insiste Wren.
—Pero Wren, ¡no hay solución!... Quizás la evolución sea la solución… Yo solamente quiero salvarlos para que vivan.
   Y al objetarle Wren la clase de vida que esos pobres negros africanos pueden tener, Miguel dice que no importa qué clase de vida sea, ya que es la que ellos pueden vivir.  
   La misión de un médico es salvar vidas, y Miguel simplemente lo hace, llevado por un impulso interno. Aunque al mostrar cierto rechazo a los países ricos de Occidente (“los ricos de allá afuera” dice), está claro que no sólo quiere salvar vidas, sino que quiere salvar las vidas de esos pobres negros africanos. 
   Y Miguel no está solo, hay otros héroes como él, que muestran idéntica entrega. Como un francés, al que han bautizado Dr. Amor, y otro médico muy religioso que a menudo se refiere a la Biblia, y un médico negro musulmán, quien al ir a buscar su alfombrita de rezar  sorprende a Miguel y Wren en la discusión citada arriba. Y la interrumpe, para decirle a Wren que uno sólo puede continuar sacrificándose cuando se da cuenta que es incapaz de no hacerlo. 
  La postura bastante radical del guión coincide con la de su director, conocido por sus actitudes progresistas, y quizás sea la causa de las numerosas críticas negativas hacia el film por parte de los periodistas especializados de los grandes medios. 
  Pero a mí me pareció un film excelente, emotivo e inspirador. 
  

jueves, 28 de septiembre de 2017

Ficción espiritual


Acerca de la Ficción Espiritual

    Muchas  veces, desde que me inicié como autora de novelas (allá por 1996) me pregunté por qué no había más estudios sistemáticos o definiciones acerca del tipo de novela que yo escribía. Aunque siempre ha existido la narrativa con elementos espirituales, parecía que el género escapaba a las definiciones, si bien abunda  en nombres: ficción religiosa, metafísica, nueva era, de autoayuda, visionaria, evolutiva, espiritual… A mí me gusta llamarla Ficción Espiritual.
   Y hace poco apareció en la web un grupo de escritores de Estados Unidos (Visionary Fiction Alliance), que -partiendo de las ideas de Jung-  están tratando de definir a este género, llamándolo Ficción Visionaria: aquella donde  el crecimiento de la conciencia es el tema central, el que mueve a los personajes. 
  Más allá de que su iniciativa me parece interesante, creo que con sus definiciones están limitando los alcances de esta clase de ficción. Leyendo lo que dicen en sus páginas, vi que determinaban qué ficciones eran visionarias y cuáles no lo eran, y eso me parece arriesgado. Algunos de estos escritores lo reconocen, diciendo que es muy dificíl delimitar qué narraciones corresponden a  ficción visionaria, cuáles a  ficción espiritual y cuáles a ficción nueva era, siendo que estos géneros se consideran lo mismo -o casi- a efectos del marketing. 
   Y me llamó la atención que algunos de ellos declaran que esta clase de  ficción es un género nuevo. Supongo que siguiendo su intento excesivamente delimitatorio, esto podría ser cierto. Pero usando un criterio más amplio, jamás podría decir que éste es un género nuevo. 
   Ya de por sí, esto de marcar géneros literarios implica empobrecer las historias que se escriben, porque como digo en otro post, todas las grandes novelas son integrales. O sea, tienen de todo, y también –en alguna medida- espiritualidad.
    La espiritualidad es parte de nuestra condición humana y ha estado presente desde que existen las narraciones.  
    En la literatura épica de Oriente, que se transmitía en forma oral, el elemento espiritual es parte de la trama, como en el antiquísimo Mahabaratha de la India (que se registra a partir del siglo IV a.c.). Y en el folklore de Oriente y Occidente, hay a menudo –además de los elementos míticos y fabulosos- componentes éticos y espirituales. 
  Ya con la imprenta, en los siglos XVI y XVII, tenemos literatura espiritual escrita en castellano, quizás no con forma de novela, pero sí en el género autobiográfico (que es una variedad narrativa) y en la poesía. Como ejemplo los grandes místicos cristianos Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, quienes escribieron poesía mística muy inspirada y libros donde el lirismo es vehículo de una doctrina. Santa Teresa relató  su vida y sus experiencias en libros de profunda espiritualidad, que podrían incluirse en el género autobiográfico. 
   En otros idiomas hubo muchas obras de la literatura donde lo espiritual estuvo presente. Podemos mencionar al alemán Goethe y con el transcurrir del tiempo, al inglés Charles Dickens.   
  Las novelas de los rusos Tolstoi y Dostoievsky, y las de algunos escritores españoles del siglo XIX, tienen fuertes componentes espirituales. Entre los españoles citaría a Benito Perez Galdós, Emilia Pardo Bazán y Leopoldo Alas “Clarín”. (Acerca de Tolstoi, hay un post en mi blog http://creadoresmisticosytransmutantes.blogspot.com )
  En el siglo XX tenemos a muchos más. Por un lado la temática espiritual o metafísica en la obra de Herman Hesse, leído y admirado por varias generaciones de buscadores espirituales de todos los países. Y también podríamos mencionar a su compatriota Thomas Mann.
   El escritor inglés Aldous Huxley, además de ensayos, escribió ficciones, y el elemento espiritual de su obra, sobre todo la de sus años de madurez, es innegable. 
  Y están también los escritores que se definen claramente dentro de una narrativa católica, como el norteamericano Graham Greene. 
  En la Argentina, los narradores más famosos del siglo XX tienen componentes espirituales en sus historias. De un modo elusivo y esotérico en Borges y fuertemente sobrenatural en Cortázar. También en las novelas de Ernesto Sábato, de un modo explícito aunque sin poner demasiado el acento en eso. (Ver el post acerca de Sábato en mi blog Vivencias de una Peregrina) 
  En las últimas décadas sobresalieron el norteamericano Richard Bach y el brasileño Paulo Coelho, quienes escriben ficción que podría entrar dentro de esta temática. Y también hay otros, que no venden todavía tanto como ellos, pero que escriben muy lindas historias, como el chileno Barrios, la argentina Chaikovska, el norteamericano Albom, y muchos otros que continúan siendo desconocidos para el gran público, como la autora de este blog. 
  Alguna vez, cuando intenté que alguna editorial publicara mi primera novela, una de las respuestas que se repitió fue que el género estaba saturado. Y posiblemente es verdad… Una editorial no publica nuevos autores de géneros determinados, cuando ya tiene uno (o varios) que están vendiendo bien en ese género, porque le conviene seguir publicándolos a ellos. 
   El género de ficción que estamos comentando  no le gusta a todo el mundo, y hoy en día, de acuerdo a lo que investigué, lo que más se vende es: romántico, erótico, policial, de suspenso, de aventuras, y ciencia ficción. Los demás géneros venden menos, y el género que Amazon denomina “ficción religiosa y espiritual” es la categoría que menos libros tiene.
  Claramente, en nuestros días, esta clase de ficción es un género minoritario. Sin duda, era verdad lo que me dijeron hace quince años, que el género estaba saturado. Y aunque hay mucha gente a quien interesa la espiritualidad, he descubierto que no muchos de ellos leen novelas: prefieren leer no-ficción. 
   Pero… ningún género literario desaparece para siempre… Aquello que la gente busca para leer responde a tendencias sociales y culturales que cambian de una época a otra. 
 Y estoy convencida que la narrativa espiritual volverá a tener épocas de esplendor. 
   Aunque quizás falte mucho tiempo para eso…
  
    





  
   

martes, 19 de septiembre de 2017

Cuando el arte invita a la reflexión: temas espirituales y existenciales en novelas y películas (6)

Mi nombre es Khan

   En esta superproducción de Bollywood (el Hollywood de la India) dirigida por Karan Johar, hay un mensaje humano y espiritual que conmueve dsde el inicio del film y sigue conmoviendo hasta que éste termina. Detrás de lo aparente, en una narración con un ritmo que no decae, donde se mezclan el amor, el drama desgarrante, el heroísmo y lo cotidiano, la película envía un mensaje tras otro, y todos nos tocan, porque son mensajes de la Verdad. 
   Ya en una de las escenas del principio, siendo el protagonista un niño, su madre le enseña que hay solo dos clases de personas en el mundo, más allá de sus diferencias de raza, cultura y religión: las personas buenas y las personas malas. Y el protagonista, el señor Khan (genialmente interpretado por el gran actor indio Shahrukh Khan), crece con estos valores y trata de honrarlos, a pesar de sufrir un raro síndrome autista que le impide expresar sus emociones y le confiere movimientos ridículos o torpeza en algunos asuntos, aunque por otro lado no impide que su inteligencia sea superior a la normal y su nivel de comprensión sea profundo. 
    Aunque lo más obvio y directo del film apunta a la discriminación contra los musulmanes en los Estados Unidos (a partir del atentado de las torres gemelas) y aunque el protagonista pasa gran parte de la cinta intentando ver al presidente de ese país para decirle que su nombre es Kahn -un apellido típicamente musulmán- pero que él no es un terrorista, la película va más allá. Su mensaje esencial  trasciende al drama de los musulmanes en América y señala el drama de todo ser humano víctima de la violencia y de los prejuicios de los demás, sean éstos individuos o gobiernos. 
   El sufrimiento de algunos de los personajes es consecuencia de la discriminación o de la violencia, por lo cual es un film claramente pacifista. Y el problema de la discriminación se repite a lo largo de la historia, incluso en formas ridículas, como cuando el señor Khan quiere asistir a un evento de beneficencia al que irá el presidente y la mujer que vende las entradas se lo impide porque es solamente para cristianos.   
   En realidad, el gran mensaje implícito en el film es que todos somos Uno, y que más allá del color de nuestra piel y del nombre de nuestras religiones, todos formamos parte de una misma humanidad. Y que solamente la solidaridad y el amor pueden salvarnos…