Traductor - Translation

La tapa de siempre

La tapa de siempre
Violeta y el Camino de los 22 Arcanos

viernes, 23 de noviembre de 2018

Novelas inmortales (3)



 “David Copperfield” - Charles Dickens
  
     Considerada una de las novelas más autobiográficas de Dickens, narra la vida de un inglés del siglo XIX, a partir de su nacimiento hasta su madurez.
     Desde las primeras páginas se percibe lo humanitario que era el autor, debido a los valores que la historia manifiesta. Aparece con fuerza el tema de la bondad y otras cualidades humanas positivas. Los personajes buenos son los predilectos, aunque también están idealizados, al punto de que algunos son casi santos. Pero no me parece mal, son un modelo de como todos deberíamos ser. Los sentimientos más elevados que un ser humano puede sentir por otro, los cuales incluyen el amor incondicional y la abnegación, lo sienten algunos entrañables personajes de la novela. Y lo notable es que la atmósfera de bondad y compasión, transmitida por el autor mediante la trama y los personajes, se contagia al lector.   
   Preparé a P para la llegada de S, que apareció pronto. Estoy persuadido de que no había diferencia para ella, y consideraba las cosas que había hecho S por mí como si las hubiera hecho por ella misma, y estaba dispuesta a recibirle con gratitud y devoción; pero sus alegres modales, tan francos, su buen humor, su hermoso rostro y el don natural que poseía para ponerse al alcance de todos aquellos a quienes encontraba y para tocar precisamente (cuando quería molestarse en ello) la cuerda sensible de cada uno, todo esto conquistó a P en un momento. Además, su modo de tratarme a mí habría sido suficiente para subyugarla. Así, gracias a todas estas razones combinadas, creo que en realidad sentía una especie de adoración por él cuando salimos de su casa aquella noche.
   Desde aquella noche siento por P. algo que no sabría definir. No era que reemplazase a mi madre, eso nadie hubiera podido hacerlo; pero llenaba un vacío en mi corazón que se cerró dejándola dentro, algo que no he vuelto a sentir nunca por nadie…
 
   Hay en la narración lirismo, mucho humor y cierta ironía. Como ejemplo de la ironía, un personaje habla con su abogado de un contrato que tendrán que confeccionar y dice:
     Y pronto tendrá usted que formalizar un contrato entre nosotros con todas las cláusulas obligatorias que hacen parecer a dos hombres de honor que se comprometen, dos pillos que desconfían el uno del otro.
    O este otro fragmento, en que hace alusión a lo que se siente después de beber alcohol:
   Después de cenar, encontrándome en un agradable estado de ánimo (de lo que saqué en consecuencia que hay momentos en los que el envenenamiento no es tan desagradable como dicen), decidí ir al teatro.

   Como todo gran novelista, Dickens tenía mucha penetración psicológica y posiblemente era una persona que se observaba y se veía a sí misma. Me he sorprendido más de una vez ante reflexiones acerca de cómo somos, ante fragmentos de reveladora introspección, que parecen propias de un ser humano del presente (en que la psicología nos puso al tanto de tantas verdades acerca de nosotros mismos) y no de alguien que está viviendo en el siglo XIX:
   No solamente nuestro carácter también sufre a veces, sino que tenemos la grave responsabilidad de no estropear a todos los que entran a nuestro servicio o que tienen que ver con nosotros. Empiezo a temer que no esté toda la culpa en un lado solo, y que si todos esos individuos se estropean, quizás sea porque tampoco nosotros vamos muy bien.
   Si algún niño ha sentido una pena sincera, era yo; sin embargo, recuerdo que la importancia de mi desgracia me causaba cierta satisfacción cuando me paseaba por el patio mientras los otros niños continuaban en clase 
     Nada se consigue hacer en una vida de perpetua intranquilidad y tristeza …
    Mi cabeza nunca puede escoger mis pensamientos. Van y vienen por ella como quieren…

   Sus ideas acerca de los males de la sociedad están claramente expuestas: 
      Las personas ocupadas también toman parte en el mal del mundo, puede usted estar seguro, y si no, ¿qué es lo que han hecho desde hace un siglo o dos los que más han trabajado en adquirir poder o dinero? ¿Cree usted que no han hecho también bastante daño?...

    Y es patente la simpatía del autor por las gentes humildes o por ciertos personajes que aunque buenos tienen defectos muy humanos, como Mr. Micawber (probablemente inspirado por su padre), quien gasta más de lo que gana y va a prisión por deudas impagas. Así, es marcado el contraste entre su descripción de los ambientes humildes (cálidos, sinceros, llenos de emoción y espontaneidad) y los ambientes burgueses. En estos últimos hay a veces frialdad, emociones que no se expresan, orgullo y desdén. En una graciosa escena que describe una comida entre gente de clase alta, el narrador se burla de ciertos rasgos muy burgueses (y por mi propia experiencia, muy británicos):
   En varias ocasiones pensé que habríamos estado mucho mejor siendo menos amables. Éramos tan exageradamente amables, que el círculo de la conversación resultaba muy limitado.

   Ciertas cualidades importantes son destacadas y ensalzadas: la fidelidad, el respeto, la benevolencia, el agradecimiento, la caridad, la solidaridad… Dickens era cristiano, muy creyente (y también le atraía lo oculto) y expresa de una forma exquisita los pensamientos y sentimientos más elevados que un ser humano puede tener.
  Todos podemos hacer el bien en este mundo únicamente con querer hacerlo…
   Pensaba en todos los lugares solitarios en que había dormido y le pedí a Dios que me hiciera la gracia de no volver a encontrarme sin asilo y de no olvidar nunca a los que no tienen un techo donde cobijarse.
   Y el extraño sentimiento (que quizá no es extraño a todos) de que aquello había sucedido ya antes en un tiempo indefinido y que sabía de antemano lo que iba a decirme, se apoderó de mí.
  Al principio me extrañaba bastante el consuelo que encontraba dibujando esqueletos, y durante cierto tiempo le consideré como una especie de asceta que trataba de recordar por medio de aquel símbolo de mortalidad lo limitado de todas las cosas…
      
  Se ha acusado a Dickens de un exceso de sentimentalismo, y por momentos es cierto. Hay abundancia de sentimientos en esta novela, predominando los amorosos pero también los de odio y desprecio, como el que repetidamente siente el protagonista por un personaje algo repulsivo. Pero los sentimientos de amor y amistad, de lealtad y camaradería, están narrados con tanta sensibilidad, que hay por momentos como un  brotar de amor y alegría desde las páginas que (y lo repito) se contagia al lector.
    En suma: una novela que aún se puede leer con placer, entretenida, emotiva y profundamente inspiradora.





sábado, 15 de septiembre de 2018

Novelas inmortales (2)

Los miserables – Víctor Hugo
  La novela comienza con el encuentro entre un expresidiario, Jean Valjean, (un hombre a quien las circunstancias difíciles de la vida lo habían llevado a robar) y un obispo que -cuando nadie le daba cobijo, ni siquiera pagando- lo recibe en su casa y le da comida, además de una cama con sábanas limpias para dormir. Valjean no puede resistir la tentación y antes de irse de la casa que lo cobijó roba unos cubiertos y unos candelabros de plata. Pero el santo obispo acepta el robo, evita que la policía se lleve al ladrón y regalándole los  hermosos candelabros le dice:
−Jean Valjean, hermano mío, vos no pertenecéis al mal, sino al bien. Yo compro vuestra alma; yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición, y la consagro a Dios.
  Este encuentro con un hombre santo transforma al protagonista y lo convierte en un ser humano dedicado a la perfección de su alma y al servicio de los demás.
  (Jean Valjean) vino … tranquilizado ya, con esperanzas, sin tener más que dos ideas: ocultar su nombre y santificar su vida. Huir de los hombres y volver a Dios. Algunas veces estas dos ideas disentían; y entonces el hombre… no dudaba en sacrificar la primera a la segunda, su seguridad a su virtud...   
  El formato de esta novela que no ha envejecido se acerca bastante al folletín. Quizás era lo que el público lector esperaba en esos tiempos (siglo XIX), donde las novelas solían publicarse por entregas, en revistas, y donde el suspenso y una acción sostenida eran el principal ingrediente para el éxito. Así eran las novelas de Alejandro Dumas y así también las de Dostoievsky. Sin embargo, este formato de folletín, la exageración en algunos episodios (como la repetición de escenas en las cuales ciertos personajes se vuelven a encontrar y no se reconocen, o numerosas coincidencias que exceden lo creíble) y el exceso en la maldad o en la bondad de algunos personajes, no impiden que la fuerza de su mensaje y la intensidad de la narración nos atrapen, nos conmuevan, nos iluminen.
   Y aunque las coincidencias a veces son exageradas, ¿no hay acaso en nuestras vidas, a menudo, coincidencias que nos sorprenden? El propio autor hace un comentario respecto a las coincidencias:
  Y probablemente no hubiera servido de nada el descubrimiento hecho... si por una de esas coincidencias misteriosas, tan frecuentes en los sucesos más casuales,...
  Como todo héroe, Jean Valjean es  potente, osado, jamás pierde la calma: de un modo casi milagroso logra escapar de situaciones terribles y peligrosas. Y a pesar de la tragedia que acecha todo el tiempo y del inevitable sufrimiento de algunos personajes, el Bien se abre camino...
  ¿No hay en toda alma humana, no había en el alma de Jean Valjean en particular, una primera chispa, un elemento divino, incorruptible en este mundo, inmortal en el otro, que el bien puede desarrollar, encender, purificar, hacer brillar esplendorosamente, y que el mal no puede nunca apagar del todo?  
  En cierto episodio aparece la lucha moral de nuestro héroe, lucha igual a la que todos podemos librar ante circunstancias semejantes, cuando el miedo o la comodidad nos empujan en una dirección, pero el deber moral, la conciencia, nos empujan en otra.
  Examinó su situación y le pareció inaudita. Sintió un temor casi inexplicable, y echó cerrojo a la puerta, como si temiera que entrara algo. Después apagó la luz. Le estorbaba; creía que podrían verlo. Pero lo que quería que no entrara, ya había entrado; lo que quería cegar, lo miraba fijamente: su conciencia. Su conciencia, es decir Dios...¿No tenía otro objetivo su vida, el objetivo verdadero, el de salvar no su persona sino su alma, ser bueno y honrado, ser justo? ¿No era esto lo que él había querido y lo que el obispo le había mandado?... ¿Qué hacer, gran Dios, qué hacer? Así luchaba en medio de la angustia aquella alma infortunada. Mil ochocientos años antes, el ser misterioso en quien se resumen toda la santidad y todos los padecimientos de la humanidad, mientras que los olivos temblaban agitados por el viento salvaje de lo infinito, había también él apartado por un momento el horroroso cáliz que se le presentaba lleno de sombra y desbordante de tinieblas en las profundidades cubiertas de estrellas.
    En otro episodio, vemos la crisis moral de un personaje importantísimo, obstinado e implacable a lo largo de la novela, pero a quien el Bien toca y trastoca:
...una justicia de Dios, contraria a la justicia de los hombres. Divisaba en las tinieblas la imponente salida de un sol moral desconocido, y experimentaba al mismo tiempo el horror y el deslumbramiento de semejante espectáculo...
  Víctor Hugo fue un creador polifacético y uno de los más importantes exponentes del Romanticismo, aunque su obra sobrepasa la inclusión dentro de un género único. Como él mismo declaraba, la literatura debe también enseñar, asumir valores, plantear ideas filosóficas y morales. Y como se desprende de la lectura de Los Miserables, era un ser humano muy espiritual, muy  creyente (probablemente había en él un profundo misticismo), porque la presencia de Dios es en esta novela importantísima.
  En muchas de las milagrosas coincidencias que salvan a los personajes, el autor no oculta que está la presencia de Dios por detrás.  
  Jean Valjean no sabía... adónde iba, y ponía su confianza en Dios... (y) recordaba que precisamente dos casas de Dios lo habían acogido en los momentos críticos de su vida; la primera cuando todas las puertas se le cerraban y lo rechazaba la sociedad humana; la segunda, cuando la sociedad humana volvía a perseguirlo, y el presidio volvía a llamarlo; sin la primera, hubiera caído en el crimen; sin la segunda, en el suplicio. Su corazón se deshacía en agradecimiento, y amaba cada día más....
... La pupila se dilata en las tinieblas, y concluye por percibir claridad, del mismo modo que el alma se dilata en la desgracia, y termina por encontrar en ella a Dios.  
 La prosa de Victor Hugo es a veces admirable, como podemos ver en el siguiente párrafo:
   A la edad en que la juventud inflama el corazón, con imperial altivez, bajó más de una vez los ojos a sus botas agujereadas, y conoció la injusta vergüenza, el punzante pudor de la miseria. Prueba admirable y terrible, de la que los débiles salen infames, de la que los fuertes salen sublimes. La vida, el sufrimiento, la soledad, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen sus propios héroes; héroes obscuros, a veces más grandes que los héroes ilustres. Así se crean firmes y excepcionales naturalezas. La miseria, casi siempre madrastra, es a veces madre. La indigencia da a luz la fortaleza de alma; el desamparo alimenta la dignidad; la desgracia es la mejor leche para los generosos.... En todas sus pruebas se sentía animado, y aun algunas veces impulsado por una fuerza secreta que tenía dentro de sí. El alma ayuda al cuerpo, y en ciertos momentos le sirve de apoyo...
  En suma: una novela extraordinaria, inspiradora y  trascendente, que no dudaría en conceptuar como novela espiritual.

domingo, 17 de junio de 2018

Cuando el arte invita a la reflexión: temas existenciales y espirituales en novelas y películas (8)


                                                                                   El vuelo

Advertencia: este comentario contiene “spoilers”, o sea, anticipaciones de la trama, así que si todavía no la vieron y no quieren arruinar  el encanto del suspenso, no lean este post.

    En un vuelo de rutina en medio de una tormenta, el avión comienza a fallar, pero el capitán de la nave (Denzel Washington)  consigue con éxito un aterrizaje forzoso en un campo y logra así que se salven la mayor parte los que iban en el avión, excepto cuatro pasajeros y dos azafatas.  La gran paradoja del film es que el piloto es un alcohólico y, mientras maniobraba para salvar al avión de un modo que luego se juzga como casi milagroso (pone al avión boca abajo), estaba sin dormir y bajo los efectos no sólo del alcohol sino también de la cocaína (que usa para mitigar los efectos de la borrachera). 
   Durante buena parte de la película el capitán se refugia en una granja deshabitada que era de su familia, lucha por dejar de beber pero no lo consigue, fantasea con huir en un pequeño avión de su propiedad, inicia un romance con una bella drogadicta a la heroína que conoció en el hospital y es asistido por su sindicato y un abogado, quien trata de eliminar las pruebas de laboratorio que le hicieron luego del accidente y que demuestran que estaba intoxicado.   
   El momento clave de la película es casi al final, cuando el protagonista se ve enfrentado a un dilema moral: tiene que presentarse a una audiencia pública para demostrar que no estaba intoxicado durante el accidente. Se aisla en lo de un amigo y logra dejar de beber, para así presentarse sobrio, con capacidad de controlar lo que dice, a dicha audiencia. La noche previa lo hospedan en una habitación de hotel, cuya heladera no contiene ninguna bebida peligrosa. Pero el capitán no logra conciliar el sueño. Entonces, aparece  un elemento imprevisto. Y aquí tengo que acotar que al director del film, Robert Zemeckis, le gustan los elementos imprevistos o debidos al azar. En su película El Naufrago (ver comentario en otro post de este blog) es una vela, aquí se trata de una puerta mal cerrada en el cuarto de hotel contiguo al suyo. El insomne capitán entra a curiosear, se encuentra con la nevera llena de bebidas alcohólicas y… se bebe una buena cantidad de ellas. 
  En una escena previa de la película, cuando el protagonista estaba en el hospital, un importante personaje fugaz, un joven con cáncer terminal, había comentado que detrás del azar (de los sucesos imprevistos) siempre está Dios. Y ocurre que esa puerta mal cerrada cambia todo el curso de la historia. A la mañana, cuando van a buscarlo para la audiencia, lo encuentran completamente borracho y semi desmayado en el suelo. Él pide que llamen a su vendedor de droga, y gracias a una buena dosis de cocaína logra recomponerse y asistir a la audiencia.  Allí, la fiscal que dirige la investigación por parte del gobierno, aunque reconoce que el piloto salvó al avión con su pericia y aunque ya se ha demostrado que la causa del accidente estuvo en desperfectos técnicos del aparato, lo conmina de un modo inclemente a declarar quien era alcohólico en el avión, ya que se encontraron dos botellitas de vodka vacías en la cabina de los pilotos y azafatas. En función de las pruebas de laboratorio, hay sólo dos alcohólicos posibles: o él o una de las aeromozas que murió (con quien él había tenido un largo encuentro sexual la noche previa al accidente). 
   Todo está preparado para que el capitán vuelva a mentir y declare que la alcohólica era su amiga. Pero mientras la implacable fiscal lo urge a responder y él observa en una pantalla la enorme foto de su amante muerta, algo en él se quiebra y ya no puede seguir mintiendo. Pide ayuda a Dios y confiesa frente al público y las cámaras, o sea, frente a todo el mundo, que el alcohólico es él, salvando así la imagen póstuma de su amiga. 
    Como en otras películas de Zemeckis, en ésta hay paradojas. En Forrest Gump una persona con inteligencia inferior a la normal se abre camino y triunfa, en este film un drogadicto y alcohólico salva a un avión mediante una destreza sobrehumana. Es interesante al respecto el comentario de un crítico del “Hollywood Reporter”, quien dice que el guión presenta la idea de que el piloto tuvo el valor de hacer esa atrevida maniobra (poner el avión boca abajo), precisamente porque estaba drogado. Pero no creo que el director y el guionista hagan con esto una apología de las sustancias ilegales o del alcohol (una sustancia que debería ser ilegal). No creo que esa fuera su intención. Lo que sucede es que estamos ante una película que desenmascara lo que nadie quiere aceptar. Supuestamente las personas normales, y más aún las que la sociedad acepta y admira (como un sobresaliente piloto de avión), no beben alcohol ni se drogan. Pero la realidad es que un buen porcentaje de las personas normales y también de las sobresalientes, beben alcohol y/o se drogan, con sustancias ilegales o con sustancias legales (como los psicofármacos). 
   Vivimos en una sociedad hipócrita, y ésta es una de las películas más anti hipocresía que he visto en mi vida. Como ejemplo la escena en la audiencia, (otra gran paradoja). El protagonista, de haber estado sobrio, hubiera sido un hipócrita más: en connivencia con su abogado, con el sindicato y con el dueño de la empresa aeronáutica, hubiera negado que estaba intoxicado durante el accidente. Pero se quiebra y se comporta de una manera sumamente ética, respetuosa de Dios y de la verdad, mientras está alcoholizado. Ya no puede mentir. “Estaba ebrio durante el accidente, dice frente al micrófono. Y estoy ebrio ahora”.
   Y señalemos que ese elemento imprevisto que cambia todo, es un mensaje importante de la película (también muy importante en El Naufrago): que, por lo general, no controlamos nada, aunque sí creemos que lo hacemos. Hay fuerzas que nos sobrepasan y que, con frecuencia, determinan el curso de los acontecimientos. El protagonista es arrogante, niega que es alcohólico (algo común en los alcohólicos, hasta que inician un proceso de curación), le pide a su copiloto y a la única aeromoza sobreviviente que mientan para ocultar que él estaba intoxicado, tiene la ayuda del sindicato y de un competente abogado, y sin embargo, un elemento imprevisto, debido al azar (o sea, a Dios), desbarata todas sus intenciones y las intenciones de los que quieren que él aparezca como el piloto ideal.
    Y Dios está muy presente en esta película. Los primeros en auxiliar a las víctimas son un grupo evangelista cristiano, quienes “casualmente” estaban reunidos al lado del lugar donde aterriza el avión. El copiloto es muy religioso, como así también la aeromoza sobreviviente. El chico enfermo con cáncer habla de Dios, y el abogado también va a mencionar a Dios en su alegato. En cuanto al protagonista, hay una transformación en él respecto a Dios.  Mentiroso y algo cínico, poco creyente (¿Qué Dios causaría un accidente así? le dice a su abogado), pero cuando se quiebra durante la audiencia pública, su primer pensamiento va hacia Dios, a Quién pide ayuda. Y es pidiendo la ayuda de Dios, que se arrepiente y confiesa.   
  Las escenas finales (algunos años después) lo muestran como un hombre distinto: se ha recuperado de su alcoholismo, se ha reconciliado con su único hijo (quien ahora lo admira), y es claramente un ser humano más en paz consigo mismo y con la vida que antes: un ser humano íntegro.
  
















jueves, 26 de abril de 2018

Relatos y novelas inmortales (1)



Guerra y Paz, de León Tolstoi

    Hay novelas inmortales, que aunque pasen los años, incluso los siglos, se seguirán leyendo con el mismo entusiasmo. Son novelas que no envejecen, porque tocan los grandes temas, los de siempre. La vida y la muerte, el amor y su ausencia,  el dolor y la alegría, Dios y los seres humanos.  
   Guerra y Paz, del gran Tolstoi, es una de ellas. Y vuelvo con este post a uno de mis grandes amores literarios, cuya obra entera, por su profundidad y alcance, nos lleva siempre, ineludiblemente, a la reflexión. 
   La volví a leer hace poco, por segunda o tercera vez en mi vida, y volvió a entusiasmarme y a conmoverme. En ella se narran varios años en la vida de algunos personajes, todos pertenecientes a la nobleza rusa, durante el período de las guerras napoleónicas, a principios del siglo XIX. Los momentos de guerra se alternan con los momentos de paz, la felicidad con la pena, la esperanza con la amargura…, como en la vida misma. 
    Como en todas sus narraciones, Tolstoi es profundo, profundísimo. Se mete dentro de sus personajes, nos muestra como sienten, como piensan, como evolucionan. Y aunque sean personas de la nobleza rusa, de hace dos siglos, sus pensamientos, sentimientos, contradicciones, grandezas y miserias, no son demasiado distintos de los que podríamos experimentar nosotros mismos, seres humanos del siglo XXI. 
   Entre los escenarios principales están los de la guerra. Y esto no ha perdido su vigencia, porque en este planeta sigue habiendo guerras. He aquí un fragmento magistral, donde Tolstoi narra el final de una batalla entre los ejércitos rusos y los de Napoleón: 
   Los hombres de uno y otro ejército, fatigados, hambrientos, empezaron a dudar igualmente de si era preciso continuar matándose los unos a los otros; en todos los rostros se observaba la vacilación, y cada uno se planteaba la pregunta: «¿Para qué? ¿Por qué he de matar o ser matado? ¡Matad si queréis, haced lo que queráis, yo ya estoy harto!» Hacia la tarde, este pensamiento maduraba por igual en el alma de cada uno. Todos aquellos hombres podían, en cualquier momento, horrorizarse de lo que estaban haciendo, abandonarlo todo y huir. Pero, a pesar de que al final de la batalla los hombres sintieran ya todo el horror de sus actos, con todo y que se hubieran sentido muy contentos deteniéndose, una fuerza incomprensible, misteriosa, continuaba reteniéndolos, y los artilleros, sudando a chorro, sucios de pólvora y de sangre, reducidos a una tercera parte, sin poderse tener en pie, ahogándose de fatiga, continuaban conduciendo cargas, cargando, apuntando, encendiendo la mecha y las balas, que, con la misma rapidez y la misma crueldad, continuaban volando de una parte a otra y destrozaban cuerpos humanos.
     No dudaría en poner a esta gran novela en la categoría de novela espiritual, porque la presencia de Dios, del Espíritu, de nuestras almas inmortales, se renueva a lo largo de sus muchas páginas. Y también se renueva lo que Tolstoi nos muestra. Por ejemplo, la ligereza y superficialidad, la vida vacía, solamente volcada a los placeres, de algunos personajes, en contraste con la permanente inquietud y búsqueda de sentido en otros. O la inocente alegría de los enamorados junto a la volatilidad de esos sentimientos. O lo que sienten los personajes ante momentos claves de la vida, como la muerte de un ser querido. 
   En el siguiente fragmento, uno de los personajes asiste a la muerte de su padre:
    Pedro conocía perfectamente aquella gran alcoba dividida por arcos y columnas y cubierta de tapices persas. Más allá de las columnas, a un lado, hallábase un gran lecho de caoba con dosel y cortinas de seda, y en el otro un enorme altar lleno de iconos. Todo este lado estaba iluminado a diario, como las iglesias durante el oficio vespertino. Dentro del cuadro de luz del altar veíase una especie de asiento muy largo, con la cabecera llena de almohadas blancas como la nieve, no arrugadas aún, que, evidentemente, habían sido colocadas hacía poco. En él yacía, envuelta hasta la cintura en un cubrecama verde claro, aquella vieja figura que Pedro conocía tan bien: su padre, el conde Bezukhov…   Cuando Pedro se acercó a él, el Conde le miró fijamente, pero con aquella mirada de la cual el hombre no puede comprender ni el sentido ni la importancia; o aquella mirada no significaba absolutamente nada, a excepción de que un hombre cuando tiene ojos necesita mirar a un lado o a otro, o significaba demasiadas cosas…  Pronto, en los músculos salientes y las profundas arrugas de la cara del Conde apareció un temblor. Aumentó éste y se le desvió la boca. Hasta entonces, Pedro no comprendió bien que su padre se encontraba a las puertas de la muerte. De la deformada boca salió un estertor…  Pedro sintió en el pecho un estremecimiento, un escozor en la nariz y las lágrimas le velaron los ojos...       
   O las reflexiones acerca del amor humano y el Amor Divino, por parte de un personaje en su lecho de muerte:
   Y siguió pasando revista a todo lo que le había sucedido. Se representaba con singular clarividencia la ambulancia…  Pero su alma no se hallaba en estado normal…  De improviso, las ideas y los sentimientos renacieron en él con una claridad, con una intensidad sorprendente.”Sí, el amor -pensó-, pero no ese amor que se siente por cualquier cosa, sino el que sentí por vez primera cuando vi y amé a un enemigo moribundo. Yo he experimentado ese amor, que es esencia misma del alma que no necesita objetivos. Ahora mismo tengo una sensación de beatitud: deseo amar al prójimo, a los enemigos; deseo amarlo todo, amar a Dios en todas sus manifestaciones. Se puede amar con amor humano a una persona querida; sólo a un enemigo se le puede amar con un amor divino. Por eso experimenté tanta dicha cuando me di cuenta de que amaba a aquel hombre. ¿Qué habrá sido de él? ¿Vivirá todavía? El amor humano puede convertirse en odio, el amor divino no puede modificarse: nada, ni siquiera la muerte, es capaz de destruirlo. Es el sentido del alma...” 
   
Nota: todas las citas de este post están extraídas de la versión en castellano de la novela que se encuentra en Internet, la cual –lamentablemente- es una versión reducida, pero cuya descarga es legal, libre y gratuita.  

viernes, 23 de marzo de 2018

Cuando el arte invita a la reflexión: temas existenciales y espirituales en novelas y pelìculas (7)



El último rostro (Diré tu nombre) y  los héroes anónimos

  Esta película, dirigida por Sean Penn, además de conmovernos, transmite ideas, de esas que después nos dejan pensando. Y a mí me dejó pensando en los héroes anónimos.  
   Con frecuencia admiramos a ciertos personajes por las acciones  valiosas que han desplegado a lo largo de sus vidas, al consagrarse a luchas y esfuerzos que favorecieron a los demás. Y solemos ensalzar a esas personas, que con sus vidas han pasado a la historia como ejemplos de valor y sacrificio. Son personas heroicas y funcionan como modelos para nuestras más modestas personalidades. Un Gandhi, el apóstol de la no-violencia,  o los esposos Curie, héroes de la ciencia, y muchos otros. Pero rara vez pensamos en los héroes anónimos, aquellos que no pasan a la historia, pero que son igualmente modelos de nuestras facultades más nobles y elevadas. Y esta película nos presenta a uno de estos héroes anónimos. 
   El Dr. Miguel León, interpretado por el  gran actor Javier Bardem, es un médico cirujano español que trabaja como voluntario en zonas de conflicto, entre los refugiados y víctimas de las guerras de África. Se muestra su sacrificio y el de sus compañeros médicos, que arriesgan continuamente sus vidas para salvar las vidas de otros.  Y lo curioso es que el personaje no es un ser humano excepcional. Es bastante normal en muchos aspectos, como por ejemplo en sus relaciones románticas con algunas colegas mujeres. Pero el haber elegido como forma de vida a una labor altruista, sacrificada, incómoda y peligrosa, lo convierte en héroe. 
   Sin duda, debe haber personas así en muchos lados, y rara vez sabemos algo sobre ellos. Aunque en la película la ONG para la cual los médicos trabajan se llama Médicos del Mundo, en una de las escenas iniciales Miguel aparece con la inscripción “Médicos sin fronteras” en su bata de trabajo. Quizás haya sido un guiño del director o quizás estaban filmando en un verdadero campo de refugiados (dada la enorme cantidad de personas que aparecen no es imposible), y el nombre de dicha ONG  era una forma de facilitar el desplazamiento de los personajes por el área. 
   El romance de Miguel con Wren (Charlize Theron), una colega sudafricana (que a diferencia de él muestra pronto sus límites de tolerancia ante el dolor y el espanto que los rodea todo el tiempo), romance que aparentemente sostiene como una historia central todo el hilo de la narración, queda opacado ante la fuerza de los mensajes fundamentales de la película, claramente humanistas. Está por un lado el fuerte mensaje pacifista, el cual, no por ser un tema abordado con frecuencia en el cine y la literatura, deja de ser un tema eternamente importante. La guerra, esa absurda destrucción de unos seres humanos por parte de otros, es aquí duramente mostrada (mediante imágenes de crudeza y realismo sobrecogedor) con toda su insensatez, con su brutal e injustificable creación de sufrimiento, con toda su lacerante e ignominiosa presencia.
  Pero hay también asuntos más íntimos, como los relacionados con nuestras elecciones de vida… 
  En una escena de la película, Wren le cuestiona a Miguel lo que están haciendo, sugiriendo irse, ya que ese sacrificio es inútil. Pero él lo defiende, desde un lugar simplemente humano y propio de su vocación de médico: 
—Ya sé que no vamos a salvar al mundo con lo que hacemos —dice Miguel—. Sólo salvemos a este hombre…, a esa chica…, a este niño…, aquí…, ahora…
—¿Salvarlos para qué, para qué clase de mundo? —replica Wren.
—El mundo de ellos… —afirma Miguel.
—¿Esa es tu solución? —insiste Wren.
—Pero Wren, ¡no hay solución!... Quizás la evolución sea la solución… Yo solamente quiero salvarlos para que vivan.
   Y al objetarle Wren la clase de vida que esos pobres negros africanos pueden tener, Miguel dice que no importa qué clase de vida sea, ya que es la que ellos pueden vivir.  
   La misión de un médico es salvar vidas, y Miguel simplemente lo hace, llevado por un impulso interno. Aunque al mostrar cierto rechazo a los países ricos de Occidente (“los ricos de allá afuera” dice), está claro que no sólo quiere salvar vidas, sino que quiere salvar las vidas de esos pobres negros africanos. 
   Y Miguel no está solo, hay otros héroes como él, que muestran idéntica entrega. Como un francés, al que han bautizado Dr. Amor, y otro médico muy religioso que a menudo se refiere a la Biblia, y un médico negro musulmán, quien al ir a buscar su alfombrita de rezar  sorprende a Miguel y Wren en la discusión citada arriba. Y la interrumpe, para decirle a Wren que uno sólo puede continuar sacrificándose cuando se da cuenta que es incapaz de no hacerlo. 
  La postura bastante radical del guión coincide con la de su director, conocido por sus actitudes progresistas, y quizás sea la causa de las numerosas críticas negativas hacia el film por parte de los periodistas especializados de los grandes medios. 
  Pero a mí me pareció un film excelente, emotivo e inspirador. 
  

martes, 19 de septiembre de 2017

Cuando el arte invita a la reflexión: temas espirituales y existenciales en novelas y películas (6)

Mi nombre es Khan

   En esta superproducción de Bollywood (el Hollywood de la India) dirigida por Karan Johar, hay un mensaje humano y espiritual que conmueve dsde el inicio del film y sigue conmoviendo hasta que éste termina. Detrás de lo aparente, en una narración con un ritmo que no decae, donde se mezclan el amor, el drama desgarrante, el heroísmo y lo cotidiano, la película envía un mensaje tras otro, y todos nos tocan, porque son mensajes de la Verdad. 
   Ya en una de las escenas del principio, siendo el protagonista un niño, su madre le enseña que hay solo dos clases de personas en el mundo, más allá de sus diferencias de raza, cultura y religión: las personas buenas y las personas malas. Y el protagonista, el señor Khan (genialmente interpretado por el gran actor indio Shahrukh Khan), crece con estos valores y trata de honrarlos, a pesar de sufrir un raro síndrome autista que le impide expresar sus emociones y le confiere movimientos ridículos o torpeza en algunos asuntos, aunque por otro lado no impide que su inteligencia sea superior a la normal y su nivel de comprensión sea profundo. 
    Aunque lo más obvio y directo del film apunta a la discriminación contra los musulmanes en los Estados Unidos (a partir del atentado de las torres gemelas) y aunque el protagonista pasa gran parte de la cinta intentando ver al presidente de ese país para decirle que su nombre es Kahn -un apellido típicamente musulmán- pero que él no es un terrorista, la película va más allá. Su mensaje esencial  trasciende al drama de los musulmanes en América y señala el drama de todo ser humano víctima de la violencia y de los prejuicios de los demás, sean éstos individuos o gobiernos. 
   El sufrimiento de algunos de los personajes es consecuencia de la discriminación o de la violencia, por lo cual es un film claramente pacifista. Y el problema de la discriminación se repite a lo largo de la historia, incluso en formas ridículas, como cuando el señor Khan quiere asistir a un evento de beneficencia al que irá el presidente y la mujer que vende las entradas se lo impide porque es solamente para cristianos.   
   En realidad, el gran mensaje implícito en el film es que todos somos Uno, y que más allá del color de nuestra piel y del nombre de nuestras religiones, todos formamos parte de una misma humanidad. Y que solamente la solidaridad y el amor pueden salvarnos…
   

     


miércoles, 23 de agosto de 2017

Consejos para empezar a escribir



  He conocido personas que deseaban comenzar a escribir y no sabían como hacerlo. Estaba el impulso, pero no sabían por donde comenzar, se sentían inseguros, y otras trabas semejantes. Por eso, aquí van algunos consejos, que parten de mi propia experiencia.

Buscar orientación respecto a lo formal

   Yo quería escribir una novela, y para eso recurrí a muchos libros que me orientaron en relación a lo formal. La trama y la estructura, el narrador y los puntos de vista, los tiempos, los diferentes aspectos de una narración (descripciones, diálogos, escenas, sumarios), los personajes, todos asuntos que conciernen a la narración, así como también los problemas de estilo, de gramática y sintaxis, en suma, lo que se refiere al uso del lenguaje. Esas lecturas fueron el equivalente de un mapa, sin el cual nos sentimos perdidos al incursionar en un territorio extraño y desconocido. Fueron un mapa que me ubicó en el territorio y me permitió avanzar sin temores.

Saber que podemos hacerlo, sentirnos seguros

   Para esto, lo que recomiendo es participar de algún taller literario. Cuando ya tenía la mitad de mi primera novela escrita, participé de un taller literario.  Era un taller sin pretensiones que daba una poetisa desconocida en un pequeño pueblo de provincias. Y sin embargo, me fue de gran ayuda. Confirmé gracias a los intercambios que posibilita un taller, que podía hacerlo y que no lo hacía mal.

Comenzar por escribir lo que nos resulte más fácil

   Si es nuestra primera novela y proyectamos una obra compleja, ambientada en escenarios que desconocemos y que requiere de mucha documentación, estamos poniendo las cosas difíciles de entrada. Lo ideal, en mi humilde opinión,  es partir desde lo que ya conocemos. Experiencias vividas, escenarios habituales o transitados en el pasado, personajes inspirados por personas que conocemos o hemos conocido. Además de su autenticidad, partir de lo conocido es lo más fácil. Incluso si escribimos ciencia ficción o fantasía, podemos recurrir a nuestra experiencia para construir los personajes y las escenas. Los elementos míticos, imaginarios, son más creíbles cuando están unidos a lo verdadero.

Hacerlo por el único placer de hacerlo

  Siento una enorme felicidad cuando escribo, y más allá del esfuerzo y los resultados, el acto de escribir me basta. Y creo que es importante sentirlo de ese modo. Son muy pocos, poquísimos, los que alcanzan las metas que casi todos desean, como vivir de la literatura, ser famosos best-sellers, etc., etc. Si bien es cierto que la autopublicación está abriendo la posibilidad de que todos podamos publicar, el éxito no está garantizado. Sigue siendo un largo camino, con mucho esfuerzo en otras áreas, y todavía en pañales. Lo que ganan la mayoría de los escritores que se autopublican es mínimo, y ni remotamente pueden vivir de eso, excepto unos pocos que se cuentan con los dedos de la mano.
   Por todo eso, si está en nosotros el impulso por escribir, si está la llamada, es bueno seguirla, pero sin la intención de conseguir otras cosas, más allá de que ellas puedan llegar o no, con el tiempo. Porque si escribimos para conseguir otras cosas, y el acto mismo de escribir no nos basta, estamos destinados a la frustración, al desaliento y finalmente al abandono de esta hermosa actividad creativa, que cuando se encara desinteresadamente se convierte en fuente de muchas alegrías.





martes, 27 de junio de 2017

Maravilloso cuento de León Tolstoi (1)


Los dos ancianos peregrinos 



                        Traducción y adaptación: Savitri Ingrid Mayer


1.

   Dos ancianos estaban por ir a Jerusalem para rezarle a Dios. Uno de ellos era un paisano rico llamado Efim. El otro no era rico y su nombre era Elisey. 
   Efim no bebía ni fumaba ni maldecía, y era severo e inflexible. Tenía dos hijos y un nieto ya casado, y todos vivían juntos. En cuanto a su aspecto: era erguido, saludable, y tenía una barba a la que sólo en su séptima década le había aparecido un mechón gris.
   Elisey no era ni rico ni pobre. Había trabajado como carpintero en su juventud y ahora criaba abejas. Uno de sus hijos trabajaba lejos y el otro vivía en el hogar. Elisey era un hombre alegre, de buen carácter. Le gustaba beber y cantar, pero era tranquilo y amistoso con sus vecinos. Su aspecto: pequeño, moreno, con una barba rizada y al igual que su santo, el profeta Elías, su cabeza estaba pelada. 
   Los dos ancianos, desde mucho tiempo atrás, habían hecho la promesa de viajar juntos a Jerusalem. Pero Efim nunca tenía tiempo, siempre tenía cosas que atender. Cuando algo se terminaba, otra cosa comenzaba: o tenía que casar a su nieto, o estaba esperando a su hijo menor que volvía de la guerra, o tenía que construir una nueva cabaña. 
   Un día los dos ancianos se sentaron sobre unos troncos a conversar. 
—Bueno —dijo Elisey—, ¿cuándo vamos a cumplir con nuestra promesa?
   Efim frunció el ceño:
—Tenemos que aguardar, porque éste es un año difícil para mí. Empecé a construir una cabaña y aún no la he terminado, tendremos que esperar hasta el verano. Y entonces, Dios mediante, partiremos. 
—Tal como yo lo veo —dijo Elisey—, no tiene sentido postergarlo. Debemos irnos de una vez y la primavera es la mejor época. 
—Sí, la época es buena, pero mi trabajo está por la mitad, así que no puedo dejarlo.
—¿No tienes a nadie que se ocupe de eso?... Tu hijo puede hacerlo.
—¿Mi hijo mayor? No es confiable, le gusta la bebida. 
—Cuando estemos muertos, mi amigo, ellos tendrán que continuar sin nosotros. ¡Deja que tu hijo aprenda! 
—Será como tú dices, pero me gusta ver las cosas terminadas. 
—¡No es posible ocuparse de todo! 
—Gasté mucho dinero en esta construcción y no puedo irme a peregrinar con las manos vacías. 
   Elisey se rió.
—No cometas pecado, mi amigo. Tienes diez veces más que yo y sin embargo hablas de dinero. Solamente dime cuando partimos. Yo no tengo dinero, pero todo irá bien. 
   Efim sonrió.
—¿Y de dónde sacarás el dinero?
—Buscaré en mi casa y juntaré algo de esa manera, y si eso no es suficiente, le daré diez colmenas a mi vecino: me las ha estado pidiendo. 
—Entonces te procuparás debido a eso.
—¿Preocuparme? No, nunca me he preocupado acerca de algo en la vida, excepto acerca de mis pecados. No hay nada más precioso que el alma. 
—Sí, pero no es bueno si las cosas no marchan bien en el hogar. 
—Es peor si las cosas no marchan bien en nuestra alma… Hemos hecho una promesa, así que partamos. ¡De verdad, partamos!
   Elisey trató de convencer a su amigo… 
   Efim lo pensó mucho y la mañana siguiente vino a ver a Elisey. 
—Bueno, marchemos —dijo—. Haz dicho lo correcto. Dios controla la vida y la muerte, y debemos viajar mientras estamos vivos y aún tenemos fuerza. 

   Una semana después los dos ancianos se prepararon para partir. 
   Efim tenía dinero en su casa. Separó cien rublos y le dejó doscientos a su mujer. Elisey vendió a su vecino las diez colmenas y la ganancia de otras diez, por lo cual recibió setenta rublos. Los treinta restantes los consiguió de la gente de su casa. Su mujer le dio lo último que tenía, lo que había ahorrado para su funeral, y su nuera también le dio lo que tenía. 
   Efim dejó todos sus asuntos en manos de su hijo mayor, considerando cada detalle y dejando órdenes. Elisey en cambio no dijo a los suyos casi nada: “Las mismas necesidades les mostrarán lo que tienen que hacer y cómo hacerlo, y harán lo que les parezca mejor”.
   Finalmente los dos ancianos estuvieron listos. Y se fueron a peregrinar. 
   Elisey se despidió contento y apenas se alejó del pueblo se olvidó de todos sus asuntos. Todo lo que le importaba era estar bien con su compañero, evitar decir algo inconveniente a quien fuese, alcanzar la meta pacíficamente y con amor, y regresar a casa nuevamente. Y mientras marchaba recitaba alguna plegaria o recordaba las vidas de los santos que conocía. Cuando se encontraba con alguien en el camino o cuando llegaba a una posada, trataba de pronunciar palabras piadosas y de ser tan amable como podía.  Elisey caminaba y era feliz. 
   Efim caminaba con empeño, no hacía nada equivocado y no hablaba en vano, pero no había ligereza en su corazón. Las preocupaciones respecto a su casa no abandonaban su mente y estaba todo el tiempo pensando acerca de lo que sucedería allí. 
   Los dos ancianos caminaron durante cinco semanas. Todo ese tiempo pagaron por su alojamiento y sus comidas, hasta que llegaron a una región donde la gente empezó a invitarlos a sus casas. Los alimentaban y no recibían dinero de ellos, e incluso llenaban sus bolsos con pan, y a veces con pasteles. Así viajaron sin gastos durante un buen trecho. 
   Entonces llegaron a otra región, donde había ocurrido una gran pérdida en las cosechas. Allí fueron recibidos en las casas y nadie les pidió dinero por alojarlos, pero no los alimentaron ni les dieron pan, incluso si ofrecían pagar por ello. El año previo, decía la gente, no había crecido nada. Los ricos estaban arruinados, y los pobres habían emigrado, o se habían convertido en mendigos, o se las habían arreglado para subsistir en sus casas. 
   Un día llegaron a un pueblo grande. Elisey estaba cansado, quería detenerse y conseguir algo para beber, pero Efim no quería detenerse. Entonces Elisey le dijo:
—No me esperes. Me acercaré a alguna casa y pediré agua. Y enseguida te alcanzaré.
   Efim aceptó y siguió solo, mientras Elisey iba en busca de alguna casa. 

                                                             
(Continúa)

Maravilloso cuento de León Tolstoi (2)



Los dos ancianos peregrinos


Traducción y adaptación: Savitri Ingrid Mayer


2.

  Elisey distinguió una casa. Era pequeña y humilde. Entró al patio y vio que un hombre muy delgado y sin barba yacía cerca de un montículo de tierra. Estaba despierto y los rayos del sol caían a pleno sobre él. Elisey lo llamó, pidiéndole que le de algo para beber, pero el hombre no respondió. “O está enfermo o es poco amable” pensó Elisey, yendo hasta la puerta. 
   Escuchó el llanto de un niño dentro de la casa. Golpeó la puerta, pero no hubo respuesta. Golpeó de nuevo, sin suerte. Y estaba por irse, cuando escuchó gemidos. “Me pregunto si alguna desgracia le ha sucedido a esta gente. Tengo que saberlo”. 
   La puerta no estaba cerrada. Elisey entró y recorrió el vestíbulo. Llegó a la sala. Había un horno en un lado, y en otro lado un altar y una mesa. Junto a la mesa había un banco y sobre el mismo una anciana. Su cabeza se apoyaba sobre la mesa y cerca de ella estaba un niño pequeño y delgado, con el rostro amarillo como la cera y el vientre hinchado. El niño tiraba de la manga de la anciana, llorando a viva voz y pidiendo algo. 
   Elisey entró en la habitación. El aire era sofocante. Vio a una mujer tirada sobre el piso, detrás del horno. Yacía sobre su rostro y emitía ronquidos. De ella venía el olor asfixiante: era evidente que estaba enferma. 
   La anciana, al ver al hombre, levantó la cabeza. 
—¿Qué quiere? —dijo—. No tenemos nada. 
   Elisey se acercó a ella. 
—Sierva de Dios... He venido por un poco de agua. 
—No hay nada, le digo, no hay nada. No hay nada aquí para que usted tome. Váyase.
   Elisey le preguntó:
—¿No hay ningún hombre aquí para ayudar a esta mujer?
—Aquí no hay nadie. El hombre está muriéndose en el patio, y nosotros aquí. 
   El niño se había quedado quieto al ver al extraño, pero cuando la anciana empezó a hablar, había nuevamente tironeado de su manga.
—¡Pan, abuela, pan!  
   Y se largó a llorar. 
   Elisey iba a preguntarle algo más a la anciana, cuando el hombre apareció. Caminó junto a la pared y quiso sentarse sobre el banco, pero antes de alcanzarlo se cayó. No trató de levantarse y empezó a hablar. Decía una palabra, tomaba aliento, y decía nuevamente algo. 
—Estamos enfermos… y hambrientos… El niño se muere de hambre… 
   El hombre indicó al niño con la cabeza y empezó a llorar. 
   Elisey puso su bolso sobre el banco y lo desató. Sacó pan y un cuchillo, y cortando una rebanada se la ofreció al hombre. Pero éste no la tomó, sino que señaló al niño, indicando que se lo diera a él. 
   Elisey le dio el trozo de pan al niño. 
   Enseguida, detrás del horno apareció una niña. Se arrastraba y miraba el pan. Elisey le dio también a ella un pedazo. Luego cortó otra rebanada y se la dio a la anciana. 
—Si usted nos trajera un poco de agua —dijo ella—. Quise traer un poco ayer u hoy, no recuerdo cuándo, pero me caí y dejé el balde tirado por algún lado. 
   Elisey preguntó dónde estaba el pozo de agua. La anciana se lo indicó. Elisey salió, encontró el balde, trajo agua, y les dio de beber a todos. Los niños comieron más pan con el agua y la anciana también comió algo más, pero el hombre no quiso. 
—Mi estómago no lo soportaría —dijo.
   La mujer no se levantó ni se acercó. 

   Elisey fue hasta el pueblo y en una tienda compró comida. Al volver encontró un hacha, cortó leña, e hizo fuego en el horno. La niña lo ayudó. Cocinó una sopa y un guiso, y alimentó a la gente.  
   El hombre comió un poco y la anciana también. La niña y el niño dejaron sus platos limpios y se durmieron abrazados. 
   Entonces, el hombre y la anciana le contaron a Elisey lo que había sucedido. 
—Cuando la cosecha se malogró, nos comimos durante el otoño todo lo que teníamos. Cuando no quedó más nada, empezamos a pedir a los vecinos y a alguna gente buena. Primero nos dieron algo, pero después se negaron. Muchos hubieran querido ayudarnos, pero ellos tampoco tenían. Además nos avergonzó mendigar: le debíamos dinero a todos, y también harina y manteca. 
 —Yo busqué trabajo —dijo el hombre—, pero no encontré. También otros estaban buscando trabajo para poder comer, y por todos lados… La abuela y la niña se alejaban una buena distancia para mendigar, pero las limosnas eran pobres. Sin embargo, algo para comer conseguíamos. Pero en la primavera ya casi nadie nos ayudó. Y se puso cada vez peor: un día conseguíamos algo para comer y durante dos días no conseguíamos nada… Empezamos a comer pasto. Y debido a eso, o por alguna otra causa, mi mujer se enfermó. Ella quedó postrada y yo ya no tuve fuerzas…
—Yo era la única —dijo la anciana— que trabajaba, pero me fui debilitando. La niña también se fue debilitando y perdió coraje… Una vecina vino hace unos días, pero al vernos se fue. Está sola y no tiene con qué alimentar a sus propios niños… Así que estábamos aquí, esperando la muerte. 

   Cuando Elisey oyó lo que le contaron, cambió de idea respecto a alcanzar a su compañero y se quedó allí durante la noche. Y la  mañana siguiente empezó a trabajar en la casa como si fuera suya. Preparó el pan con ayuda de la anciana e hizo fuego en el horno…  
   Se quedó con ellos un día, y el siguiente, y el siguiente. El niño pequeño recobró su fuerza y empezó a caminar y a hacerse amigo de Elisey. La niña también estaba feliz y lo ayudaba en todo. Corría detrás de él, gritando: ¡Abuelo, abuelo!
   El hombre comenzó a caminar sosteniéndose en la pared. Sólo la mujer seguía postrada. 
   “Bueno, no pensaba quedarme tanto tiempo. Ahora debo irme” reflexionaba Elisey. 
   Durante el cuarto día, fue una vez más al pueblo y compró leche, harina y otras cosas. Y también fue a misa. 
   Al volver, cocinó y horneó con ayuda de la anciana. Ese fue el día en que la mujer se levantó. 
   El hombre se afeitó, se puso una camisa limpia y fue a ver a un paisano rico para pedirle un favor. Su tierra y sus herramientas estaban hipotecadas por ese vecino rico y fue a pedirle que le permitiera usar las herramientas y la tierra hasta la nueva cosecha. Pero volvió muy abatido: el paisano rico había exigido que le llevara el dinero antes.  
   Elisey se puso a reflexionar… ”¿Cómo van a vivir a partir de ahora? La gente va a empezar a sembrar, pero ellos no pueden, tienen todo hipotecado. El centeno va a madurar y comenzará la cosecha, pero ellos no pueden esperar nada, porque su tierra está embargada. Si me voy, van a caer de nuevo en la pobreza.”

   Por la noche, Elisey recitó sus plegarias y se acostó, pero no logró quedarse dormido. 
   “Tengo que irme, ya gasté mucho tiempo y dinero, pero siento pena por ellos… Claro que no se puede ayudar a todo el mundo… Quise traerles agua y darles pan, pero mira lo lejos que he llegado. Y ahora tendré que levantar la hipoteca de sus herramientas y su campo… Y podría también comprar una vaca para los niños y un caballo para el hombre, porque lo va a necesitar…”
   Elisey le estuvo dando vueltas al asunto, sin llegar a una conclusión… Tenía que irse, pero sentía pena por esa gente… Y no sabía qué hacer… Recién consiguió dormirse cuando cantaron los gallos…
   Y de pronto sintió como si alguien lo hubiese despertado. Se vió vestido, con su bolso y su cayado. Y tenía que pasar a través de una puerta, que estaba apenas abierta, apenas lo suficiente para permitir a un hombre deslizarse por ella. Fue hasta la puerta, y su bolso quedó enganchado de un lado. Él estaba por liberarlo, cuando sintió que tironeaban de una de sus piernas. Era la niña, que gritaba:  ¡Abuelo, abuelo, pan!... Miró a sus pies y allí estaba el niño agarrado, mientras la anciana y el hombre miraban por la ventana… 
   Elisey se despertó y comenzó a decirse en voz alta: “Voy a recobrar el campo y las herramientas, y voy a comprar un caballo, y harina para que dure hasta la próxima cosecha, y una vaca para los niños. Porque…, ¿cómo sería ir más allá del mar para buscar a Cristo, si lo pierdo dentro de mí?

  Elisey se había despertado temprano. Y enseguida salió, para hacer todo lo que había pensado… 
   En algún momento de ese día, se cruzó con dos mujeres que conversaban. 
—¿Viste que cantidad de cosas les ha comprado? Yo misma lo vi comprando un caballo y un carro para ellos. Es evidente que hay gente así en la tierra. Tengo que ir a verlo.
  Cuando Elisey escuchó eso, comprendió que lo estaban alabando. Entonces se apresuró a terminar su cometido… 
  
  Esa noche, cuando todos se fueron a dormir, Elisey se preparó para partir.  
   Y al día siguiente, después de levantarse, se vistió, ató su bolso y salió al camino, con la idea de alcanzar a Efim. 

(Continúa)

Violeta y el Camino de los 22 Arcanos, casi tres años en este blog

      Cuando publiqué tres de mis novelas en forma de blog, varias personas me aconsejaron que no lo hiciera. Sin embargo, no estoy arrepent...